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Félix de Azúa

¿Contra quién soy?

«Nadie ha dado aún con la clave de por qué los españoles están tan inseguros de sí mismos, de por qué no son nadie hasta haber encontrado un buen enemigo»

Notas de un espectador
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¿Contra quién soy?

El expresidente de la Generalitat, Quim Torra. | Europa Press


Se habla constantemente de que nuestro país sufre de un cainismo ancestral. Aquí nadie es nada, a menos de que tenga muy presente quién es su enemigo. No creo que suceda nada parecido en Europa, aunque sí en EEUU debido a las diferencias étnicas. Algo también en Gran Bretaña por la misma razón, la abundancia de inmigrantes de las antiguas colonias, pero eso es racismo. El caso de España resulta especial porque se trata de encontrar enemigos prácticamente iguales a uno mismo. Es más, si son muy diferentes, no provocan rechazo y por eso España es el país menos racista de la Unión Europea.

La búsqueda de identidad a través de negársela al otro o mediante la invención del diferente, es en nuestro país antiquísima y seguramente consustancial. Lo que no está claro, o nadie ha dado aún con la clave de bóveda de esta rareza arcaica, es la razón por la que los españoles tienen tanta necesidad de una identidad firme y unívoca, por qué están tan inseguros de sí mismos, por qué no son nadie hasta haber encontrado un buen enemigo.

Buceando por las enemistades feudales, de clan o de tribu, en los tiempos clásicos, salen de inmediato un montón de ejemplos, los agotes en Navarra, los chuetas baleares, los gitanos en todas partes, los judíos creo que especialmente en Castilla y Andalucía, así como los moriscos en Levante. Hay también algunas joyas, como los maragatos o (mis favoritos) los vaqueiros de alzada en Asturias. Estos últimos ya no inquietan a nadie, pero son un buen modelo del asunto. Eran unas poblaciones que vivían al margen, no en pueblos o villas, sino en sus brañas, que no se mezclaban (eran endogámicos) y a los que la gente creía originarios de esclavos romanos asilvestrados, individuos ocultos desde la expulsión de los moros, o cosas peores, y a quienes se atribuían costumbres secretas y se les evitaba o aislaba disciplinadamente. En realidad, eran tan sólo ganaderos que trashumaban con sus vacas del monte al llano y vuelta a empezar según la estación. Y seguramente su aislamiento era debido a la enemistad popular y no a su propia voluntad. Todavía eran abundantes en tiempos de Jovellanos, a quienes dedicó un estudio muy interesante e inencontrable excepto en las obras completas de mi admirada editorial KRK. Entre otras falsas peculiaridades, Jovellanos no encontró la menor diferencia lingüística, lo que indica su escasa diferencia.

«Si la idenficación con el enemigo hubiera fracasado, no podrían existir las aspiraciones nacionalistas»

Estos grupos ofrecen ejemplos antiguos de la manía hispana de una identidad a la contra, la cual se ha ido debilitando con el paso de los años y la hibridación moderna, aunque algunos casos, como el de los gitanos, siguen vivos, sobre todo por la falta de voluntad integradora de los jefes de clan.

Lo interesante, en la actualidad, son los nuevos ejemplos de esa arcaica identificación mediante la invención del enemigo que afecta, sobre todo, a Cataluña y al País Vasco gracias a la fantasía del español como animal dañino. «Hienas», nos llamaba el anterior presidente de la Generalidad, aquel xenófobo, Quim Torra. Si la identificación del enemigo hubiera fracasado, no podrían existir las aspiraciones nacionalistas, pero miles de ciudadanos vascos y catalanes se la han tomado en serio y creen que todas sus desdichas militares, económicas y matrimoniales vienen causadas por «los españoles».

Un amigo mío de la juventud decía con absoluta convicción que él, como catalán, no tenía nada en
contra de los andaluces, pero tampoco tenía nada que ver con ellos, le parecían tan extranjeros como los magrebíes. Sin embargo, no era consciente de que su aspecto (y el origen de su familia) era claramente norteafricano.

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