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Juan Claudio de Ramón

Por dónde van los pitos

«Silbar para increpar es un mal uso de la capacidad pulmonar. Y hay días para tener la fiesta en paz»

Opinión

Por dónde van los pitos
La Moncloa

A la pitada que recibió el día de la Fiesta Nacional el presidente de Gobierno le ha seguido una abultada exhibición de brazos en jarras y ceños fruncidos. Valga por todas las amonestaciones la de Àngels Barceló, reina de la baraja radiofónica, que con rígido tono de vestal ha advertido que «los abucheos y los insultos no son al presidente de Gobierno; son a la democracia». La acusación es tan formidable que me ha tenido erosionándome el intelecto la semana entera. ¿Pitar al presidente del Gobierno en actos solemnes y oficiales es pitar a la democracia? Quede al margen del debate si una parte del pueblo de Madrid tiene motivos para abuchear a este presidente. Los pretextos que aleguen los abucheadores están de más y son lo de menos. De lo que se trata es de calibrar, sin pecar de parcialidad, un principio general, aplicable a presidentes zurdos y diestros, en tiempos de bonanza o de crisis.

Lo primero que he pensado es que los silbidos son una forma elemental de protesta. Se puede uno asombrar de muchas cosas, pero no de que el pueblo proteste, con razón o sin ella. Menos aún en un país como España, que templó su corazón en corralas de teatro, plazas de toros y estadios de fútbol. Tampoco cabe sorprenderse de que el pueblo tenga sus favoritos: que unos se lleven pitos y otros, palmas. De un tiempo a esta parte, Madrid es foro poco propicio a los presidentes socialistas. Circunstancia eludible mudando de lares el desfile cada otoño: la desconcentración está de moda y con suerte los abucheos se los lleva otro. Por lo demás, creo poco discutible que los silbidos eran ad hominem; no se dirigían contra ningún valor sagrado ni la importante magistratura de la presidencia del gobierno. Cargo que, aun representativo, no es un símbolo de España, como lo son himno, rey o bandera. Conviene hacer notar que en España no es infrecuente que de la bandera se haga mofa, al rey se le queme en efigie o el himno sea silbado. Esto último, apunta Oscar Monsalvo, a la propia Àngels Barceló le parece cosa más natural del mundo: «En democracia los ciudadanos pueden manifestar su malestar de la manera que considere más oportuna, siempre pacíficamente y sin violencia».

Así que ya vemos por donde van los pitos: nada es tan grave si lo hacen los míos. Hablando de lo cual tengo observado que en este país a una oposición dura de izquierdas se le llama «indignación» y a una oposición dura de derechas se le llama «crispación». Quede entendido: silbar para increpar es un mal uso de la capacidad pulmonar. Y hay días para tener la fiesta en paz. No escribiría estas líneas si la cosa se hubiera tratado como lo que es: una falta de educación en un público al que no se puede decir que sus representantes aleccionen cada día con el ejemplo. En el abucheo, el contexto lo es todo: se puede silbar en La Scala, pero no en un funeral. Pero hay rasgamientos de vestiduras que duelen más al tímpano que un orfeón de chicharras. Si vas a tocar el pito, aplica a todos el mismo reglamento.

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