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Jorge Vilches

La derecha que viene

«¿Qué pasa en la derecha? Tras muchos años dormida, ha despertado»

Opinión
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La derecha que viene

El presidente de Vox, Santiago Abascal (izq) y el presidente del PP, Pablo Casado. | Europa Press

Leí a Miguel Ángel Quintana Paz aquí la semana pasada, y a José F. Peláez sobre la guerra cultural en otro sitio, y me sugirió una reflexión sobre la derecha y el momento que vivimos. El debate es cada vez más frecuente y enriquecedor, lo que es una buena señal, tanto que la izquierda está descolocada y se dedica a lo suyo: poner nuevas etiquetas para llamarnos «fachas», lo que significa que no ha entendido ni aprendido nada.

¿Qué pasa en la derecha? Tras muchos años dormida, ha despertado. La falta de libertad incomoda tanto como la condescendencia de la izquierda para regañar, corregir e imponer. Esa rebelión, por mucho que este concepto descoloque a los ‘progres’, ha tomado muchos caminos, a veces enfrentados.

Contamos con dos tipos de derechas: la contestataria y la creativa, la que se queda en responder a la dictadura progresista y aquella que, sin renunciar a la denuncia del dogma izquierdista, produce ideas y proyectos. Esta última, la creativa, además, tiene tres variantes: comunitarista, individualista y utópica.

A un lado, decía, está la derecha contestataria, que cree que su misión es dedicarse a responder todo lo que la izquierda pone en la mesa. Eso es ceder la iniciativa al adversario, e ir un paso por detrás, pero es de gran utilidad.

Esta derecha es reaccionaria, un concepto que habría que recuperar. Sé que esa recuperación escandaliza a más de uno temiendo la respuesta de la izquierda. Es normal. La idea de progreso es una religión secular desde finales del siglo XVIII, que ha llegado en el XXI a su punto culminante: en aras de la libertad ha impuesto la dictadura.

Esta situación produce una reacción contra la intromisión en la vida privada, los excesos de ingeniería social y de soberbia, el supremacismo moral, o la condescendencia de políticos y juntaletras ignorantes. Progreso no puede ser eliminar la libertad del individuo, por lo que la reacción es lógica.

Este tipo de derecha se dedica a criticar el globalismo, el feminismo, el ecologismo y el igualitarismo material. Tiene sentido. Son los cuatro pilares de la transformación progresista para el Hombre Nuevo en la Sociedad Nueva. La denuncia es importante porque considerar que las cosas suceden sin sentido, o que las políticas no tienen una dirección, es ser muy ingenuo. Esta es una parte de la batalla cultural, entendiendo por «cultura» la creación de una mentalidad. Sin esta guerra reaccionaria no se habría despertado del sueño ‘progre’, no habríamos elegido la pastilla roja que nos ofreció Morfeo.

La historia de las mentalidades no suele ser atendida, pero sobre ellas se cuajan los cambios políticos. De ahí la importancia que los oligarcas, los dirigentes o la élite, depende del caso, dan a la conformación de la mentalidad hegemónica en una sociedad. Cuando se domina una mentalidad es posible la tiranía, entendida esta como la capacidad para imponer normas de forma arbitraria, obtener el mando porque la obediencia está asegurada, y ostentar la autoridad porque nadie discute el sentido de las políticas.

No hay totalitarismo más perfecto que aquel en el que el dominado agradece la dominación. Por eso la derecha contestataria es importante: no agradece la dominación, sino que la denuncia. Su labor es importante. Es una batalla que hay que dar. Esta guerra se está traduciendo en una respuesta de la izquierda que, no por esperada deja de ser graciosa. Los contestatarios son «fachas», «ultras» o «neorrancios» porque no reconocen el orden de las cosas y pensamientos impuestos por la izquierda.

Entonces es cuando el progresista se escandaliza porque alguien no respeta su dogma, y no se calla ante el desfile de apisonadoras ‘progres’ pagadas con impuestos. El objetivo no es solo despertar a la gente, sino escandalizar a la izquierda, que con una mano levanta el puño y con la otra pone el cuezo. Era una respuesta deseada, por lo que esta derecha que rechaza el catecismo de ciudadanía se dedica a ponerlo en cuestión de forma ostensible. Por esto es una derecha punk.

La derecha creativa es la otra parte, siempre comunicada con la contestataria, y es la que obliga a la izquierda a contestar a propuestas. Está menos desarrollada, aunque también da la batalla, y tiene maneras distintas de guerrear. Quedan fuera los del liberalismo social, los Rawls y compañía, los Ciudadanos, los del progresismo con rostro humano, porque son los Chamberlain del siglo XXI. En consecuencia, en la derecha creativa podríamos hablar, simplificando mucho, de tres tendencias: la comunitarista, la individualista y la utópica.

La comunitarista se basa en la idea de conservar y reconstruir la comunidad que se pierde por el avance del progresismo. Es Burke, no De Maistre. Son conservadores, y piensan en un nacionalismo vinculado a la libertad y a la independencia, y en el sentido del bien común para el bienestar.

Es el populismo de Chantal del Sol, la reacción del pueblo frente a la oligarquía de ingenieros sociales; no el falangismo de José Antonio Primo de Rivera, como alguno querría. Por eso en ocasiones el comunitarista cae en el nacionalpopulismo, cosa que rechazan las otras dos tendencias de la derecha creativa.

La derecha individualista considera que el realismo es importante para hacer política. Conocer la vida política y social, ajustarse a ella para criticar y crear, para reivindicar y posicionarse. El realismo es la madre de la política práctica, que diría Raymond Aron, por lo que rechaza la utopía, que es, a su vez, la madre de las ideologías; es decir, de amoldar todo al cumplimiento de una idea, eliminando así el libre albedrío.

Además, el comunitarismo le parece un colectivismo capaz de sacrificar los derechos individuales en aras del bien general marcado por el Gobierno; es decir, una forma ligera de autoritarismo.

La derecha utópica, por terminar, es anárquica, del mercado sin frenos, del Estado como recuerdo, del Gobierno servicial con la gente y no al revés, del «sí se puede» pero con la libertad. Es la utopía de bolsillo de Robert Nozick. El utopismo ha sido para muchos pensadores una forma de empujar el cambio social, una manera de apuntar a la Luna para llegar alto con el disparo. Los utópicos de la derecha son creativos por naturaleza, y les gusta situarse en un balcón aparte.

Una advertencia: no son tres trincheras, aunque a veces lo parezca, sino que hay vasos comunicantes y complicidades. Hay tácticas comunes, como la denuncia de la hegemonía cultural progresista y de la obligatoriedad de comulgar con ella para estar integrado. Hay ideas compartidas, aunque más en sentido reactivo, de conservación en contra del enemigo, que en plan creativo. Queda mucho, pero este es el camino, que diría el Mandaloriano.

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