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Pablo de Lora

Indultar a la mujer

«Indultar a la mujer por el hecho de serlo es condenarla a la minoría de edad moral»

Opinión
Indultar a la mujer

La ministra de Igualdad, Irene Montero.|Europa Press

Un fantasma anti-meritocrático recorre nuestras conversaciones, tribunas, informes y ensayos. Esta misma semana la Ministra de Igualdad ha afeado a la diputada Macarena Olona que desconozca, minusvalore o menosprecie la lucha de las mujeres que la antecedieron, la que habría posibilitado los logros personales de los que ella se vanagloria.  

Hay un grano de verdad en esa censura – aunque dudo de que Olona «se la merezca» a la luz de su discurso- que nos recuerda que construimos nuestros planes de vida a partir de cimientos heredados, como también en la advertencia últimamente esgrimida por el filósofo Michael Sandel (The Tyranny of Merit) de que la meritocracia puede ser socialmente corrosiva: quienes se enseñorean en sus hazañas o quienes sucumbimos a la admiración por ellas estamos desplegando la pista, siquiera sea inconscientemente, para que aterrice la estigmatización sobre los «perdedores» y con ella una odiosa estratificación social.

¿Querría ello decir que debemos prescindir del «merecimiento»? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la meritocracia no funciona, que es «un timo»? Es dudoso, para empezar, que signifique que debemos prescindir de la imputación a un individuo de una ventaja, elogio, posición social, rol o beneficio por lo que ha hecho. Atribuir «mérito» a Andrew Wiles por haber resuelto el teorema de Fermat o a Marie Curie por descubrir el Radio y el Polonio significa, en un sentido mínimo, considerar que se debe a ellos lo resuelto o descubierto. Si es que esos son logros encomiables, ni Andrew Wiles, ni Marie Curie,  ni ningún otro individuo singular por sus desempeños, ha de merecer más consideración y respeto que ningún otro. Así, la meritocracia no es necesariamente contraria al ideal básico de la igualdad entre todos los seres humanos. Cuestión distinta es cuál deba ser la recompensa vinculada a esos «méritos» entendidos como imputaciones o atribuciones. Si premiarlas contribuye a incrementar el bienestar social, azuzar a todos los individuos mediante incentivos para que también se esfuercen o desplieguen su ingenio no parece una idea descabellada (sí en cambio obligar a los individuos a explotar sus talentos o capacidades sacrificando sus gustos o preferencias: ¿debió ser forzada Irene Montero a no estudiar Psicología y sí en cambio una carrera menos feminizada?). Y cuestión distinta también es que en un sistema social que se presenta como meritocrático existan «falsos positivos» (premios inmerecidos) o «falsos negativos» (injustos fracasos por inmerecidos), o cuál deba ser el tamaño o naturaleza de la recompensa asociada a lo atribuido. 

Nadie se merece su infortunio no elegido ni sus dotes azarosamente concedidas por la naturaleza, con lo que alguien podría tirar por elevación y decir: puesto que todo es finalmente el resultado de «inmerecidos» puntos de partida (la concentración de fibras musculares rápidas de Usain Bolt, la aversión al riesgo e inteligencia de Marie Curie o el tesón de Nadal son tan poco «merecidos» como cualquier discapacidad congénita) la meritocracia es una gran ficción, una engañifa colectiva. Pero entonces también habría de serlo el reproche, social o jurídico, y la imposición de castigos que se basan en la culpa o imprudencia por acciones u omisiones imputables por comportamientos que habríamos podido evitar o desplegar. En ese sentido la pregunta parece pertinente: ¿es también el Derecho penal «un timo»?

Si lo es, entonces también lo es, finalmente, la libertad, nuestra condición de agentes morales (¿fue el sistema patriarcal quien forzó a Irene Montero a estudiar Psicología?). Y lo cierto es que uno tiene la sensación de que así se trasluce en estos días en los que toda mujer es disculpada cuando comete una afrenta, incluso muy grave. Para todas y cada uno de esas conductas protagonizadas por mujeres como Juana Rivas, la Ministra de Igualdad, el Gobierno feminista, la Fiscalía y una buena cohorte de aliados parecen tener siempre disponible la excusa, justificación o indulto. Incluso el elogio. Pero con semejante actitud olvidan una de las más importantes lecciones del feminismo, una enseñanza que resumió la filósofa Amelia Valcárcel señalando que la maldad no les puede ser ajena a las mujeres si es que deben ser tenidas por sujetos autónomos.

En efecto: la amnistía o indulto general a toda mujer meramente por el hecho de serlo es el candado que las confina a una perpetua condición de minoría de edad moral.

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