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Ignacio Vidal-Folch

Los famosos han de visitar el infierno

«Ahora, para ser interesante hay que haber visitado el infierno interior y extraer de esa experiencia una ‘gran lección moral’»

Opinión
Los famosos han de visitar el infierno

Ernest Hemingway.|Jesse A. Fernandez (Zuma Press)

Siempre nos ha gustado que el hombre famoso —sea emprendedor financiero, científico eminente, sesudo escritor o actor fascinante— tuviera una veta de excentricidad, una tara en el carácter (manías extrañas, hábitos absurdos, gustos raros), o que llevase una vida desequilibrada, de esas que dan pereza o pena al común de los mortales. Así los famosos se hacen perdonar su superioridad, su talento, su dinero o su dicha.

Es el ejemplo de Jack London o de Hemingway, que tenía que meterse en cualquier fregado; si veía un ring, se subía a boxear; para sondear las misteriosas profundidades de la naturaleza humana tenía que ir a la guerra mundial, y a la de España, y venga a cazar leones en la sabana, donde nada se le había perdido.

Con tanto vagabundear y tanta excentricidad, las figuras como él no solo construyen una leyenda personal, un aura romántica, sino que también eximen a los lectores, al común de los mortales, de agitarse por confines exóticos y los habilita para permanecer en la comodidad de la vida moderna. Ya que hubo por ahí figuras que corrían 1.000 aventuras, tú te quedas en el salón de casa, leyendo sus hazañas o viéndolas por televisión, y pensando «menuda vidorra se pegó», cuando la verdad es que el que se «pega la gran vidorra» eres tú, sin salir de la hoy denostada «zona de confort».

El novelista que en las últimas décadas más a conciencia ha querido seguir ese modelo legendario de bohemio internacional yo creo que ha sido el chileno Luis Sepúlveda, famoso por su relato «Un viejo que leía novelas de amor». He leído la solapa de sus libros, donde cuenta su vida, y da vértigo: se embarcó como pinche de cocina en un ballenero, luego fue encarcelado por la dictadura de Pinochet, se exilió y estuvo conviviendo en la selva de la Amazonía con los indios shúar (jíbaros), experiencia que inspiró su famosa novela sobre el viejo lector, luego participó en la revolución sandinista, luego anduvo por la Patagonia y se embarcó con Greenpeace para luchar contra los pescadores de ballenas… y acabó viviendo en Asturias, que yo creo que es lo más envidiable de tan intempestiva biografía. Ahí es donde falleció, recientemente, de covid.

El otro día, Sonsoles Ruiz, secretaria de la Asociación Colegial de Escritores, me pidió que le enviara una breve biografía, para que figurase, con las de los demás participantes, en el folleto de una mesa redonda en el Instituto Cervantes en la que me tocaba conversar con varios editores rumanos y españoles. Muy consciente de que mi vida como funcionario a tiempo parcial en el Ministerio de Educación y Formación Profesional no suscitaría ningún interés, envié un curriculum un poco hinchado, en el que cuento que fui músico callejero en el metro de París y croupier en un casino de Mónaco y que he dado tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles de la cadena Savoy.

Pensé que cuando el público y los editores rumanos leyesen este curriculum, mi intervención en la sala de Actos del Cervantes despertaría grandes expectativas. Para subir un poco el suflé, me pareció oportuno añadir que, además, durante una temporada, de joven, fui chapero en las Ramblas, «en un portal entre Panam’s y Tabú».

Cabía la posibilidad de que Sonsoles Ruiz me escribiese para preguntarme: «¿Está usted seguro de que quiere que figure este dato en su curriculum?». ¡Pues sí, estaba seguro! Ya que ese detalle genetiano, malditista, y los nombres sugestivos de esos cabarets decadentes, concentrarían en mí todas las miradas rumanas y lo que yo dijese sería escuchado atentamente.

Pero el mail de Sonsoles Ruiz lo único que dijo fue «recibido, gracias». Y luego todos me trataron como a cualquiera, como a un compinche más. Yo creo que ni siquiera se tomaron la molestia de leer mi curriculum. Creo que cada uno de ellos se leyó el suyo, su propio curriculum cuajado de distinciones académicas, que era el que más les interesaba a todos, como suele pasar.

¿Qué pasó? ¿Es que ya no interesan las vidas interesantes? La respuesta es «no». Ahora, leyendo entrevistas y reportajes sobre los hombres famosos de hoy, sean escritores, cantantes o actores americanos, me doy cuenta de que no basta con ser excéntrico y vagabundear, y haber visitado los rincones más exóticos de la tierra, porque el turismo lo ha hecho todo cercano y parecido, y el mundo no tiene misterio.

No, ahora, para ser interesante hay que haber visitado el infierno interior y extraer de esa experiencia una gran lección moral.

Tengo observado que cualquier actor de Hollywood, cantante o novelista americano de moda, confiesa de buen grado que, durante una temporada de su vida, ya felizmente superada, estuvo fuera de control, muy, muy descontrolado. Este es el relato que queremos oír y el que nos cuentan: visitó el infierno y ha vuelto de allí, afectado, pero sano y salvo y más sabio. Si es mujer, puede haber sufrido abusos de alguien muy cercano o haber estado cautiva en un matrimonio tóxico, con un marido explotador y narcisista.

Hombre o mujer, el caso es que con 13 años se enganchó a la cerveza, luego pasó a los alucinógenos. Vio morir a sus mejores amigos, los más prometedores (¡nunca los olvidará!), víctimas del crack. Estuvo a punto de irse, también él, o ella, al otro barrio, ahogándose en un charco de vómito y de sangre. Por suerte, lo encontraron a tiempo, y tras el lavado de estómago y un periodo de meditación, comprendió que tenía un problema y lo afrontó.

Ahora, superada por fin aquella rabia interior que le llevó al borde del abismo, ha alcanzado la serenidad. Pero no lamenta nada de todo aquello: le sirvió para conocerse mejor y así encarnar con más matices el papel del superhéroe Plugchs en el gran éxito internacional Plugchs: desafío letal, en todas las pantallas.

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