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César Calderón

Pedro Sánchez, estudiante de peronismo

Sánchez no quiere que organismos independientes -de la CNMC al Banco de España- estropeen su glorioso relato sobre sí mismo

Opinión

Pedro Sánchez, estudiante de peronismo
Pedro Sánchez. |Eduardo Parra (Europa Press)

En los últimos años he tenido la oportunidad de viajar a la Argentina en un buen número de ocasiones y de seguir muy de cerca sus últimos procesos electorales, desde la victoria de Cristina Fernández Kirchner en 2011 hasta el triunfo de la oposición sobre el peronismo gobernante en las elecciones legislativas de hace escasas semanas.

En una de esas ocasiones, disfrutando de un rico asado con un grupo de militantes y cargos recién nombrados por CFK tras su inapelable victoria electoral de 2011, me atreví a preguntar a la alegre muchachada nacional y popular reunida ante bifes, chinchulines y choripanes una cuestión que llevaba martillando mi cabeza unos cuantos meses: ¿Chicos, me pueden explicar qué es el peronismo?.

Yo ya me había leído todo lo que había caído en mis manos sobre la materia, comenzando por Operación Masacre, el maravilloso libro de Rodolfo Walsh que narra con todo lujo de detalles el sangriento golpe de Estado que desalojó a Juan Domingo Perón del gobierno en 1955 y la posterior represión sobre la militancia peronista, pero aún no había conseguido una respuesta satisfactoria a mi maldita duda sobre la epistemología del peronismo.

En ese momento, un bravo argento de pura raza peronista entrerriana se apartó de la parrilla sobre la que acababa de colocar un imponente lomo alto y me espetó: «Che César, vos sos peronista pero aún no lo sabés».

Y es que desde parámetros ideológicos europeos es materialmente imposible clasificar al peronismo, un movimiento capaz de reunir en sus filas desde ultraderechistas como el asesino López-Rega a filo-marxistas como los que se encuadraron entre el movimiento de Montoneros, pero con algunos elementos comunes a todos ellos en lo que a la realpolitik se refiere y que supongo es la argamasa que une a todos: un concepto patrimonial del estado acompañado por tres pulsiones: la autoritaria en lo político, la autárquica en lo económico y la iliberal-populista en lo material.

El peronismo es el poder más allá de excusas ideológicas y cuando lo consigue va colonizando el estado como si de una metástasis se tratara, infectando el cuerpo del gobierno desde los músculos hasta el sistema nervioso, ¡y pobre del órgano que se resista a ser emponzoñado, porque corre riesgo de amputación!.

Así ha pasado históricamente en la Argentina, un país en el que por más que los gobiernos liberales de derecha (Macri) o de izquierda (Alfonsín) han tratado de introducir organismos independientes que permitieran un cierto check and balance institucional poniendo a salvo de las luchas partidarias los organismos de regulación, al volver el peronismo al poder, no ha tardado demasiado tiempo en descomponer o desnaturalizar estos órganos con el fin de que sus informes y opiniones independientes no molesten al triunfante relato oficial gubernamental lleno de domingos soleados y benéficos generales-trabajadores.

Y eso es poco más o menos lo que está comenzando a suceder en nuestro país, la cuarta economía de la Unión Europea, poseedora además de un marco jurídico equiparable al de las democracias más avanzadas de nuestro entorno en el que a pesar de los cambios de gobierno acaecidos desde nuestras primeras elecciones democráticas, los partidos al mando han respetado este tipo de organismos, vitales para cualquier democracia avanzada, como son la CNMC, la CNMV, la AiRef, el Consejo de Seguridad Nuclear, el Consejo de Transparencia o la Agencia Española de Protección de Datos, a pesar de que muchas ocasiones sus informes, previsiones, dictámenes o incluso su propio funcionamiento les haya acarreado importantes dolores de cabeza, broncas, bochornos e incluso alguna dimisión ministerial al gobierno de turno.

Pero claro, los anteriores presidentes del gobierno no eran Pedro Sánchez, e independientemente de su color ideológico respetaron con deportividad  el trabajo de estos órganos que -no lo olvidemos- forman parte de la carpintería institucional básica de cualquier país avanzado.

Sánchez, embarcado en una huida hacia adelante digna de Spyridon Louis, ya saben, el primer ganador de una maratón olímpica, no quiere que otros organismos del estado estropeen su glorioso relato sobre sí mismo y sobre su salvífico gobierno. No quiere que el Banco de España le diga que sus previsiones económicas no son ciertas, no quiere que la AiRef le tire de las orejas por su contumaz irresponsabilidad presupuestaria, no quiere que el consejo de transparencia le exija que entregue los datos sobre quienes viajaron con Su Persona al festival de Benicassim a bordo del Falcon presidencial o que la CNMC le llame la atención por sus manejos con las grandes teleoperadoras.

Esta es la razón por la que a medias con el único político español con pedigree peronista-camporista fetén, hablo de Iñigo Errejón, Pedro Peronizado Sánchez ha presentado una iniciativa en el congreso para  democratizar  (ejem) estos organismos, es decir, para controlarlos con mano de hierro desde el gobierno y acabar con su independencia actual.

El problema, además del déficit democrático de la medida y de sus nefastas consecuencias para nuestro país, es que este tipo de operaciones cuarteleras las suelen realizar aprendices de brujo más bien escasos de entendederas que piensan que van a estar siempre en el gobierno; cuando lo que en realidad va a suceder es que muy probablemente será otro presidente del gobierno y otro partido los que aprovechen este desarme institucional de nuestros organismos reguladores servido en bandeja de plata por Sánchez, cuyos sucesores, por cierto, lo van a tener muy difícil para exigir transparencia e independencia al próximo gobierno del Partido Popular.

Y es que por mucho que Sánchez sea un aplicado estudiante de peronismo, para conseguir buena nota en esta materia hay que ser argentino… o llamarte Íñigo Errejón.

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