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Miguel Ángel Quintana Paz

Tres tipos de derecha zombi y cómo superarlos

«Fijemos nuestra atención sobre tres formas de pensar de la derecha cuya pertinencia hace tiempo que feneció»

Opinión
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Tres tipos de derecha zombi y cómo superarlos

Pxhere

Como es de común conocimiento, los zombis son muertos que, para pasmo de todos, siguen por ahí campando. Los hay que, de vivos, fueron humanos; existen también perros zombis o incluso elefantes. Pero hoy nos ocuparemos de cuando un grupo de ideas se nos torna zombi también. Fijemos nuestra atención sobre tres formas de pensar de la derecha cuya pertinencia hace tiempo feneció; aunque los que hoy las sostienen, como suele acaecerles a los zombis, todavía no hayan caído en la cuenta y se crean vivos aún.

La derecha zombi número 1

El primer tipo de derecha al que nos referimos tuvo sentido hasta los años 80. Desde 1991 ya no. Se trata de la derecha obsesionada con el marxismo al modo soviético. Sus temores se dirigen casi en exclusiva hacia un crecimiento desproporcionado del Estado. Hay miedos razonables y este lo fue en su tiempo: la Unión Soviética, China o los satélites de ambos habían absorbido desde lo estatal toda vida económica independiente.

Cuando, por consiguiente, nadie tiene poder económico más que el poder político, el inmenso poderío ahí concentrado lo convierte en un indomeñable Leviatán. Resultaba lógico, pues, que la derecha típica de la Guerra Fría se concentrase en combatir todo engorde del Estado, del gasto público, de la carga impositiva. Resultaba lógica una derecha preocupada sobre todo por la economía. Fue el tiempo de Friedrich Hayek y de Milton Friedman; el tiempo de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan.

Hoy, sin embargo, esa derecha camina a menudo cual zombi por entre nuestros problemas del siglo XXI. Acostumbrada a ponerse siempre del lado de la empresa frente al Estado, ignora que en nuestros días hay empresas varias veces más poderosas que muchos Estados juntos. Ayer mismo supimos que los beneficios de Alphabet (matriz de Google) batieron el récord de los 76.000 millones de dólares anuales. Pues bien, hay 120 países cuyo producto interior bruto (esto es, toda la riqueza que la nación entera produce) será en 2022 inferior. Si hablamos de los ingresos de la compañía (258 millardos), resultará que andan cerca del PIB de Nueva Zelanda, mientras superan el de Perú y otros 140 Estados más. Dicho en cifras cercanas, Google ingresa tanto como la sexta parte de todo lo que producimos los españoles en un año. Y lo que te rondaré morena, pues va superándose a sí misma sin cesar.

No es un caso aislado: revisar las cuentas de Amazon, Facebook, Apple o Microsoft nos corroboraría que estamos ante poderes de una inmensidad nunca contemplada, por mucho que estos no sean nombres de Estados nacionales. Pero sí de potencias que despliegan su poderío: Twitter decide si un expresidente de los EEUU, como Donald Trump, puede o no seguir participando en la conversación pública que esta red propicia (por cierto, decide que no lo haga); Bank of America, PayPal o Goldmann Sachs forzaron hace poco a que Carolina del Norte modificase sus leyes trans; Facebook está bajo vigilancia de los legisladores estadounidenses y británicos por cómo influye en elecciones de aquí y acullá.

Ante este panorama, seguir respondiendo a cada atropello de estas megaempresas con un «bueno, si es legal lo que hacen, no pasa nada», o con un «oh, si no te gusta lo que hacen, simplemente no seas su cliente», resulta grotesco. Por mucho que así lo dictamine la ortodoxia liberal. Esto no significa, naturalmente, que los Estados con sobrepeso hayan dejado de ser un problema. Significa, simplemente, que uno de los padres fundadores de EEUU, James Madison, fue más perspicaz en el siglo XVIII que muchos derechistas despistados del XXI: y por eso nos advertía, ya entonces, de que no solo los gobiernos, sino también el mundo de las finanzas (y, añadía él, el poder religioso) podía amenazar nuestras libertades por igual. Concentrarse en uno solo de esos peligros es como dejar abiertas las ventanas de nuestro chalet solo porque hemos puesto varios cerrojos en la puerta: idiota temeridad.

