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Jacobo Bergareche

El día que encontré un tesoro pirata

«La historia del retablo de Lequeitio choca violentamente con el relato independentista local»

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El día que encontré un tesoro pirata

Ilustración de Lequeitio de Pedro Teixeira, de 1634, de su libro 'La descripción de España y de las costas y puertos de sus reinos'.

Hace unos meses conocí Las Palmas de Gran Canaria con motivo de su feria del libro, me fui tres días con ganas de dedicar al menos una jornada y media a ver la isla, pero al final quedé atrapado por el asombro que me produjo la ciudad. En ella uno viaja en el tiempo y en el espacio varias veces en pocos kilómetros. De la estampa de una playa infestada de hoteles desarrollistas que es intercambiable por cualquier abyección del Levante español, uno despierta perplejo en un racionalismo tropical de los años 30, en el barrio racionalista de Ciudad Jardín, y un par de kilómetros más allá, salta cuatro siglos y miles de kilómetros en el barrio de Vegueta para aparecer en la Hispanoamérica fundacional. En aquel barrio me encontré a Julio Llamazares que terminaba de dar un paseo con la joven escritora Elisa Levi, y sin apenas conocerles me uní a ellos para tomar un cóctel frente a esa catedral que parece haber sido el prototipo para todas las catedrales de ultramar. Viajar sin compañía siempre ha sido el mejor pretexto para acoplarte a otros. La presencia de ese templo de oscura piedra volcánica le dio pie a Julio para revelarse como un experto en el tema de las catedrales. Mientras se tomaba un negroni, nos contó que había viajado a las 75 catedrales que hay en España, y tras observarlas detenidamente, escribió dos libros: Las rosas de piedra y Las rosas del sur, en los que describe lo que vio en cada una de ellas.

La idea central del libro, me explicó Llamazares, es que una catedral es la caja negra de la historia de una ciudad, en ellas están las cicatrices de las guerras y los saqueos, los imágenes de los santos que se popularizaban tras una pandemia, las tumbas de los poderosos que marcaron la vida de aquella comunidad, las donaciones de benefactores que migraron a las Américas, la sucesión de modas arquitectónicas que reflejan cambios en la espiritualidad, los vestigios cultuales de templos de una religión anterior suprimida. Son, como dice en el prólogo de Las rosas de piedra, «reliquias de un tiempo ido que quedó atrapado en ellas».

Visitamos con Julio la catedral de Las Palmas de Gran Canaria y pudimos entender cómo de cada detalle de estos edificios va extrayendo un relato histórico que esclarece la identidad de una ciudad. En cierto modo una catedral es como los acantilados de flysch, que dejan ver en sus estrías los distintos estratos de cada era.

Volví de Canarias con el afán de practicar cuanto antes ese nuevo truco de la mirada que enseña Llamazares. Sin embargo no iba a hacerlo en una catedral, sino en la iglesia que probablemente más veces haya visitado: la basílica de la Asunción de Santa María de Lequeitio, en Vizcaya. No podría ser de otra manera y permítanme una digresión aquí para explicarlo, porque oigo a mi abuelo Ramón llamándome paleto con voz de ultratumba según escribo estas líneas. Él era el único de mis abuelos que no era vasco, aspiraba a que fuéramos hombres de mundo y le ponía muy nervioso que la pequeña villa marinera de la que es originaria su mujer –y en la que nosotros no somos ya más que veraneantes– sirviera a su progenie como medida para todas las cosas. Así pues, si había que decir cuánta distancia había desde la casa de alguien a una determinada tienda, usábamos siempre una referencia del pueblo para establecer magnitudes: esto es como ir de la iglesia al faro. Si había que hablar de cómo de bueno estaba un pescado en determinado restaurante, lo puntuábamos por como se comparaba al del restaurante Zapirain de Lequeitio. Si había que describir el esfuerzo que suponía subir una cuesta en bici, nos referíamos a la de Mendeja. Luego ocurrían cosas que para quienes no conocen el pueblo resultan paranormales y que sacaban completamente de quicio a mi abuelo, que por más que se alejaba de Lequeitio jamás podía escaparse de él: por ejemplo, una vez en un viaje a Nueva York, en la puerta del hotel Pierre, mi abuela reconoció a uno de su pueblo que trabajaba allí, y más increíblemente aún, en otro viaje Camerún, el primer blanco al que se encontraron por las calles de Yaundé, fue a uno de Lequeitio que le saludó a mi abuela con la misma naturalidad con la que le hubiera saludado en la plaza del pueblo. Fin de la digresión.

