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Daniel Capó

Los siete principios del liderazgo

«Un líder ordena y ejecuta, pero también sirve y respeta el conocimiento ajeno; se rodea bien y sabe rectificar»

Opinión
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Los siete principios del liderazgo

Manuel Azaña. | Europa Press

El liderazgo no se improvisa, pero tampoco admite reglas estrictas. Al igual que la marcha de la historia, se rige por principios más que por un marco rígido; cuenta incluso más la visión, la nobleza y el coraje que la necesaria voluntad de poder. Para los antiguos judíos –explica el rabino Jonathan Sacks–, lo característico del liderazgo era la sabiduría, y eso lo aproximaba al centro mismo del corazón humano. Un líder ordena y ejecuta, pero también sirve y respeta el conocimiento ajeno; se rodea bien y sabe rectificar. Un líder verdadero se acerca a la imagen que tenemos nosotros del estadista, del hombre que no sólo ocupa el poder sino que funda –junto a su pueblo– una realidad llamada a perdurar. Sacks, que fue el rabino jefe de la Commonwealth hasta su temprana muerte, buscó en la Biblia hebrea –nuestro Antiguo Testamento– las claves del auténtico liderazgo y nos ha dejado siete principios no sólo aplicables a la Antigüedad, sino que apelan directamente al hombre de nuestro tiempo. La sabiduría atraviesa los siglos. Veamos cuáles son estos siete principios que recoge Sacks de la tradición judía: 

1.- El liderazgo es servicio, no autoritarismo ni capricho. Su objetivo consiste en servir a un país y a sus ciudadanos, por lo cual la humildad debería ser la primera virtud del político. 

2.- El liderazgo empieza cuando asumimos nuestra responsabilidad. «Los líderes –escribe Sacks– no se quejan, no culpan a los demás por sus fracasos y no esperan a que algún otro solucione los problemas. Los líderes actúan y asumen su responsabilidad».

3.- El liderazgo se basa en una visión de futuro que proporciona una dignidad moral a nuestros esfuerzos. «En la Biblia –leemos en Lecciones sobre liderazgo–, sólo la gente mala persigue el poder por sí mismo. Los buenos evitan esta tentación».

4.- La forma más depurada de liderazgo es la enseñanza. Enseñar significa guiar y dar ejemplo, pues nada resulta más educativo que la ejemplaridad. Un gobierno prudente transmite prudencia. Un gobierno meritocrático cultiva la meritocracia social. Un gobierno que ama la cultura eleva a sus ciudadanos con buenas bibliotecas, escuelas y museos. Pero cabe hacer otra lectura de este principio que nos remite a la cualidad del dirigente y a su necesidad de seguir estudiando. No hay gran estadista que, a su vez, no sea un hombre culto que medita en los libros el sentido de los tiempos. Es lo opuesto al líder que se guía sólo por la demoscopia o por una serie de papers, más o menos académicos. Cánovas del Castillo, Gladstone, Disraeli, Jefferson, Lincoln, Azaña o Churchill vivían entre libros. No es casual.

5.- Un líder debe confiar en su pueblo. Al igual que un padre confía en sus hijos cueste lo que cueste y pese a quien pese, al igual que el anciano padre de la parábola esperaba con paciencia el retorno del hijo pródigo, también el verdadero gobernante sabe que su pueblo siempre es capaz de mucho más. El miedo, la inseguridad o la desconfianza no construyen nada perdurable.

6.- Un líder necesita un determinado sentido del ritmo. Ni demasiado rápido ni demasiado lento. Aconseja el rabino Sacks: «Saber liderar requiere un equilibrio delicado entre la impaciencia y la paciencia. Si vas demasiado rápido en tus reformas, la sociedad se resistirá. Y si vas demasiado lento, la ciudadanía caerá fácilmente en la complacencia».

7.- Todos estamos destinados a liderar. Según nuestro autor, la principal verdad del pueblo judío es sentirse llamado a ser una nación de líderes. Lo cual, traducido a términos universales, significa sencillamente que todos nosotros estamos también llamados a dejarnos guiar por estos seis principios: paciencia, confianza, cultura, visión, responsabilidad y servicio. A los que yo añadiría, el coraje, el valor y la esperanza.

La pregunta, al leer a Sacks, se dirige hacia nuestra época y su respuesta dependerá de cada uno de nosotros. ¿Nos sirven nuestros dirigentes o les servimos nosotros? ¿Son hombres cultos que creen en el poder de la educación o más bien le ponen trabas? ¿Les guía una visión de futuro o buscan sólo perpetuarse en el poder? ¿Asumen su responsabilidad ante los fracasos o la culpa es siempre de los demás? ¿Confían en los ciudadanos o los gobiernan con paternalismo? Cada uno que añada las cuestiones que considere convenientes y que escuche a continuación la respuesta. Seguro que llega fácilmente a una conclusión.

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