En suma, los 80 ya pasaron; Marx ya no es la única amenaza; nadie quiere volver a montar la URSS; China o Venezuela han aprendido que no hace falta expropiar todas las empresas (basta con tenerlas domesticadas); el conchabamiento entre élites capitalistas y políticas puede ser más insidioso que un comité central comunista; leer a Laclau no vendría mal. Cualquiera de estas frases debería bastar para que la derecha zombi, estancada en los años 80, quedara superada por nuestra realidad.

La derecha zombi número 2

Tratemos ahora un tipo de derecha que, más que en los 80, se halla atrapada en los 90. Cuando, acabada la Guerra Fría, ya solo parecía posible un consenso: el de la democracia occidental.

No había ya discrepancias fuertes que exhibir: habían quedado tan pasadas de moda como los pantalones de campana setentosos o las hombreras ochenteras. Todos coincidíamos en que el mix de capitalismo y democracia con que habíamos vencido a los soviéticos era el mejor modo posible de organizarnos. Cabían, claro está, discrepancias menores sobre si dedicar un poquito más de gasto público aquí (que te veo venir, socialdemócrata) o bajar mejor unos cuantos impuestos (la querencia liberal de siempre). Pero eran pequeños entretenimientos con los que distraer nuestros debates públicos, esos que ya no permitían fuertes discrepancias. Había llegado el final de la Historia, dijo Fukuyama; lo cual implicaba el final de la política también.

La década posterior a la caída del Muro berlinés constituyó pues un período un tanto plácido; el Nobel Joseph Stiglitz ha hablado (no sin sorna) de «los felices 90». Y es que a todo ese sosiego político le acompañó un crecimiento de productividad jamás oteado; internet nos prometía progresos aún más inauditos; solo unos pocos gamberros menores (Yugoslavia, Irak, Corea del Norte…) se atrevían a perturbar la Pax americana mundial. 

Todo eso terminó, lo sabemos, con el atentado de las Torres Gemelas. De repente resultó que sí había una visión del mundo alternativa que nos desafiaba e, incluso, sabía penetrar hasta nuestras entrañas… para destruirlas. La cosa se agravó con las crisis de las puntocom o del 2008: el enriquecimiento progresivo de todos dejó de ser una fe razonable.

Y, como no podía ser de otro modo, la tensión llegó hasta la política: donde antes se hablaba de consensos, ahora se habla de polarización; donde antes era todo previsible, ahora las elecciones y referendos nos dan sorpresa tras sorpresa. En 2016, de hecho, nos llevaríamos tres de ellas: victoria del Brexit, triunfo de Trump y derrota del referéndum colombiano sobre las FARC.

Nuestro segundo tipo de derecha zombi no parece, empero, haberse apercibido de nada de esto. Sigue hablando de consensos cuando la izquierda hace tiempo que se echó al monte, e incluso instaló en sus alturas a varios francotiradores (desde la universidad, el periodismo y la industria del entretenimiento). Sigue quejándose ante un árbitro imaginario cuando la izquierda se salta las reglas de juego (algo que en España, con el Gobierno Sánchez, conocemos en todas sus modalidades). Sigue asustándose si le hablas de batalla cultural («¡uy, qué malote que eres! ¡Eso de batallar no es propio de nosotros, los derechistas, que somos personas de orden!»). En suma, se trata de una derecha que afronta la vida como si fuese un episodio más de la serie Friends, y sus únicos conflictos importantes residiesen en si Ross y Rachel estaban aún saliendo cuando el primero echó una cana al aire.

Este segundo tipo de derecha no se sabe si espanta más por zombi o por vestir aún con camisetas dos tallas por encima, mientras suena en su discman Ace of Base. Pero por muy alto que le suba el volumen para no oír los tambores de guerra, esta arrecia; y le va arrebatando poco a poco ese jardín desde donde nos diserta sobre cuán bello es vivir.

