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Julia Escobar

Era un poeta y odiaba lo impreciso

«Algunos funcionarios, al tomar posesión de sus puestos, juraban sin pestañear los principios fundamentales del Movimiento y, sin embargo, al salir del trabajo iban directamente a las reuniones de célula»

Opinión
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Era un poeta y odiaba lo impreciso

Wikimedia Commons

El otro día, hablando con un amigo superviviente de la tribu poética con quien formé parte en nuestra lejana juventud de la «infame turba de nocturnas aves» que poblaba nuestros sueños, rememoramos anécdotas del pasado, en las que salieron a relucir poetas que entonces estaban en la flor de sus pecados, como Gloria Fuertes, Eladio Cabañero, Carlos Edmundo de Ory, Antonio Gala, Paquita Aguirre, Félix Grande, Caballero Bonald, Fernando Quiñones. Ellos, y muchos más, se reunían en casas de unos y otros (generalmente en la de Fèlix y Paquita) y armaban la marimorena, encuentros a los que nosotros tuvimos el privilegio de asistir a pesar de ser unos párvulos.

También salieron a relucir aquellas demenciales e inolvidables sesiones poéticas del Ateneo de hace cincuenta años, cuando estaba intervenido por el régimen y funcionaba, dirigido con gran eficacia por personas de calado, como Florentino Pérez Embid o Carmen Llorca, que no eran de izquierdas, pero invitaban sin problemas a los arriba citados, que sí lo eran y a otros de gran renombre, que también, aunque reconocer esto fastidie mucho a los actuales partidarios de la desmemoria histórica. También en la TVE del yugo y las flechas, Antonio Escohotado, el futuro filósofo experto en drogas, y yo recitábamos poemas de Lorca –asesinándole por segunda vez con nuestra torpeza de principiantes– en el espacio «La noche se serena» con el que, tras la hierática y obligada imagen de Franco, terminaba la programación del día.

En los estudios de Paseo de la Habana, y ya en aquella época, media plantilla de colaboradores externos, o pertenecía al PCE o como poco era antifranquista. No sólo ocurría esto en el mundo de la cultura, también en la Administración algunos funcionarios, al tomar posesión de sus puestos, juraban sin pestañear los principios fundamentales del Movimiento y, sin embargo, al salir del trabajo iban directamente a las reuniones de célula. Y no hablemos del mundo del cine… Valga esto como testimonio directo de esa inalienable verdad de la que no soy la única protagonista, aunque ya queden vivos muy pocos testigos. Pues bien, en la conversación con mi amigo X, que se empeña en mantener el anonimato y lo siento pues es una autoridad, confundí a Rafael Morales con el también poeta Federico Muelas. A pesar de que él me lo señaló reiteradamente yo seguí en mis trece y sólo horas después de haber colgado caí en la cuenta de que tenía razón.

Como me molesta la imprecisión más de lo que pueden sugerir mis cada vez más numerosos despistes («Era un poeta y odiaba lo impreciso», decía Rilke), le llamé inmediatamente y me agradeció mucho la palinodia, porque él estaba aquejado de ese mismo mal que atribuye Rilke a su personaje y que, como cuenta don Julio Caro Baroja (Los Baroja), llevó a su tío Ricardo Baroja, en su lecho de muerte, a corregir unos latines al cura que daba la extremaunción a ese ateo recalcitrante, lo que fue todo un acontecimiento en Vera de Bidasoa. Sin duda esa identificación rilkeana obedece a mi particular ambición poética, y aunque llevo décadas sin publicar poemario (una cosa es escribir y otra encontrar tiempo para armar un volumen y buscar editor), eso no me ha impedido publicar inéditos aquí y allá y hacer alguna que otra lectura poética.

Mas el tiempo tiene eso; que pasa «muy quedamente, sin hacer ruido», como esas Feuilles mortes de Jacques Prévert, cantadas por Yves Montand, el vate de la nostalgia poética por excelencia de aquel París de caves existencialistas y comunistas que todavía pude vivir y que acabaron en mayo del 68; o, como sugiere Apollinaire en aquel poema escrito en la prisión de la Santé, adonde fue a parar acusado de estar involucrado en el robo de la Gioconda junto a Picasso y otros: ¡Qué lentamente pasan las horas/ lo mismo que pasa un entierro/Llorarás la hora en que lloras/que pasará rápidamente/como pasan todas las horas. Ya sé que muchos de los que esto lean aún no habían nacido en esa época y tal vez ni siquiera se conocían todavía sus padres, pero la longevidad, émula y cómplice del tiempo, tiene hacia éste servidumbres testimoniales y a ellas siento, de pronto, que me debo.

Volviendo a la cita de Rilke, que tantas veces he utilizado sin recordar de cuál de sus obras la había sacado, lo que me fastidiaba sobremanera, conseguí localizarla gracias a Miguel Veyrat, al que hubiera podido conocer en aquellos remotos tiempos, pero no fue así sino, ya en los noventa, en las Jornadas de Traducción literaria de Tarazona. Pues bien, Veyrat que, así de pronto, tampoco lo recordaba, me escribió poco después para decirme que pertenecía a los Apuntes de Malte Lauris Brigge. Se lo agradecí en el alma pues me permitió revisitar ese texto impactante e iniciático del que sólo me había quedado, de manera paradójicamente imprecisa, esa noción de la aversión poética a la imprecisión.

Dicha obra, está basada en la figura del joven y malogrado escritor noruego, Sigbjörj Obstfelder. Escrita en forma de diario parisino, es considerada como una autobiografía del propio Rilke y ha sido traducida al español por intelectuales de la categoría de José María Valverde y Francisco Ayala. En cuanto a la enigmática frase que tanto me obsesionaba (Er war ein Dichter und hasste das Ungefähreen alemán) fue Valverde quien la tradujo tal y como yo la citaba siempre. De creer a los entendidos, sería ese su mejor logro, ya que algunos le acusan de precipitado en el resto por eso de traducir pro pane lucrando, como decía Unamuno…. Sin embargo, Francisco Ayala, más afortunado en el conjunto de la obra que Valverde, pues según los ya mencionados entendidos lo tradujo principalmente del francés, patinó con la frase de marras de cabo a rabo, desmarcándose de la lógica y de la precisión poética obligadas, con la siguiente e imprecisa variante que me refirió Veyrat con asombro: «Era un poeta y odiaba lo ‘poco más o menos’», patinazo que, preparando este artículo, he podido comprobar al acudir a la fuente de donde bebió Ayala, la traducción del germanista francés Maurice Betz, quién, con muy poca fortuna, dice: «C’était un poète, et il haïssait l’à peu près». Tal cual.

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