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Como un borracho a caballo

Foto: Alex Blăjan | Unsplash

– ¿De qué vas a escribir esta vez? –me pregunta mi psiquiatra. Está mosqueado por el artículo de hace quince días.

– Del “procés”, que resulta que era una partida de póquer en la que Puigdemont jugaba de farol, que es como decir que estaba jugando a la ruleta rusa con Cataluña.

– Tiendes a tratar con ironía cuestiones serias.

– ¿Y eso es malo?

– Sugiere una actitud pasivo-agresiva ante la realidad.

– Pues tenía previsto continuar con caballos.

– Eso es lo que te quería decir…

– Leí en Balmes que “el espíritu humano es como un borracho a caballo, que cuando se lo endereza por un lado se tuerce por el otro”.

– En Cataluña, sí, hemos estado aplicando la política del baturro con el tren: “Chufla, chufla… ¡como no te apartes tú!” Y sí, todos somos jinetes con un frágil sentido del equilibrio.

– Jinetes inseguros a la grupa de la vida. Wittgenstein decía…

– Citas demasiado y eso también es síntoma de algo.

– ¿De qué?

– De un blindaje que hay que desarmar.

– Pensaba citar también a Oakeshott, que compara la política con “un caballo viejo en un establo”. Leo: “La política es un espectáculo desagradable en todo momento. La oscuridad, la turbiedad, el exceso, las componendas, la apariencia indeleble de la deshonestidad, la falsa piedad, el moralismo y la inmoralidad, la corrupción, la intriga, la negligencia, la intromisión, la vanidad, el autoengaño y por último la esterilidad, como un caballo viejo en el establo, ofenden en buena parte nuestras susceptibilidades racionales y del todo las artísticas”.

– No he leído nada de este señor.

– En realidad está comentando un verso del poeta chino Cao Cao: “Así como un caballo viejo en el establo soñando viajar otras mil millas, para un héroe, aunque sea viejo, las grandes ambiciones nunca mueren”.

– Insisto: citas demasiado. Y esa fijación en las imágenes… la necesidad de llenar un teatro vacío. Un síntoma melancólico. Te estás haciendo viejo y nunca fuiste un héroe. Evidentemente yo corro más que tú en dirección a la vejez.

– ¿Y te pasa como a mí?

– ¿El qué?

– La mirada… ¡Que aún se cree joven!

– La mirada siempre anda buscando lo que el cuerpo ya no está en condiciones de dar.

– ¡Eso es!

– El joven Alejandro Magno, cansado de ser reprendido por su maestro Aristóteles a causa de su excesiva atención a las mujeres, convenció a una hermosa joven, llamada Filis, para que lo tentara. La artimaña surtió efecto, pero Filis tenía que poner una condición para pasar a mayores: Aristóteles debía ponerse a cuatro patas para cabalgarlo con espuelas, frenos y silla de montar. Así se hizo y en ello estaban cuando apareció Alejandro: “¿Qué estáis haciendo, maestro?”, le preguntó a Aristóteles. Este bajó la cabeza y contestó: “He aprendido la lección. No hay inteligencia humana que no sea nublada por el deseo”. Pero lo triste, digo yo, es constatar que cuando se apacigua el deseo, la inteligencia no aumenta.

– Hasta aquí nos ha traído la partida de póquer.

– Jugar a que se juega es no saber nada de juegos. Es hacer tragicomedia. Son 90 euros.

Le pago cristianamente. Mi psicoanalista me da la mano y me dice: “Hay enfermedades que se creen terapias”. En la puerta de salida me agarra del brazo y me dice, casi susurrando: “Y puestos a denigrar, podías haber dicho que lo único que, con suerte, está al alcance del psicoanálisis es la transformación de un miserable neurótico en un infeliz banal”.

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