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Peio H. Riaño

Próxima parada: Cultura

Queríamos un mundo nuevo, regenerar el país y bajar los cielos a la tierra. Asambleas para todos y un Estado limpio y aseado. Esputos, fuera. La ola era imparable, se iba a llevar por delante todas las miserias y pelusas amontonadas bajo los muebles de caoba. Y cuando la casta ya estaba sometida y amedrentada, cuando la mayoría estaba garantizada y los primeros comandos se habían colado en instituciones públicas para defenderlas, fortalecerlas y devolverles la soberanía, cuando la operación redecoración había conquistado el objetivo y las nuevas órdenes ya estaban listas para cambiar el color de la sociedad desafecta, cuando todo ya. Nada.

Opinión

Próxima parada: Cultura

Queríamos un mundo nuevo, regenerar el país y bajar los cielos a la tierra. Asambleas para todos y un Estado limpio y aseado. Esputos, fuera. La ola era imparable, se iba a llevar por delante todas las miserias y pelusas amontonadas bajo los muebles de caoba. Y cuando la casta ya estaba sometida y amedrentada, cuando la mayoría estaba garantizada y los primeros comandos se habían colado en instituciones públicas para defenderlas, fortalecerlas y devolverles la soberanía, cuando la operación redecoración había conquistado el objetivo y las nuevas órdenes ya estaban listas para cambiar el color de la sociedad desafecta, cuando todo ya. Nada.

Las instituciones culturales llevan en coma hace demasiadas legislaturas, como un enfermo comatoso del que ya no se puede esperar nada y se le aplican tratamientos como parches para mantenerlo con vida hasta que no pueda más. La política cultural de estos años, décadas, ha dejado las naves de la cultura de este país a solas con su propia degradación, a la espera de su estigmatización y de ahí a la mercantilización de los recursos públicos. Para ejecutar el crimen perfecto sólo hay que tener un poco de paciencia y seguir el guion.

La cultura y sus administradores esperan el asalto prometido, el incendio que iba a devorarlo todo para volver a empezar, pero bien. Esta vez, bien. La nueva experiencia política española lleva entre nosotros un año y medio, pero ya conocíamos avanzadillas en instituciones culturales de relumbrón que han sido incapaces de desmontar todos los vicios de la Administración pública para refundar. Asaltar los cielos ahora les parece más sencillo que conciliar sus novedades con las corroídas estructuras de los organismos públicos.

Se excusan y ahora encuentran en el funcionario público la nueva casta contra la que disparar, porque no se someten, porque sus condiciones les convierten en trabajadores insumisos a sus caprichos. Y descubren que se puede esquivar sus privilegios levantando una pantalla de trabajadores con menos derechos y más débiles. Museos con montañas de falsos autónomos que se encargan del trabajo de sus sombras, en nombre de la nueva España neoliberal dibujada por la neoizquierda.

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