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José Carlos Llop

Genuflexiones laicas

«La fascinación intelectual por ese poder asume sus cotas mayores de infamia ante la violencia que ejerce, o puede ejercer»

Opinión

Genuflexiones laicas
Alberto Korda Wikimedia Commons

Cuando el presidente Zapatero destituyó a César Antonio Molina de ministro de Cultura, se produjo algo así como un concurso televisivo –estilo Operación Triunfo– para encontrar un sustituto, sustituta o sustitute. Se barajaron los nombres de una actriz y de un cantante y las apuestas presidenciales no eran pitorreo, sino la poca consideración –ay, el show– que no debería esperarse en un ministerio. La cosa recordaba a aquellos años en que los presentadores o conductores de programas de televisión empezaron a escribir libros (o a que se los escribieran), a ganar los premios literarios más comerciales y a ocupar las casetas y lugares preferentes el día de Sant Jordi en Barcelona. Entonces los escritores pasaron a segundo plano –apenas vendían en comparación con sus súbitos competidores– y hubo bastantes que prefirieron abandonar la fiesta en la que habían participado tantos años y quedarse en casa.

Un par de legislaturas después, la operación comenzada por Zapatero tuvo su culminación en el nombramiento de Màxim/o Huerta como ministro de Cultura al llegar Pedro Sánchez al Gobierno. Respecto del entonces nuevo ministro sólo puedo decir que rebosaba felicidad en el cargo y que éste le duró menos que a Juan Pablo I su papado. Pasó sin bien ni mal, pero recuerdo una escena de su minúsculo paso ministerial, sintomática de la relación cultura-poder (si en este caso podemos bautizarlos tan generosamente a una y a otro) de nuestro país.

Circulaba exultante el ministro Huerta por la Feria del Libro de Madrid cuando divisó a una conocida escritora de las que sí vende, en una de las casetas y acercóse a saludarla. Ella se levantó como si le hubieran dado a un resorte mecánico y con la más meliflua de sus sonrisas extendió su mano hacia el cargo, mirándolo con cierto arrobo y era una mirada entrenada en lo oficial. En aquel momento tendrían que haberse emitido por los altavoces de la Feria los comentarios privados de la escritora al enterarse de que alguien como Huerta había sido nombrado ministro, que de seguro fueron tan ácidos como jugosos. Ni la mejor performance de los 60 hubiera superado el shock debido al brutal contraste. Pero no fue así y el ministro y su comitiva continuaron la visita a buen paso, mientras la mujer volvía a tomar asiento para continuar firmando, satisfecha del acercamiento ministerial. Pensé que mi abuela, por muy ministro que fuera su visitante, habría sido educada, ni siquiera amable, pero lo que jamás habría hecho es levantarse de su silla por un hombre que se acercase a saludarla o a rendirle pleitesía.

Me acordé de estas minucias sociológicas al ver publicada la semana pasada una fotografía de Jean-Paul Sartre con el Che Guevara, digamos que apoteósica en su escenografía. Estaba el Che sentado en una butaca alta –Guevara nunca fue un hombre alto, más bien al revés– frente al filósofo francés, sentado éste en un sofá bajo y en actitud reverente –limítrofe con la sumisión sexual– frente al revolucionario erguido y tan seguro de sí mismo. Entender al hombre de acción satisfecho por el poder alcanzado es comprensible aunque no se comparta, ni ganas. Pero el empequeñecimiento del hombre de pensamiento frente a ese poder siempre es lamentable. Cierto que Sartre, frente a la pulsión despótica de la izquierda, no sólo no fue crítico sino entusiasta partidario (recuérdese su devoción por el régimen criminal de Pol Pot y sus khemeres rojos), como lo es que de haber sido el Che un hombre feo y no existir su famosa (y embellecedora) fotografía tomada por Korda –convertida en imaginería tanto revolucionaria como contracultural– otro gallo cantaría. Pero ahí estaba el revolucionario con su boina, su habano y su pistolón y el filósofo con su traje gris y rodillas juntas tipo alumno de La filosofía en el tocador. La cultura occidental, sus fetiches y la postura genuflexa. Pensemos en García Márquez con Castro o en Graham Greene con Torrijos.

Esa misma semana aparecía en portada de Le Monde el inminente cierre del periódico hongkonés Apple Daily, símbolo de la libertad de prensa y de la crítica al poder, que ahora es omnímodo en la antigua colonia británica y cada vez va a serlo más, parece. Quien espere un aluvión de solidaridad ante la deriva autocrática en El Puerto de Los Aromas –que es lo que significa Hong-Kong según nos enseñó John Lanchester en una maravillosa novela–, puede esperar sentado. Sobre todo porque la fascinación intelectual por ese poder asume sus cotas mayores de infamia ante la violencia que ejerce, o puede ejercer. Y en este caso no es la libertad en Hong-Kong lo que de verdad interesa sino el inmenso poder que la recorta. Como estaba anunciado desde el abandono de la ciudad-estado a su suerte geopolítica.

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