Si la primera derecha zombi es un quijote que lucha contra un comunismo pasado, esta segunda derecha es simplemente tontorrona (como fueron los 90 también). Confesaré al lector que aún no le he leído a estos zombis ninguna defensa no estupefaciente de por qué deberíamos abstenernos de librar la batalla cultural. Todo se reduce a protestitas por lo belicosos que somos los otros. Y a quejas porque les estropeamos las flores de su jardín… mientras se lo defendemos de tropas enemigas. Incluso les he leído afirmar que la derecha no debe dar la batalla porque la derecha coincide siempre con «la cultura instaurada», o con cómo están ya las cosas; afirmación estrambótica en la España del Gobierno Sánchez y la cultura Movistar; en la España de la eutanasia, el aborto y la ley trans. Me lo dicen mis amigos: «¡Estás pidiendo argumentos a un zombi! ¡Eso es más raro que ennoviarse con ellos, como Alaska en aquella canción antañona también!».

La derecha zombi número 3

Si las derechas zombis número 1 y 2 se quedaron estancadas en los años 80 y 90 respectivamente, esta tercera es típica de la primera década de los 2000. Aunque sus ancestros se remontan al regeneracionismo posterior a 1898, o incluso al arbitrismo del siglo XVIII.

Es la derecha que se congregó en torno a los partidos Ciudadanos (2006) o UPyD (2007). Sí, lo sé: se me dirá que ninguno de esos partidos se presentó a sí mismo como derechista, sino como «progresista» o «transversal». Pero hoy ser de derechas consiste ya solo en que la izquierda no te considere de los suyos: y ambos partidos sufrieron enseguida ese marbete (junto con las típicas acusaciones de «falangismo» o «ultraderechismo» que han vuelto tan obsoletas esas etiquetas hoy).

Lo que caracteriza a este tercer modelo es creer que los problemas políticos de España se resolverán con soluciones «técnicas». Con cosas como cambiar la ley electoral; o implantar primarias en el interior de los partidos; o reformar el Senado; o llevárselo a Barcelona. Es una derecha que se fía de politólogos y científicos sociales; y ahí adolece ya de su primer fallo, pues confía en un gremio que suele serles hostil. Lo narran bien Pedro Herrero y Jorge San Miguel en su reciente Extremo centro: el Manifiesto; ambos quedaron perplejos aquellos años de la animadversión que generaban Cs o UPyD entre politólogos que, desde sus blogs y Twitter, proponían soluciones muy similares a las que esas formaciones enarbolaron.

Con todo, la muerte de esta derecha (que parece acompañada de la muerte de esos dos partidos) tiene raíces más profundas: simplemente no son (solo) problemas técnicos los que tiene España. Por un sencillo motivo: una buena técnica te da un método para llegar lo mejor posible a cierto fin que ya has decidido. Pero antes, como es lógico, debes decidir esa finalidad. España debe decidir qué quiere ser: ¿un hotel veraniego para nuestros vecinos nordeuropeos? ¿O una voz propia en el concierto internacional? ¿Una mera cáscara sin identidad, en que la gente sepa quiénes son sus ancestros solo si estudia historia catalana o extremeña? ¿O un modelo de civilización que ha aportado al mundo algunos de sus logros más señeros? ¿Una península fragmentada por sus pequeñas lenguas y dialectos? ¿O el eje de una voz propia, en español y portugués, para 800 millones de humanos?

Mientras algunos zombis siguen pensando que saldremos de nuestras encrucijadas gracias a los distritos uninominales o la circunscripción única, los que seguimos en vida deberemos actuar como cualquier otro ser vivo: decidiendo hacia dónde orientar nuestra vitalidad. Abandonada ya la lucha contra el comunismo soviético y la placidez del «nunca pasa nada», el reto ahora es dar un nuevo sentido a la derecha viva. Una derecha que, como cualquier otro ser vivo, también se equivocará o excretará inconveniencias. Pero que al menos no se pudrirá mientras lucha contra enemigos del pasado, o se amodorra en su tumbona, o elabora tablas de Excel. Los zombis, ya lo sabemos, ansían comerse el cerebro ajeno; mi sospecha es, sin embargo, que lo hacen solo porque carecen de él.

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