¿Me preguntaba qué historias me revelaría esta iglesia si hiciera un intento por descajanegrizarla? Este verbo apto para un trabalenguas (la iglesia está encajanegrizada, quién la desencajanegrizará…), no me lo he inventado yo, me lo enseñó el arquitecto y profesor universitario Jacobo García-Germán cuando le conté mi conversación con Julio Llamazares y se le encendió la cara. Los teóricos de la arquitectura andan a vueltas con la metáfora de un edificio como caja negra, y con abrir estas cajas para encontrar el registro de datos que indiquen quién, cómo y por qué se hacen los edificios.

El primer detalle que inmediatamente me viene a la imaginación es el descomunal retablo flamenco tras el altar mayor. Todo aquel que visita el interior de la iglesia no puede evitar hacerse la misma pregunta  ¿qué hace esto aquí? Claramente se trata de una pieza totalmente inexplicables en la iglesia de un pueblo humilde. Esta pieza deslumbrante es uno de los cuatro retablos más importantes de España, solo comparable en dimensiones y calidad al de las Catedrales de Sevilla, Oviedo o Toledo.

¿Qué hace esta joya del gótico en esta iglesia? La investigación periodística más famosa de la historia, el Watergate, nos ha enseñado por dónde empezar siempre: follow the money. Si nos fijamos en cómo se pagó el retablo, obtenemos un relato fascinante de la historia de esta villa que tiene en su escudo una trainera con unos balleneros jugándose la vida contra un enorme cetáceo. Y es que la historia de Lequeitio es una de gentes que buscan su suerte en el mar, y la iglesia del pueblo, situada sobre la playa y en medio de la bahía, es la beneficiaria de las grandes fortunas de aquellos que lograron la gloria mundana sin olvidarse de su origen y de la venerada Antiguako Ama, la virgen a la que los antiguos lugareños se encomendaban antes de ir al mar y cuya talla del siglo XII se sigue adorando en una capilla de la girola.

La web de esta iglesia propone una bella oración para hacer los ruegos a Antiguako Ama, patrona del pueblo, oración que no sé muy bien hasta que punto se usa (sospecho que poco), pero que en todo caso da una idea de la relación que estas gentes tuvieron con el mar. La oración se está en vasco de Lequeitio, y traducida al castellano dice así:

Querida «Antiguako Ama», en medio del mar de nuestros corazones viniste a iluminarnos, Madre amantísima. Estamos rodeados de penas más que nunca. Los pescadores, alejándose del muelle, miran a la estrella celestial, por si pereciesen en medio del mar.

Madre! Nosotros también, sin la ayuda del Padre, perdidos, pensamos cuándo nos hundiremos. Ilumínanos tú, para que sin miedo subamos al hermoso muelle celestial.

Ahí van algunos datos sobre el retablo extraídos de un texto del Museo de Arte Sacro de Vizcaya.

<<Fue encargado a comienzos del siglo XVI, entre 1500 y 1505, coincidiendo con el momento en que se estaba terminando la actual iglesia gótica. No se sabe el nombre de su autor, al que se identifica como Maestro de Lequeitio, pero es probable que se trate de un escultor del norte de Europa, de la zona del Bajo Rin-Mosa (entre las actuales Alemania, Francia y Bélgica), con el que trabajaban artesanos flamencos y franceses, y que ya había realizado otras obras en Castilla, en las áreas de Burgos y Palencia.

Una vez terminada la escultura y montado el retablo, hacia 1514, se encargó al maestro Juan García de Crisal que realizara la policromía. Hacer frente una obra como ésta, que costó más de medio millón de maravedíes, debió de suponer un enorme esfuerzo económico para Lequeitio; de ahí que se pagara de forma conjunta por la parroquia y el ayuntamiento, y con los donativos que se recibían de vecinos de la villa, tanto los que vivían allí como los que ocupaban destacados puestos en la corte.>>

