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David Mejía

El fantasma rojipardo

«No habría necesidad de crear una alternativa de izquierdas si el PSOE y Podemos no estuvieran entregados al delirio nacionalista»

Opinión
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El fantasma rojipardo

El responsable de orientación estratégica de Sortu y ex jefe de ETA, David Plá. | Europa Press

El fantasma del rojipardismo recorre España. En su artículo del pasado domingo en El País, Joaquín Estefanía observaba cómo el descuido de una izquierda volcada en lo identitario ha empujado a las «clases subalternas» hacia la extrema derecha, muchas veces camuflada con tonos rojipardos. Los rojipardistas, dice Estefanía, «son quienes abogan por políticas de izquierdas en la esfera de la economía, al tiempo que se alinean con la extrema derecha en las tradiciones, las guerras culturales y en la cuestión nacional». En resumen, parecen de izquierdas, pero basta rascar un poco para descubrir la fibra neofascista.

A grandes rasgos, su diagnóstico es acertado; es innegable que las desatenciones de la izquierda han provocado desengaños y parte de su base social ha recuperado anclajes que creíamos superados: la nación, el pueblo, la familia, la religión o la hipoteca. La corriente rojipardista existe -ahí tienen a Diego Fusaro- y está bien llamar la atención sobre ello; toda manifestación de reacción es peligrosa, aunque pose con su perfil más socialista. Sin embargo, sospecho que el fin último de algunos analistas no es alertar sobre los riesgos del rojipardismo, sino disponer de un contenedor donde poder arrojar toda alternativa de izquierdas crítica con el Gobierno de coalición.

Ha sido el caso de El Jacobino, el think tank que lidera el joven abogado laboralista Guillermo del Valle. Basta leer su ideario o escuchar a sus promotores para observar que no hay en ellos atisbo de reacción. Sus ejes discursivos no son Dios, nación y familia, sino igualdad, solidaridad y laicidad. No defienden ideas muy distintas a las que en los años ochenta defendieron históricos socialistas como Juan Francisco Martín Seco, Luis de Velasco o el propio Estefanía. El Jacobino es un proyecto sugestivo porque engarza con una tradición que va desde la Revolución Francesa a la Institución Libre de Enseñanza. Claro que es más fácil abrazar la falacia del hombre de paja y arrojarlos al contenedor rojipardo, así uno se ahorra la siempre espinosa tarea de pensar mal del PSOE.

Entiendo las reticencias: El Jacobino viola el principio cero de nuestra termodinámica política: ¡cómo va a ser de izquierdas si es crítico con el Gobierno de coalición! Pero no habría necesidad de crear una alternativa de izquierdas si el PSOE y Podemos no estuvieran entregados al delirio nacionalista y a las veleidades anticientíficas. El rojipardismo es el fantasma que se invoca para negar la posibilidad de que exista una alternativa de izquierdas en economía, en valores y en actitud frente al nacionalismo etnolingüístico que sostiene al Gobierno.

Porque los proyectos de ERC y Bildu no son una especulación de la prensa dominical: pretenden que el Estado, como unidad de justicia y redistribución, deje de existir. Al tiempo que trabajan por crear naciones étnicas, aplicando políticas de homogeneización lingüística y cultural (es decir, expulsando las impurezas). Estos objetivos los han llevado a defender, hasta hoy, la extorsión, el asesinato y un asalto al orden constitucional sin parangón en la Europa contemporánea.

Es un misterio que las alarmas que detona el espantajo rojipardo se inhiban cuando el PSOE se arrima a partidos con estas credenciales. En fin, no dudo que el rojipardismo exista, pero quien ve mayor riesgo para la democracia en una oda de Ana Iris Simón a la longevidad de las parejas que en la incorporación de David Pla, último jefe de ETA, a la dirección de Sortu necesita reconsiderar sus principios.

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