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Daniel Capó

Rumbo a 2022

«2022 arrancará con cuatro grandes frentes abiertos: la economía y la variante ómicron, Rusia y China»

Opinión

Rumbo a 2022
SARS-CoV-2 ómicron y bandera de la Unión Europea.|Andre M. Chang (EP)

Cuando cayó el Muro de Berlín, hace ya treinta años, Occidente pensó por un momento que su modelo sería universal. En cierto modo, había motivos para el optimismo. La vieja Europa del Este se sumó con entusiasmo a la Unión, deseosa de unos fondos europeos que le permitieran reconstruir la prosperidad perdida tras décadas de comunismo e impaciente por recuperar las libertades propias de las democracias avanzadas. Tras Gorbachev, padre de la Perestroika y de la Glásnot, llegó Yeltsin, un arribista alcoholizado que pasaba por ser un modernizador convencido y un entusiasta demócrata. China conjugaba la represión de Tiananmén con una entrada decidida en el juego de la globalización. Los teóricos de la democracia aseguraban que la consolidación de una clase media conduciría de forma irrevocable a la democracia y que era sólo cuestión de tiempo que China se convirtiera en una especie de Japón o de Corea del Sur. Se equivocaron, aunque eso no lo sabíamos entonces: no lo sospechaban siquiera los editorialistas de The Economist, ni los popes universitarios, ni por supuesto los políticos, como tampoco sabemos nosotros claramente lo que va a suceder mañana. La historia del hombre es la crónica de una incertidumbre, el negativo fotográfico de un misterio.

Hace treinta años, no podíamos sospechar que la democracia no llegaría a Beijing, ni que Putin se perpetuaría en el Kremlin y aun menos que Occidente caería en la profunda crisis en que nos hallamos sumidos. Un ejemplo es la ruptura interna; una fractura que no solo es económica y social, sino también ideológica y antropológica, como comprobamos con la pujanza de las culturas identitarias de la cancelación. Hoy, la China de Xi Jinping se arroga un poder imperial no únicamente en Asia, sino también en África y América del Sur. Hoy, la Rusia de Putin envía miles de soldados a la frontera ucraniana como un amago de invasión y recordando a Europa cuál es el perímetro de seguridad que considera pertinente. Hoy, el Reino Unido se ha ido de la Unión, inspirado por la demagogia del nacionalismo y temiendo la pérdida de soberanía. Hoy, la UE vive hundida en el desconcierto y atrapada por los fantasmas de la burocracia, el miedo y una innegable decadencia, siendo sus enemigos internos tan numerosos como los externos. Hoy, la América de Biden no camina más decidida que la de Trump, sino hostigada por los primeros síntomas de la decepción y por el empeoramiento de la brecha interna. 

Quizás aún no nos demos cuenta de la magnitud del cambio que vivimos. En los últimos siglos –desde el descubrimiento de América–, el mundo se proyectaba hacia el Atlántico, el progreso tenía un foco y las formas políticas de la democracia también. Todo ello parece haber pasado ya a la historia, aunque –al igual que los griegos en Roma– quizás el prestigio de nuestra cultura perdure más tiempo que nuestro poder. África no mira ya hacia nosotros, sino hacia China. A Rusia tampoco parece importarle en absoluto nuestro modelo, que considera decrépito e inútil. No deja de resultar paradójico que tanto Washington como el Vaticano –por hablar de dos fuentes evidentes de soft power– estén gobernados por hombres con mentalidad del pasado. Cabe preguntarse, llegados a este punto: ¿qué es Europa para los dirigentes chinos y rusos?, ¿cómo nos miran?, ¿qué les podemos ofrecer? Y también, a la inversa, podemos plantearnos: ¿qué son ellos para nosotros?, ¿sabemos interpretar el momento histórico que vivimos? o ¿quién conoce mejor a quién?

No tengo respuestas para estos interrogantes, como quizás tampoco nadie las tenga. Aunque sí sé que el siglo XXI no cuenta ya con las respuestas que dio el XX, sino que encara una problemática propia. 2022 arrancará con cuatro grandes frentes abiertos: la economía y la variante ómicron, Rusia y China. A saber cuántas de estas incógnitas habremos resuelto de aquí un año.

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