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Daniel Capó

Perdonen la ironía

«La política se resume en hablar y jugar, en jugar y hablar; es decir, en dar conversación y llenar unos cuantos bolsillos, por lo general siempre de los mismos»

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Perdonen la ironía

Se dicen tantas cosas que se podría afirmar que la política es el reino de las emociones desnudas y no pasaría nada. A los spin doctors les gusta ir sumando capítulos al relato de la importancia de sus jefes, cuando realmente la sobredosis sentimental sólo conduce al aburrimiento. O a la desconexión, que viene a ser lo mismo pasado un tiempo. Desconexión, porque la experiencia –y muchos ya peinamos canas– nos regala una ley que admite pocas excepciones: el buen gobierno es consecuencia, o bien de la casualidad –algunas veces– o bien de las exigencias externas –casi siempre–. El resto del tiempo, la política se resume en hablar y jugar, en jugar y hablar; es decir, en dar conversación y llenar unos cuantos bolsillos, por lo general siempre de los mismos. Es un trabajo como otro cualquiera que, de un modo perverso, degrada a la sociedad mientras le aplaude sus gracias.

Como sucede en las escuelas, transformadas en ecosistemas de la ignorancia, que reclaman empatizar con el analfabetismo en nombre de las inteligencias múltiples. Seguramente ya sea demasiado tarde para plantear cualquier tipo de contrarreforma y, en todo caso, si protestas siempre te tumbarán en público con algún que otro paper, no sea que levantes la voz en exceso. Total, leer es cansado y los gráficos resultan concluyentes. Eso te dicen, aunque el mandato de silencio que lanza la academia a los que discrepan forma parte del mismo show que trata como niños a los adultos. Da igual, porque en realidad nada de eso resulta divertido por mucho que se envuelva en celofán y monopolice el prime-time mediático. Celaá nos informa ahora de que tanto da si los alumnos aprueban o no sus exámenes, factores secundarios al dominio de unas competencias siempre al gusto de lo que nos digan los propagandistas. De ocurrencia en ocurrencia, vamos cavando nuestra fosa.

Pero ¿a qué lamentarse? El dinero de Europa riega nuestras autonomías sedientas de empleo, a cambio de unas reformas que siempre pueden retrasarse un curso más. La pérdida de criterio conduce a la pérdida de la honra y a su sustitución por la queja y por un malestar difuso y narcisista, muy al gusto del caldo identitario. Los judíos, y de esto algo sabían, reivindicaban el valor salvífico de las lágrimas que nos humanizan –el llanto por el sufrimiento ajeno–, mientras maldecían el orgullo herido que se encierra en el victimismo. La filósofa francesa Catherine Chalier ha escrito un libro maravilloso al respecto, que aquí pasó sin pena ni gloria (será por la ausencia de datos estadísticos en us páginas).  Aunque datos los hay –y muchos– para exigir que se detenga el espectáculo hasta que la letra menuda del día a día empiece a cuadrar: ¿cómo va el paro juvenil? ¿Y el de los mayores de 55 años? ¿Y el precio de la vivienda? ¿Y los impuestos? ¿Y las ayudas a la maternidad? ¿Y el endeudamiento? ¿Y el déficit público? ¿Y el pago de las pensiones? Más aún, ¿todo esto lo va a solucionar la digitalización de la economía? Seguramente, y perdonen la ironía.

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