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Pablo de Lora

Los amigos de Andreu, ¿son mis amigos?

«¿Cómo es posible la concordia entre quienes no quieren tenerte por un igual; cómo cabe ser amigo de quien siendo conciudadano te anhela extranjero en la polis que fue común?»

Opinión

Los amigos de Andreu, ¿son mis amigos?
Generalitat de Cataluña Web

El abajo-firmante y abajo-no-firmante del ‘Text de support a Albert Carreras y Andreu Mas-Collel’ también es profesor de universidad, aunque no encarna ninguna de las virtudes que adornan al profesor Mas-Collel ni ninguno de sus colosales méritos, tal y como son descritos por los que abajo-firmaron en «solidaridad»0 con él.

El abajo-firmante envidia de veras los amigos que tiene el profesor Mas-Collel: los que-abajo firmaron amén de una buena colección de economistas internacionales, algunos de ellos premios Nobel. Bien dice Aristóteles en el libro octavo de la Ética a Nicómaco que los amigos: «… son el único asilo donde podemos refugiarnos en la miseria y en los reveses de todos los géneros» y que incluso entre los hombres justos la virtud de la amistad se hace necesaria. Pero lejos de contentarse con propiciar ese asilo de manera «privada», los amigos de Andreu manifiestan públicamente que la situación que vive es «extremadamente injusta», «impensable en cualquier otro país de nuestro entorno», basada en «sospechas, más que evidencias» por parte del Tribunal de Cuentas. Ellos, amigos de tantos años, saben de su «integridad moral» y de su «respeto al Derecho» y que su «honorabilidad es innegable». Desconozco si su profesión de solidaridad se reveló tan manifiesta y vigorosa en otros supuestos en los que pendieron parecidas imputaciones sobre un representante público. No han escaseado en los últimos años, y algunos de ellos, pertenecientes a todo el espectro ideológico, resultaron finalmente absueltos por los tribunales, si bien quedaron excluidos ya para siempre de toda actividad pública o política. Su terrible sufrimiento personal y familiar nunca quedó suficientemente enjugado.

El abajo-firmante se pregunta cómo resulta compatible que, según firman-y-afirman-los-abajo-firmantes, el profesor Mas-Collel haya demostrado «un espíritu de servicio inigualable con el máximo nivel de compromiso y desinterés para las instituciones españolas» con su presunta desviación de fondos para organizar en la Generalidad un servicio diplomático paralelo y para que los ciudadanos de Cataluña decidan sobre su independencia sin el concurso de todos los ciudadanos españoles. El abajo-firmante se cuestiona cómo todo ello se compadece con esa cualidad suya de «respeto al Derecho».

El abajo-firmante se pregunta si esta movilización adornada con tanta altisonancia no es prematura, y si, con ello, los que abajo-firmaron no están poniendo seriamente en riesgo a las instituciones españolas que legítimamente investigan graves comportamientos. ¿O acaso no deben hacerlo? El abajo-firmante se pregunta si los que abajo-firmaron consideran que el señor Mas-Collel goza de prerrogativas especiales y cuál pudiera ser el fundamento de tales. Al abajo-firmante también le inquieta saber si, caso de que se confirmen las «sospechas-que-no-evidencias», a los que abajo-firmaron, muchos de ellos bien conscientes de la necesidad de la «justicia social», no les resultará particularmente deplorable el coste de oportunidad que tales desviaciones supusieron para las políticas públicas que pudieron haber beneficiado a los catalanes más desfavorecidos.

Aristóteles creía que «… la amistad es el lazo de los Estados, y que los legisladores se ocupan de ella más que de la justicia… ». Enmendar al estagirita es siempre negocio arriesgado, pero este abajo-firmante tiene la convicción de que si la justicia es representada por una venda es por algo. No sólo este abajo-firmante tiene esa convicción, sino que, siendo precisamente profesor de universidad como los que abajo-firmaron, sabe bien cuántas corruptelas académicas se han perpetrado y se siguen perpetrando en el nombre de esos «lazos afectuosos». Apuesto a que más de uno de los abajo-firmantes también lo ha experimentado en sus propias carnes y que con frecuencia habrá clamado contra el «amiguismo» y en favor del mérito, una de las formas aristotélicas, por cierto, de la justicia distributiva. Aristóteles también era consciente de que, como no siempre nos amamos unos a otros, necesitamos la justicia y de que es en democracia, y no en la tiranía, cuando los sentimientos de amistad y justicia «se desarrollan todo lo posible, porque son muchas las cosas comunes entre ciudadanos que son todos iguales».

En conclusión, el abajo-firmante se pregunta cómo es posible la concordia entre quienes no quieren tenerte por un igual; cómo cabe ser amigo de quien siendo conciudadano te anhela extranjero en la polis que fue común y, al fin, si cabe la amistad con quienes, siendo tan amigos de «l’Andreu», están dispuestos a que seas un paria, un convidado de piedra en ese proceso que eventualmente puede conducir a la secesión de una parte del común, la definitiva discordia, el final de toda relación basada en la justicia.

En Delfos (Grecia), a 26 de junio de 2021.

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