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Juan Marqués

Un póker de libros (con dos ases en la manga)

«En la literatura que más me importa hay casi siempre una pequeña distorsión de la realidad, muy leve, a veces al borde de lo verosímil»

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Un póker de libros (con dos ases en la manga)

Asal Lofti (Unsplash)

Avanza, todavía joven, este 2022, acaba ya febrero y las cosas librescas van por sus cauces habituales (es decir, bastante desquiciadas), y ya se ha podido leer una primera obra maestra en nuestro idioma. Me refiero a la magistral novela Ceniza en la boca (Sexto Piso), de Brenda Navarro, que es todavía mejor que Casas vacías, su tremendo debut de 2020. Se publicará el 7 de marzo, mientras que el 16 Anagrama arroja a las librerías la ópera prima de Xita Rubert, Mis días con los Kopp, que vaticino que va a ser para 2022 lo mismo que La parcela fue para 2021, esto es, una ópera prima asombrosa, tanto mejor cuanto anda totalmente al margen de lo que más va circulando, de lo que más anhelan los editores, de lo que más parecen reclamar los lectores. No es una profecía sino una obviedad que se va a hablar mucho de esos libros, pero de momento hagamos un escrutinio lo más donoso posible de otros títulos que ya están en las librerías:

Quien quiera no fallar ha de acudir a los cuentos de Isaac Bashevis Singer que se han reunido en Nórdica con traducción del poeta Andrés Catalán y bajo el título de Una ventana al mundo. Son simplemente gloriosos por inteligentes, por ácidos, por históricamente interesantes. Buenas ideas maravillosamente escritas, admirablemente enfocadas, maliciosas y piadosas a un tiempo, irreverentes pero muy comprensivas con las tribulaciones de cada cual. En los cuentos de Isaac Bashevis Singer no todos los personajes tienen razón, pero todos tienen razones.

Quien, como yo mismo, nunca hubiera leído nada de Cristina Sánchez-Andrade puede desconcertarte un poco al entrar en La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama): se tarda algunas páginas en entonarse, pero cuando el lector se familiariza con la mirada, el humor, la magia y el tratamiento de la realidad de la autora entonces ya se deja mecer, encantado (y encantado de un modo literal, en algunos tramos). En la literatura que más me importa hay casi siempre una pequeña distorsión de la realidad, muy leve, a veces al borde de lo verosímil, difícil incluso de percibir. Sánchez-Andrade domina ese terreno (para ella es natural, siendo gallega), como cuando una niña lleva a su abuela, dentro de una cesta, sobre su cabeza. No es nada raro que mientras tanto allá, al fondo, «maullaban las gaviotas».

De El plagio (Pepitas de Calabaza), de Daniel Jiménez, se ha hablado bastante, y casi siempre centrándose en lo extraliterario. Que lo que se cuenta allí sea verdad o no fuera del libro es algo que a efectos narrativos da exactamente igual. Lo que nos ha de importar es la verdad interna, y ésa es intachable, de enorme fuerza. Un hombre al final de su juventud, y que está a punto de ser padre por primera vez, necesita hacer un homenaje a su padre, a sus padres, mortificados en las últimas décadas por el robo de una idea millonaria. Quienes leyesen Las dos muertes de Ray Loriga, una novela que mereció mucha más suerte que la que –me parece– tuvo, ya saben bien cómo es capaz Jiménez de abrirse en canal, con cierto patetismo necesario, con una crudeza que estos libros reclaman. Ambos libros consiguen algo casi idéntico por los caminos aparentemente opuestos del fake y de la crónica: ajustes de cuentas consigo mismo, balances vitales, organizar planes de futuro, dejar constancia de una individualidad, un sufrimiento y unas perspectivas que dicen y dirán muchas cosas sobre lo que está sucediendo estos años de lánguido bienestar, de desesperación tediosa, de inmovilidad moral.

Aunque ya no ejerce como tal, para poder centrarse en sus novelas, Julio José Ordovás es el mejor crítico literario español de su generación, y los suplementos literarios harían bien en pelearse por él, en tantearle y en tentarle, en devolverle a una causa que necesita su voz. Ahora publica en Xordica El peatón sentimental, un particular retrato de Zaragoza, su ciudad, y lo hace a su modo poético, desprejuiciado, penetrante y brutal, un poco caballero y un poco golfo, trapicheando hábilmente con las buenas ideas de una literatura que avanza por las avenidas y las callejuelas con las manos en los bolsillos, muy flâneur, pero con la cabeza erguida, muy señor, sabiéndose dueño de un secreto sagrado, algo que sólo en parte se puede transmitir… pero cómo sabe transmitirlo él. La realidad (es decir la ciudad, es decir la vida, es decir la literatura…) está ahí para quien la quiera agarrar y hacerla suya. Conozco a muy pocos escritores que lo hagan mejor que Ordovás, y con una actitud más genuina. Nunca pasa nada, pero ahí está él para contarnos exactamente eso, enalteciendo un vacío lleno de significados.

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