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José María Albert de Paco

Mileuristas

«El pintoresco simulacro que fue la entrevista de Évole a Redondo tuvo su verdadero clímax en el duelo de honorarios, ese lapso en que ambos dejan de lado sus respectivos personajes, el de preguntador quinquiprofético y el de tamborrero áulico, para encarnar la identidad que de veras les define, la que les faculta para hablarse de tú a tú: la de columnistas de La Vanguardia»

Opinión

Mileuristas
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El pintoresco simulacro que fue la entrevista de Évole a Redondo tuvo su verdadero clímax en el duelo de honorarios, ese lapso en que ambos dejan de lado sus respectivos personajes, el de preguntador quinquiprofético y el de tamborrero áulico, para encarnar la identidad que de veras les define, la que les faculta para hablarse de tú a tú: la de columnistas de La Vanguardia. Que Redondo lo fuera en ciernes no invalida que en lo sustancial, en lo relativo a la escala moral, ya llevara quinquenios engrosando el estaf, categoría que difiere del staff en que el texto no es tanto una expresión de poder (todo periodismo debe aspirar a serlo) cuanto una ostentación de superficie.

Como corresponde a la etiqueta social de quienes se pueden permitir el lujo de fingirse modestos, el ‘yo no cobro tanto como tú’ debía interpretarse, al trasluz de la confianzuda sobremesa en que había derivado el interrogatorio, como un estricto ‘yo la tengo más grande’. Y no, no se referían a la bata de cola. Desentonaba, eso sí, el lóbrego decorado dispuesto por el presentador, esa cripta villareja que habla de lo mucho que debe la tele a Jesús Quintero. Porque ese duelo al sol entre el chistoso consultor de Cornellá y el humilde follonero de Donosti exigía un reservado de marisquería, un entorno, en fin, tan sencillo como ellos, y entiéndase «sencillo» sin doblez alguna. Lisamente.

Imagínense por un instante que el pendenciero que retó a su interlocutor a echarle ceros al artículo hubiera sido un radiofonista de derechas, y que en lugar de al cineasta que dirigió la improvisada-ovación a Pedro Sánchez en Moncloa, con Manuel Castells de palmerillo mayor, hubiera tenido enfrente a un asesor curtido en la tramoya del aznarismo. ‘Yo me la saco si tú vas después. ¿Qué? ¿Hay cojones o no hay cojones?’ ¡Qué no habría tuiteado Évole (en cursiva, azote de la casta) ante semejante obscenidad!

Por fortuna, y para el improbable caso de que se diera un lance así, en Barcelona ha echado a andar el Centro de Masculinidades, institución reeducativa cuyo primer mandamiento es «El Hombre No Existe» (aplíquese, por cierto, a la mujer, y atentos a la combustión sulfurosa que se produce). Sobra decir que la Nueva Acrópolis del Colauismo no está concebida para tratar a ivanes y jordis. Aunque no sé exactamente en razón de qué filtro: si sólo es ideológico o es que no se ocupan de señoros de a mil euros la pieza.

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