The Objective
Publicidad
Daniel Capó

Una belleza vedada

Existe una belleza vedada a nuestros sentidos, oculta tras los muros de los monasterios. Peter Seewald y Regula Freuler le han dedicado un librito, con el título de Los jardines de los monjes

Opinión
Comentarios
Una belleza vedada

Existe una belleza vedada a nuestros sentidos, oculta tras los muros de los monasterios. Peter Seewald y Regula Freuler le han dedicado un librito, con el título de Los jardines de los monjes (Ed. Elba). Ajenos al mundo, los jardines y los huertos del monasterio sellan un pequeño paraíso donde se refleja un sencillo orden natural que es, a la vez, profundamente humano. Nos recuerda Gregorio Luri, en su tratado sobre el conservadurismo, aquella conocida cita de Horacio Naturam expelles furca, tamen usque recurret sobre el inexorable retorno de la naturaleza a poco que el hombre abandone el cuidado de la tierra. Se diría por tanto que, sin nuestro trabajo, reaparece lo salvaje como un basso ostinato de la existencia. La evolución no sería más que esa lenta pero constante discrepancia de la creación con sus imperfecciones de origen.

Seewald y Freuler explican que la primera etimología de la palabra “edén” era “desierto” – la aridez a la cual se enfrenta el jardín regalado y luego perdido. En la vida sucede algo similar, puesto que en cada uno de nosotros late también una belleza vedada a nuestros sentidos. Nacemos en esa tierra baldía que es la infancia, para luego ir humanizándonos con la labranza de la familia, la sociedad y nuestro propio esfuerzo. Pero lo contrario también puede suceder, y entonces no sólo las potencialidades de cada uno permanecen sin desarrollarse, sino que las plagas, el caos y las malas hierbas proliferan por doquier.

El monacato, que nació en el desierto con el ejemplo de san Antonio Abad, creció a lo largo de la historia hasta preservar una determinada imagen de Europa. Sus bibliotecas conservaron el legado de los clásicos griegos y latinos. En sus oraciones se mantenía la elevación del antiguo canto litúrgico. Sus huertos fecundaron los campos del continente. «Fueron los cistercienses –leemos en Los jardines de los monjes– quienes plantaron los primeros manzanos en Inglaterra y se dice que fueron religiosos escoceses los que destilaron el primer whisky. Los monjes no sólo elaboraban cerveza, sino que también eran maestros en el cultivo de los viñedos». No deja de ser paradójico que, detrás del adusto “ora et labora” de la regla benedictina, asome esa especial alegría de la vida que nos regalan el vino y la cerveza. De ahí que a las cosas buenas haya que tratarlas con la mesura de la santidad.

Envía el primer comentario
Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D