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Joseba Louzao

Las imágenes atroces nos persiguen

«Más allá del regocijo morboso que algunos medios terminan por generar en torno a cualquier guerra o catástrofe humana, estas imágenes – por duras que puedan ser- son indispensables para pensar el mundo en el que vivimos»

Opinión
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Las imágenes atroces nos persiguen

europa press

Ali Hassan al-Majid hubiera hecho buenas migas con Putin y sus secuaces. Este militar iraquí fue un primo de Sadam Hussein que logró ocupar varias carteras ministeriales. Ali será recordado como el responsable directo del ataque químico de la ciudad de Halabja en marzo de 1988. Unas cinco mil personas murieron a causa de los gases mostaza, sarín y tabún que lanzaron aviones iraquíes contra aquella localidad kurda a lo largo de tres largos días. Las tasas de cáncer y enfermedades congénitas se dispararon en la región. No es extraño, por tanto, que Ali haya pasado a la historia con sobrenombres como el Químico o el carnicero del Kurdistán. En una reunión con altos funcionarios de su gobierno, el propio Ali no tuvo ningún reparo, como todos los de su negra estirpe, en señalar que mataría «a todos con armas químicas ¿Quién va a decir nada? ¿La comunidad internacional? ¡Qué les jodan! ¡A la comunidad internacional y a quienes le hagan caso!». Supongo que frases similares – y, de nuevo, de puertas hacia dentro- estarán saliendo de las bocas de los gerifaltes del Kremlin. 

Recuerdo habitualmente una de las fotografías que se sacaron en Halabja poco después de la tragedia. Es una de esas imágenes que nos acompañan – quizá habría que decir que nos acosan- a lo largo de la vida porque nos marcaron en ese período de aprendizaje vital que es la adolescencia. En la fotografía se pueden distinguir una pila de cuerpos sin vida mientras, al fondo, se vislumbra un camión preparado para ser cargado. La primera vez que la observé, pensé que ya la había contemplado antes. Me parecía una imagen conocida. Eran otros tiempos y ni tan siquiera había un ordenador en casa para buscarla. Así que indagué en las escasas revistas y en los libros que acumulaba en mi habitación. No la encontré por ningún lado. Tampoco entre los muchos recortes de periódico que almacenaba debajo de la cama, pensando que algún día me podrían llegar a ser servir de algo. Nada. La memoria me fallaba. Ya olvidada aquella búsqueda, la imagen apareció años después. Pero no estaba viendo la fotografía de Halabja. Lo que tenía delante era el aguafuerte de Goya titulado Enterrar y callar. Había siglos entre ambas, pero eran exactas en la distancia. 

Las guerras cambian, pero sus consecuencias no. La multitud de fotografías y vídeos que nos llegan estas últimas semanas desde Ucrania conectan con otras ignominias pasadas que resuenan entre nosotros con nombres de lugares de extraña pronunciación que jamás hubiéramos querido recordar. La lista es larga. Hablamos de Bucha, Aleppo, Srebrenica, Kibuye o Grozni. El olor de la guerra siempre es desagradable y la elegía se convierte en el único género literario veraz. El ruido y el silencio se hermanan en la experiencia de quien las sufre. Como recordaba Wilfred Owen en un poema que escribió en el frente durante la Primera Guerra Mundial, «foreheads of men have bled where no wounds were». Sí, hay hombres que han sangrado sin tener ni una herida. 

Los debates sobre la pertinencia o no de mostrar este tipo de imágenes nunca desaparecerán del debate público. Cada cierto tiempo surgen estas discusiones que, en ocasiones, esconden querellas partisanas más que firmes posicionamientos éticos. Recuerden, por ejemplo, el escándalo que desató la portada con los ataúdes del madrileño Palacio de Hielo en plena pandemia. Y como muchos de aquellos ofendidos no tenían reparo en mostrar las fosas comunes que se abrían entonces en Brasil o India. Más allá del regocijo morboso que algunos medios terminan por generar en torno a cualquier guerra o catástrofe humana, estas imágenes – por duras que puedan ser- son indispensables para pensar el mundo en el que vivimos. Como escribió Susan Sontag, «debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan». Ellas nos señalan y nos sacuden, añadiría, porque nos acercan a esa parte de la realidad que es incomprensible e indisponible. Ucrania nos lo recuerda hoy.

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