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Jorge Vilches

¿Más partidos en la derecha?

«Aquellos que se han creído imprescindibles al punto de crear su propia agrupación política han acabado en desastre»

Opinión
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¿Más partidos en la derecha?

Alejandro Fernández y Cayetana Álvarez de Toledo en un mitin en Cataluña. | David Zorrakino (EP)

Los personalismos no funcionan en política. No es una fijación personal, es un dictado histórico. Aquellos que se han creído los mejores e imprescindibles al punto de crear su propia agrupación política han acabado en desastre. El fiasco se produce por varios motivos. Uno es que los ídolos de hoy son el barro de mañana, y el otro es que el cambio en política es una cuestión de crear mayorías, no minorías puras.

Lo digo porque he leído en THE OBJECTIVE que se está preparando en Cataluña el enésimo intento de un partido de «auténtica» oposición al nacionalismo. El motivo oficial, muy resumido, es que los dirigentes del PP no entienden nada, a diferencia de sus damnificados, o resentidos según se vea. Para añadir más épica al asunto se hacen llamar «Valents», que significa «Valientes». No, no es el nombre de un equipo de fútbol americano, sino el germen de un partido.

Parece evidente que «Valents» se debe a que consideran que el partido del que proceden, el PP, son los «covards» eso es, «cobardes». Esto nos ayuda mucho a la hora de ver por dónde van. Se trata de competir con Vox, y para eso toman el insulto favorito de los de Abascal hacia los de Casado: «La derechita cobarde». No está de más el recordar que dicho calificativo comenzó por la actitud de los populares en Cataluña frente a los golpistas. La denominación de «Valents», por tanto, está pensada para disputar al elector cabreado que ganó Garriga en las elecciones de febrero de 2021. 

El objetivo, según leo, es la reagrupación de la derecha en Cataluña para plantar cara a la dictadura nacionalista. La estrategia es digna de estudio. Primero, dividen al partido mayoritario y luego piden la unidad como algo ineludible, lo que requiere obediencia a la jerarquía, no ir por libre, y acatar las normas y el programa acordado. Esto supondría respetar el mandato representativo y quitarse de la cabeza el imperativo porque no es el legal ni es el contemplado en las reglas de juego internas.

Veamos. La política es una vocación. Max Weber hablaba del buen político como aquel que está centrado en el servicio público, aunque reconocía que ese tipo ideal no existía en su pureza. Pero también deslizaba el concepto del carisma como algo que percibían los demás, no como una convicción propia. Y era aquí donde encontraba el alemán el problema: en la entrega de los demás. Es lo que Freud llamaba obtener la obediencia por la autoridad. Esto es posible, claro, aunque el éxito está en el número. No es lo mismo ser un caudillo, en palabras de Weber, que un condotiero.

Crear una «empresa de dominación» -sigo con Weber-, como un partido, requiere estar en condiciones de competir con el resto de caudillos y condotieros. El problema aparece cuando el empeño en crear tal «empresa» relega la vocación de servicio público por el interés personal, y el deseo ciego de reconocimiento como caudillo anula la posibilidad de conseguir el fin altruista original.

Si el objetivo es echar al nacionalismo, o denunciar su autoritarismo -algo más realista-, es preciso orillar personalismos y egos, soberbias y batallitas de campanario. Esta observación se puede aplicar en Cataluña frente a la dictadura nacionalista, pero lo mismo podemos decir cuando se habla de plantar cara al sanchismo desde la derecha.

¿Más claro? Dividir no ayuda a la unificación del constitucionalismo en Cataluña. La única vez que los defensores de la Constitución y de la convivencia plural han vencido fue en 2017, cuando Ciudadanos fue el receptor de todo el voto harto de la hegemonía axfisiante de los nacionalistas.

El partido de Rivera y Arrimadas era entonces una organización que se partía la cara en la calle y en las instituciones, sin pelos en la lengua, que representaba más a las personas de Cataluña que a ningún líder o condotiero. La clave del éxito no fue pelear por tener una organización pura y verdadera, sino corresponder al objetivo marcado: mostrar la protesta de la mayoría.

Trocear esa mayoría solo puede beneficiar al adversario. A veces, cegados por los personalismos, se olvida lo esencial. La política, por terminar con Max Weber, es un tipo de acción racionalmente encaminada a la consecución de objetivos, siendo el último de ellos el poder para mandar. En democracia, ese mando se obtiene cuando se gana la confianza mayoritaria de la gente en un proyecto político. Por tanto, la solución a la «cuestión catalana», la independentista, por supuesto, es volver al espíritu impersonal y generalista de 2017, no a la sopa de letras.

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