Medio millón de maravedíes de finales del siglo XV al cambio de hoy serían al cambio de hoy una cifra millonaria. La cosa resulta tan difícil de creer como si a uno le dijeran que los vecinos de Santa Cruz de Mudela han hecho un crowdsourcing entre vecinos para producir una película protagonizada por Leonardo di Caprio. Y es que la pregunta es ¿cómo puede un pueblo de marineros de apenas tres mil habitantes recaudar esa cantidad para encargar un elemento decorativo de la iglesia? Recordemos que en el año 1500 aún no hay indianos y fortunas de ultramar, y el desarrollo de la navegación asociada a la pesca ballenera aún no permite un nivel de capturas como para generar el tipo de riqueza que pudiera justificar donaciones de tal cuantía. Además Lequeitio estaba –y sigue estando– pésimamente conectado con los núcleos urbanos y las rutas comerciales del interior, por tanto no parece que esta fortuna pueda provenir de la venta de productos del mar.

En el pueblo aún se conservan pistas que nos ayudan a entender de dónde vino el dinero del retablo. En las orillas de la ría Lea, que desemboca en la bahía de Lequeitio aún están en pie los que probablemente sean los astilleros más antiguos de España. En la Carta Puebla de la villa de Lequeitio, de 1325 se hace mención a los pescadores, y en 1338, hay una adenda que habla ya de los astilleros. La propia iglesia, que antaño se erigía al borde de la playa, aún revela vestigios de su uso en las tareas de construcción de naves. Hace un par de años el párroco me mostró unos agujeros que atraviesan algunas de las pilastras del templo al nivel del suelo, y que en el pasado sirvieron para hacer de polea con la que se sacaban los barcos del mar para su reparación en la playa o con las que se botaban al mar. Las playas en torno a los núcleos urbanos eran entonces utilizadas para construir barcos por los llamados carpinteros de ribera y Lequeitio tenía una geografía privilegiada para esta actividad. Además los bosques circundantes proveían una madera excelente y más arriba de la ría Lea que desemboca en el pueblo, había varias ferrerías que proveían a los astilleros con clavos y demás piezas metálicas imprescindibles para la construcción de naves.

A finales del siglo XV, había en Lequeitio, los Artieta, una poderosa familia de armadores, comerciantes y corsarios que ocupan el ayuntamiento de la villa. En ese momento los armadores de Lequeitio tenían un papel muy importante en el desarrollo de la navegación. La corona de Castilla había dado todo tipo de ventajas fiscales y protección a estos armadores para incentivar la construcción de navíos, carracas y naos, con capacidades cada vez mayores para el transporte de mercancías, hombres armados y artillería. En apenas treinta años, los armadores de Lequeitio fueron capaces de duplicar el tamaño de las naves, y crear una armada –la armada de Vizcaya– que fue germen de la Armada española y permitió a los Reyes Católicos proteger las vías comerciales por el Mediterráneo y la costa atlántica de África, muy disputada entonces con la corona portuguesa, y escoltar a los primeros barcos que iban a las Américas. Iñigo de Artieta, hermano del alcalde de Lequeitio y almirante de esta armada vizcaína, tenía su residencia en una torre frente a la iglesia de Santa María, y aprovechaba las misiones que hacía en el Mediterráneo para la corona –como por ejemplo llevar a Boabdil a su exilio– para comprar telas italianas con las que decorar la iglesia de su pueblo, y para menesteres verdaderamente lucrativos, como practicar la piratería contra Genoveses, por entonces enfrentados a la corona de Castilla, y contra comerciantes árabes.

Artieta y sus familiares amasaron un inmenso tesoro como corsarios, y donaron siempre un porcentaje del botín a su querida iglesia. Es precisamente durante el tiempo en que el hermano de Iñigo de Artieta fue alcalde de Lequeitio cuando se encarga un retablo que muchas de las catedrales más importantes de España no pudieron permitirse. La sorprendente historia que este retablo nos cuenta de Lequeitio choca violentamente con el relato independentista local, en que Lequeitio (y el País Vasco) tiene una historia completamente desgajada de la de España, ese estado imperialista e invasor. Por el contrario, parece que los corsarios-armadores de este pueblo sirvieron a la corona de la manera más útil, que es proteger las vías comerciales con las que se financió el estado resultante de la unión de Castilla y Aragón, y no sólo eso, sino que además fueron lequeitianos los que ejecutaron el desahucio del último rey musulmán y por tanto culminaron ese relato nacionalcatólico de la Reconquista que tanta ínfula ha dado al nacionalismo español más rancio.

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