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Jesús Montiel

¡Ponte a leer!

«Si la lectura se impone, aunque sea con palabras edulcoradas, puede provocar alergia de por vida»

Opinión

¡Ponte a leer!
Jesús Hellín|Europa Press

Alguien puede escandalizarse si confieso que es muy rara la ocasión en la que yo, alguien que escribe libros, lee un cuento a sus hijos al caer la noche con la voz queda y una luz moribunda. Entiendo ese escándalo. Ese momento mágico de lectura es único para el niño: es atendido por el ajetreado adulto, normalmente en sus cosas, lejos, en el país de la frente arrugada.

No lo hago porque me alejo así de una experiencia amarga, la de leer como una obligación. Antes que un momento mágico la lectura fue en mi caso algo que tenía que hacer me gustase o no, como ir a misa o meterme los faldones. Y quizá no obligándoles al cuento a mis hijos me alejo de ese niño que yo fui, forzado a la lectura. Si la lectura se impone, aunque sea con palabras edulcoradas, puede provocar alergia de por vida. Conozco muchos casos, en mis alumnos. Se maravilla Alejandro Zambra en un artículo ante el milagro que supone sobrevivir a esos profesores que nos obligaron a leer. Así nos enseñaron a leer, dice: a palos.

Como tantos dogmas de nuestro siglo, el fomento de la lectura se ha convertido en un eslogan parecido al de reciclar, que está muy bien como reclamo, pero en la práctica es una farsa porque la mayoría de los que esgrimen las bondades de la lectura son escasos lectores. Además, leer mucho no es sinónimo de nada. Por eso me dan pena esos padres que se sienten obligados a la lectura del cuento sin haber cogido ellos un solo libro durante el año. Se sienten obligados porque la culpa pesa, si no lo hacen. Hay una presión social, si no lo hacen serán malos padres. La práctica del cuento antes de cerrar los ojos es un momento obligatorio.

Pero los libros son conversación antes que cuarteles militares. La lectura exige intimidad, es algo secreto, igual que el beso o la confidencia entre dos amigos. Como rezar o el peinado, zambullirse en unas páginas con tinta es un acto que nace de la absoluta curiosidad. La lectura es un enamoramiento y no el matrimonio con un talibán. Mejor que endosar lecturas será propiciar el clima, favorecer momentos y lugares que produzcan ese amor voluntario. Antes que convertir a mis hijos en lectores obligatorios prefiero que sean ellos quienes se acerquen de manera voluntaria a mis libros. Mis hijos me ven a diario rodeado de ellos, leyendo en una habitación, o de pie, o a veces en la calle, caminando. Y algún día los meto conmigo en una librería y miran cómics y se los compro o les hablo de algún libro determinado. Y creo que eso es bastante, de momento. Un libro cerca del tiempo de uno, pero disimulado, sin una presencia intimidatoria. Ojalá que algún día se queden ciegos delante de una página, mis hijos, y sean en adelante buscadores de algo que nunca se encuentra en esta vida. Que buscamos aún sabiendo nuestra derrota.

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