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Cristina Casabón

Críticos y moderados

«El papel de la crítica no se comprende muchas veces desde el centro y la derecha moderada»

Opinión
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Críticos y moderados

Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado. | Óscar González (Europa Press)

Decía Paco Umbral que «le jodía mucho» el éxito de aquellos escritores que le sacaban muchos cuerpos al inicio de su carrera literaria. «¿Pero ya no?», pregunta el entrevistador. «No, no, me da igual. El éxito… está vacío». El propio caso de Umbral desmiente su teoría, no solo fue el niño mimado de la literatura y el periodismo español, sino que también estaba lleno de talento. Sus crónicas eran las más divertidas y mordaces. Cuando éxito y talento se juntan podemos decir que estamos ante una conjunción, una alineación de los planetas singular. Isabel Díaz Ayuso, a mi parecer, es talentosa en su menester y además tiene mucho éxito. Un plato difícil de tragar para algunos, que se esfuerzan sin éxito en ridiculizarla. Sí, los mismos que después comparan a Yolanda Díaz con Thomas Piketty (pobre señor Piketty).  

Hago una pequeña encuesta y pregunto a algunos amigos al azar que dicen que no son de derechas ni de izquierdas. La pregunta tiene truco: «¿Quién dirías que es el jefe de la oposición, Casado o Abascal?». Se salen por la tangente y me dicen que la jefa es Ayuso. Creo que mis encuestados saben bien quién es el público y cómo se encuentra. El público está cabreado, sí, pero no es extremista, pese a que algunos concursos de parroquianos de domingo confundan a los votantes críticos con los votantes extremistas. Las posturas moderadas, sin embargo, también pueden ser muy críticas y mordaces.

El conflicto político, para Ortega, era parte de la cultura del pacto, de la vida en comunidad. Esto implica que el rol de la oposición, también de la oposición moderada, es dar la batalla de las ideas, y que la confrontación crítica no es negativa per se. Esta idea tan elemental del papel de la crítica no se comprende muchas veces desde el centro y la derecha moderada. Bajar el tono implica ser moderado en las formas, nada más. Y dar alpiste para pájaros no funciona cuando el pájaro quiere carnaza. Igual la fórmula que funciona es dar carnaza y después presentar propuestas racionales, moderadas. Leo estos días a Umbral, personaje nuclear de nuestra crónica novelesca. Juicios acelerados, jerarquía crítica y cabeza. Es un gran provocador, un animal jerárquico. Y cualquiera que lea o escuche a Umbral hablar de política verá que era un hombre muy racional, sensato y  políticamente moderado.

No se puede perder de vista quién es el público y como se encuentra. Hay que criticar con mala leche espiritual, si es necesario. Pero después hay que pensar con cabeza, tener un programa sensato y unas ideas que no coloquen a España en un avispero. Como decía Umbral, «no tenemos alma, pero hay que salvarla». Hoy los candidatos moderados que pretenden ser conciliadores solo logran ser aburridos. Hay que tener afán de provocar, afán de decir la verdad. ¿No hay acaso motivos de provocación en la política nacional? Ya hemos pasado esa etapa en la que todos los periodistas, como angelotes, criticábamos la polarización. No es que usted no se quiera radicalizar, es que ya está radicalizado, y le sale humillo de la cabeza. El líder de la oposición ha de capturar y oler la humareda. Cambiemos el orden de la frase. El líder de la oposición es quien consigue canalizar el cabreo de los votantes y darles voz, y después hacer algo con ese cabreo.

Quizá uno no ha de ser fuerza numéricamente mayoritaria, sino representar a la perfección la movilidad y la combatividad de sus votantes. La política no debe ser solo la conquista de las mayorías, sino la movilización y la articulación de propuestas en torno a un proyecto. El centro derecha no puede tener una retórica floja, porque hoy la moderación no es la dinámica imperante.  La polarización no es tan relevante, lo importante es que el partido que movilice a esos votantes polarizados sepa luego encarrilar todo esto hacia una oposición con valores democráticos, fuera de posiciones radicales. Reconducir a los votantes antes de que pidan salirse de la Unión Europea, lanzar campañas contra las minorías o destrozar cualquier asomo de convivencia con el resto de los españoles. Quiero creer que el votante, por muy cabreado que esté, no quiere dar una patada al tablero. Por supuesto hay excepciones, y es bueno que las haya.

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