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Joseba Louzao

Promesas que no valen nada

«El elector puede llegar a comprar una promesa de recompensa para un futuro incierto, pero nunca lo hará con una inseguridad creciente en el corto plazo»

Opinión

Promesas que no valen nada
Diego Sinova EFE

Llevamos tantas promesas incumplidas desde antes del estallido de la pandemia, que hemos perdido ya la cuenta. Nos hemos acostumbrado, porque es su escenario natural, a las aparatosas promesas electorales que jamás se podrán cumplir. Las hemos entendido como una parte del teatro que es una votación y las hemos asumido como resultado del márquetin partidista desde aquel mantra del «puedo prometer y prometo» que Adolfo Suárez escenificó delante de los españoles en 1977. Qué lejos y qué cerca nos queda todo aquello.

Sin embargo, no estamos preparados para esas otras promesas, más cotidianas, que nos lanzan desde los desgobiernos. Esta última tipología es diferente por un motivo básico: el elector puede llegar a comprar una promesa de recompensa para un futuro incierto, pero nunca lo hará con una inseguridad creciente en el corto plazo. Y en esas estamos. Los líderes nacionales y regionales llevan meses hablando de lo que iban a hacer sin que los ciudadanos hayan visto ningún reflejo en su día a día. Se han prometido miles de contrataciones públicas, se han dibujado soluciones rápidas a problemas complejos e, incluso, se ha certificado antes de tiempo la victoria frente al virus. No se preocupen, estamos trabajando en ello… Bueno, seguimos en ello, no se preocupen…

No sabemos si ha fallado la arquitectura institucional o las personas que debían encabezarla, o los dos ámbitos, que no son excluyentes. Pero esta profunda crisis de confianza no se arregla con relatos fabricados por sus consultores y discursos grandilocuentes intentando impostar la voz. Cada promesa gubernamental, que no viene acompañada con hechos, hunde más la credibilidad de un sistema, ya bastante maltrecho, que parece no disponer de las suficientes herramientas para responder a una crisis de salud pública de grandes dimensiones. Y, quizá, tendríamos que recordar que la única promesa de la política (ya no sé si poner mayúsculas o minúsculas) es la consecución de la libertad y del bien común como condición y fin último de su actividad. Las demás promesas, como cantaba aquel grupo noventero que respondía al nombre de Los Piratas, no valen nada.

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