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Jesús Montiel

Un día sin Google

«Una vez a la semana ayuno de Google. Pongo mi iPhone en modo avión y me aventuro a vivir como se hacía antes»

Opinión
Un día sin Google

Nicolas Economou (Europa Press)

Una vez a la semana ayuno de Google. Pongo mi iPhone en modo avión y me aventuro a vivir como se hacía antes, con los cinco sentidos puestos en la realidad. Sin escarceos digitales ni visitas a las redes. Es una costumbre urgente, este día de vaciamiento. Nos conviene plantar cara al absolutismo de la sociedad extrovertida con pequeñas dosis de interioridad. Intentarlo al menos, en la medida de lo posible. Pequeños respiraderos que alivien nuestro espíritu amustiado. 

Este lunes de abstinencia digital mi hijo tenía un cumpleaños y la casa del celebrante estaba lejos, en un pueblo. Pensé que si me llevaba el móvil llegaría enseguida, no me extraviaría utilizando el GPS. Pero me armé de coherencia y salí de casa sin él. De modo que nos montamos en el coche, mi hijo y yo y, ya en el pueblo, me perdí. Estuve dando vueltas por calles angostas y en pendiente cerca de media hora, sin resultado. Rendido, detuve el coche y, a la vez que añoraba las facilidades que proporciona la tecnología, recordé mi vida antes del iPhone: cómo era encontrar la casa de la novia o del amigo siendo adolescente, deslizar el dedo índice sobre el mapa de papel que uno desdoblaba con deleite, en una ciudad nueva.

En ese momento de evocación pasó un lugareño. Sesenta o más, con boina y ropa de campo. Bajé la ventanilla y le pregunté por la calle en cuestión. El hombre, luego de una alambicada explicación que no comprendí en absoluto, se ofreció a arrancar su motocicleta y guiarme hasta mi destino. Precedido por el humo y el escándalo de su motor, llegué a la calle del cumpleaños. Le di las gracias y esbozó una sonrisa celestial. Tan amable fue conmigo que, si por él hubiera sido, me habría acompañado hasta mismo el salón donde los niños se apretaban alrededor de la tarta.

Que ese hombre me regalase gasolina y tiempo solo para guiarme fue para mí un regalo del cielo. Si hubiera utilizado el GPS habría ahorrado tiempo, no me habría perdido, pero tampoco habría conocido su festiva espontaneidad. No habría podido ser testigo de la derrota del GPS por una simple criatura. La mirada de aquel bendito, su dedo índice extendido, la voz mezclándose con los gruñidos de la moto. Google nunca podrá empatar el maravilloso mecanismo del ser humano. Lo humano, desdeñado por el transhumanismo, pasará a ser dentro de un tiempo algo anecdótico, quién sabe. Pero sin duda será lo único que nos salve, el último domicilio de la misericordia. Dios vive fuera de Google, lo veo siempre que apago el móvil.

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