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Pablo de Lora

Religiones universitarias: la cancelación de Juana Gallego

«Es difícil exagerar el tamaño del pastel de ‘compliance’ y lo mucho a lo que se puede aspirar con los 20.000 millones del Plan de Igualdad»

Opinión
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Religiones universitarias: la cancelación de Juana Gallego

La ministra de Igualdad, Irene Montero. | Europa Press

Es lamentable que las posiciones ideológicas, políticas, filosóficas o religiosas que un académico mantenga puedan ser la causa de que sus estudiantes decidan no seguir su magisterio. Es lo que ocurrió recientemente con la profesora Juana Gallego al encontrarse el aula vacía cuando se disponía a impartir su clase en el Máster en Género y Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Así lo ha difundido uno de sus «compañeros» docentes en el dicho Máster, el conocido activista trans Pol Galofre, célebre por ser uno de los primeros hombres que han dado a luz en España: «La libertad de expresión que a ti te permite pronunciarte contra los derechos humanos de las personas trans en el aula también contempla que tus alumnos te boicoteen», señala el tuit que divulga Galofre el 17 de marzo. La dirección del Máster, por su parte, en un comunicado con insólitas faltas de ortografía, recuerda que los estudiantes pueden ausentarse un 20% de las horas lectivas y que tal absentismo no puede ser considerado como censura, boicot o persecución, «… puesto que la profesora puede impartir sus clases con total libertad y normalidad si las alumnas deciden asistir a ellas». Gallego siempre puede ensayar un soliloquio, claro, que seguro que es preferible al estruendo y griterío que acompaña a las cancelaciones al uso. Hablo con conocimiento de causa.

Pero, ¿saben qué? Yo entiendo a las estudiantes. En otro de los mensajes también divulgados por Galofre a propósito del incidente se afirma en tono ofensivo: «Tus alumnas no quieren a una terfa en un master de género igual que nadie querría un homeópata dando clase en uno de medicina».

Este Máster, como tantos otros con los que guarda un aire de familia temática en el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades, no es ni siquiera homeopatía sino café para las muy cafeteras. Ese Máster, pese a lo que ha afirmado Gallego a propósito de su boicot, no es una actividad académica, al menos no lo es en el sentido en el que hemos venido entendiendo la educación superior, y más aún en un nivel de postgrado. Como tantos otros cursos y programas afines, este tipo de estudios «de género» o «feministas» proporcionan ritos de paso o de confirmación en el compromiso y el activismo político; cuentan, como cualquier religión que se precie, con sus dogmas, liturgias, evangelios, canonizaciones y jerarcas. Y herejes, por supuesto. Es como si Juana Gallego, sagaz crítica de la auto-identidad de género, siendo católica hubiera aparecido en una madrassa para discutir la leyenda del santo prepucio. Ni tocaba, ni toca. Es como si yo mismo me propusiera explicar por qué el concepto de violencia de género resulta incompatible con la consideración de que el sexo es un «constructo social». En todos los Másteres del universo, también en aquellos en los que Juana Gallego tendría audiencia, hablaría solo, como un loco.

Pero no se crean, la Universidad Autónoma de Barcelona sabe bien lo que hace y ofrece. Ese Máster, como tantos otros, se «vende» con una promesa cierta, como la de cualquier religión: el cielo es, concretamente, el de adquirir la competencia específica de poder «elaborar Planes de Igualdad en las empresas e instituciones de acuerdo con la ley 3/2007 de 22 de marzo y la Ley catalana 7/2015 de Igualdad efectiva entre hombres y mujeres», y además, poder «… ofrecer asesoramiento a empresas e instituciones o elaborar diagnósticos e informes en lo referente al colectivo LGTB+I, según la ley 11/2014 Para garantizar los derechos LGTBI y para erradicar la homofobia, lesbofobia, bifobia y transfobia».

Es difícil exagerar el tamaño de ese pastel de «compliance» y lo mucho a lo que se puede aspirar. Y lo que vendrá y podrá aspirarse. Si se animan pueden echar un vistazo al Plan Estratégico de Igualdad – sí el de los 20.000 millones- que ha elaborado el Ministerio de Igualdad para los años 2022-2025.

Son 135 páginas en las que, desbrozada la retórica de trabajo de «cono» de primero de la ESO (una muestra: «El entorno es el lugar en el que se desarrolla la vida. Además de la naturaleza, también incluye los núcleos poblacionales y todo lo que se encuentra en ellos: infraestructuras, edificios, vías y medios de movilidad, ambiente social y relacional, etc. En ese sentido, podemos hablar de entorno natural, entorno ambiental, entorno urbanístico y entorno rural») se llega a lo mollar. En ese «Plan» encontrarán, en el catálogo de medidas del «Eje 1: Buen Gobierno», el apoyo a la realización de postgrados de estudios feministas y de género y actividades del ámbito universitario relacionadas con la igualdad a través de una convocatoria de subvenciones» (p. 56). En la misma línea figuran líneas de financiación feminista, en el marco de la convocatoria de subvenciones a universidades, la «visibilización e impulso de investigaciones sobre ecofeminismo», o la «Inclusión en la Cátedra extraordinaria «Valores democráticos y de género» [en marcha desde el año pasado y dotada con 420.000 euros]… de un programa formativo sobre los mandatos de la masculinidad hegemónica dirigido de manera prioritaria a empleados municipales y centros educativos» (pp. 94-95). Hay más, mucho más.

El 7 de marzo se agotaba el plazo para que las empresas de más de 50 trabajadores registraran sus Planes de Igualdad (a lo que están obligadas por la Ley de Igualdad del 2007 y el Real Decreto 901/2020) y tan solo un 17% lo habían podido hacer, enfrentándose así a multas de hasta 250.000. Calculen si no hacen falta estudiantes como las disidentes de Juana Gallego. Y ortodoxas. La Universidad Autónoma de Barcelona también lo ha calculado, y además ofrece «lo referente al colectivo LGTB». No deja de ser simpático. Verán por qué. Lo «referente al colectivo LGTB» y el núcleo duro del profesorado de ese Máster – Galofre entre otros- sostienen, y no sólo como activistas, lo que en el fondo son, que el sexo es un constructo social, que no hay «hombres o mujeres» sin más, como hecho biológico. Y sin embargo, sus estudiantes, cuando se enfrenten a los modelos y guías que las instituciones han elaborado para cumplimentar los dichos «Planes de igualdad», encontrarán desagregaciones por sexo por doquier; no por género sentido, no, por sexo. Calculen: es como si usted cursara un máster de cirugía en el que le enseñaran dónde no se corta por riesgo de muerte pero a la vez le ofrecen adquirir la competencia específica de cortar precisamente por ahí porque en el fondo es lo que «renta». Todo es bueno para el convento, que dirían algunos.

O prostitución académica. Que dirían otros.

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