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Daniel Capó

Aquella luz burguesa

«Buena parte de nuestros problemas proceden de la pérdida de un orden interior»

Opinión

Aquella luz burguesa
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Cuando empecé a leer Mansfield Park con mi hija mayor –tres capítulos al día–, sabía que iba a encontrarme con un fino análisis de las relaciones sociales, pero no sospechaba que nuestra lectura nos llevaría a hablar sobre el sentido del orden. Se diría que Mansfield Park es, sobre todo, el homenaje a un espacio y a los hombres que lo configuran. La casa, el hogar, aquella luz burguesa –sobre la cual ha escrito en varias ocasiones el historiador John Lukacs– simbolizan la estabilidad, el lugar seguro que hace posible la libertad. Frente a la vieja y sólida casa solariega -nos recuerda Tony Tanner-, aparecen distintos mundos que pretenden quebrar el orden inmemorial de la familia: la pulsión capitalista que llega de Londres, con la abundancia del dinero y su fuerza revolucionaria, y el desorden –no maldad, sino desorden– de las familias de clase baja que dificultan el cultivo de las virtudes y la templanza de las emociones (hoy hablaríamos de los efectos de haber crecido en una «familia desestructurada»). Y, si Mansfield no sucumbe, es porque la protagonista, la joven y tímida Fanny Price, preserva en última instancia ese equilibrio que la autora –Jane Austen– considera más humano que el mundo nuevo que está por llegar y que no reconoce vínculos ni raíces. 

Por supuesto, Mansfield Park nos habla de una época que ya no existe y que no sabríamos hallar fuera de la literatura, pero también transluce –como todos los grandes clásicos– nuestras preocupaciones e inquietudes, los enigmas cotidianos, el anhelo más auténtico frente a la veleidad de los deseos. Ansiar un orden tiene que ver con algo que es muy propio de la libertad: la construcción de una conciencia individual que se sabe, además, común; no por idéntica –ni exactamente tampoco por mimética–, sino porque mantiene unas reglas y un espacio geográfico –aunque también histórico– compartidos de una generación a otra, como herencia y a su vez como proyecto. 

Buena parte de nuestros problemas proceden de la pérdida de un orden interior. Crecemos de un modo más anárquico, a pesar de la excesiva carga de protocolos y reglamentos, desprovistos de forma, que soportamos. Esto se percibe en las familias –estén rotas o no–, en la pedagogía que se aplica en nuestros colegios, en las costumbres sociales, en lo que antiguamente se llamaba «estilo» –o «falta de estilo»– y que refleja una determinada arquitectura de la personalidad. La ausencia de orden, sin embargo, llega más lejos y, debido a la globalización y al salto tecnológico, inspira también temor en una sociedad desprovista de certidumbres y seguridades. Una libertad desordenada, que no conoce –diríamos– ni reglas ni forma alguna de respeto, tiende a la autodestrucción o, si se prefiere, al terror y a la esclavitud. Al no pisar tierra firme ni poder prever con certeza las actitudes de nuestro entorno más inmediato, crece la suspicacia y el recelo. La ausencia de normas, y por tanto de estructura, nos convierte en personas fácilmente patologizables; nos hace más cínicos, más apremiados por el afán psicológico del narcisismo, más endebles moralmente. Vivimos exhaustos por el estrés crónico, acuciados por el imperativo despiadado del «sálvese quien pueda», sin honor ni honra ni conciencia de la deuda.

Y es esta conciencia de la deuda la que sostiene y construye una sociedad; la que demuestra que el cuidado de la herencia –signo último de nuestro amor y de nuestra fidelidad– constituye la mejor escuela de vida; la que nos protege de la barbarie de un individualismo ciego que sólo se reconoce a sí mismo, como un demonio que se somete al ímpetu de los deseos y las pasiones pero no a la sobrecogedora belleza de una humanidad en común que levanta los ojos y mira al rostro, repitiendo una y otra vez: «No estás solo, yo te reconozco por tu nombre y te llamo».

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