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Daniel Capó

Habla, memoria

«Cuando llega la adolescencia o la vejez, nuestras vidas se empiezan a romper por distintos motivos»

Opinión

Habla, memoria
Drahomír Posteby-Mach Unsplash

El pasado lunes por la mañana fui con mi hija al mar. La luz era nítida; el tiempo, primaveral. Primero bajamos a una playa –no había nadie sobre la arena– y a continuación subimos por unos acantilados hasta llegar a otra playa cercana igual de solitaria. Una pareja paseaba su perro, dos gatos ronroneaban en la terraza de un chiringuito cerrado, las gaviotas volaban en círculos. Nos sentamos en las rocas y abrí la mochila con la merienda. Recordé la cantidad veces que hemos hecho esta misma excursión. Paseamos, jugamos a perdernos en un laberinto de setos y luego bajamos a las rocas, junto a la playa, y comemos mirando al mar. Yo aprovechaba para leerles –primero a mi hija y luego, cuando creció, también a mi hijo– algún cuento. Sus favoritos eran las andanzas del gato Findus y el viejo señor Pettson, sobre todo el titulado Cuando Findus era pequeño y desapareció. ¿Se acordarán aún? Me dicen que sí, pero yo no lo sé. En nuestras vidas el amor perdura como una fina capa de pintura que cubre también el olvido. Quiero decir que la atmósfera domina sobre cada una de las pinceladas concretas que nos dibujan.

La playa sigue solitaria y no he traído ningún libro para leer. Esta vez no me lo pide. En casa, al llegar la noche, sí que sigo leyéndoles algún clásico más o menos adaptado: ejemplares antiguos casi siempre, ediciones de los años 30 o 40 del pasado siglo. Me gusta la riqueza del lenguaje de estos libros y su mensaje cristalino, tan humilde y limpio. Muchos son libros que pertenecen a mis padres, otros los he ido comprando yo: títulos de las míticas editoriales Araluce o Juventud. Hace poco les leí El rey Matías I, del polaco Janusz Korczak; antes El desconocido del bosque, del inglés David Severn; aún antes, casi todas las novelas de Astrid Lindgren: Mío, mi pequeño Mío; Pipi Calzaslargas; Ronja, la hija del bandolero y el hermoso, hermosísimo, Rasmus y el vagabundo.

Qué quedará de todas estos momentos, me pregunto mientras terminamos el picnic. Quiero creer que mucho. Cuando llega la adolescencia o la vejez, nuestras vidas se empiezan a romper por distintos motivos. Mudamos de piel, dejamos atrás otros tiempos, muchas certezas y algunas seguridades. Mientras contemplamos el mar, le explico a mi hija que este paisaje no puede ser muy distinto al que contemplaron los marinos romanos y griegos cuando arribaron a la isla. Nada, en realidad, es muy distinto (tampoco nosotros). Luego nos levantamos y seguimos andando hacia el sur. Pasamos por un túnel vegetal de ramas y enredaderas que oscurecen la luz del sol. De repente sentimos frío, como tras el paso de una sombra. Miro hacia atrás y veo aquellos años que no quedan tan lejos, pero que ya pertenecen al pasado. ¿Qué recordarán mis hijos de estos años? ¿Recordarán a Findus y a Pettson, a los tres bandidos y al osito Otto? ¿Recordarán a John Silver el Largo y al capitán Ahab, a Pietro Bernardone y a Oliver Twist? ¿Recordarán a Churruca en Trafalgar, a Eneas en Cartago o a Juan de Austria en Lepanto? ¿Recordarán los poemas que les hemos leído, la «sinfonía de la mañana», los viejos dioses que deseo aprendan a admirar? ¿Qué memoria guardarán de nosotros? El rastro del tiempo son las huellas; el de la vida, la memoria.

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