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José Rosiñol

Las tres Españas

«La ‘España desconcertada’, la más numerosa, quiere una sociedad donde no exista el recurso a la división y polarización como herramienta política»

Opinión
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Las tres Españas

Las redes sociales conforman el presente. | Archivo.


Decía el Manifiesto Comunista: «Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas». Bien es cierto que el contexto en el que fue escrito y las prenociones de los autores difieren respecto a nuestra sociedad actual, los metarrelatos escatológicos que derivaron de esta concepción primigenia del llamado marxismo hace mucho tiempo que implosionaron en una mutación de populismo identitarista que, en el fondo, solo fue un correr la cortina del funesto espectáculo del comunismo llevado a la práctica.

Esta especie de ansiedad existencial que irradia la frase del Manifiesto fue seguida de una respuesta idealista para recuperar lo sólido, pero, en verdad, únicamente crearon un constructo en forma de narrativa estructuralista que chocaba con la realidad de las cosas y de la naturaleza del ser humano. La paradoja es que la izquierda primigenia parecía añorar la visión paradigmática que se fue desvaneciendo tras el desencantamiento ilustrado y necesitaban crear otros dogmas que marcasen el ritmo de la vida, ritualizasen el comportamiento y fuesen creadoras de una nueva realidad.

El problema radica, como siempre, en que, por mucho que nos empeñemos, hay rasgos profundos en el hombre que las circunstancias solo pueden atenuar, pero nunca borrar. Recomiendo la lectura de Las admoniciones de Ipuwer para visualizar algunas de las características de la naturaleza del ser humano.

Naturalmente, la realidad, como expresó Bauman, se tornó líquida, de hecho, siempre ha sido mucho más líquida (existencialmente hablando) de lo que nos gustaría que fuera. De esta visión heracliteana de la vida es de dónde, paradójicamente, nace la ansiedad por crear relatos, historias, cuentos con los que reconfortar nuestra existencia. Sin embargo, estos relatos (compuestos por multitud de versiones en forma de microrrelatos) son delimitadores de grupos sociales, crean esferas de cosmovisiones que pueden llegar a ser (o buscan ser) antagónicas, se pueden reconocer por la utilización y creación de determinados juegos del lenguaje, por su simbología y su ritualización socializadora.

«Las redes sociales aumentan la exposición social del individuo, que tiende a seguir al grupo para evitar ser señalado»

Una de las características que más están marcando nuestra contemporaneidad son las redes sociales. ¿Las razones? Básicamente porque rompen el espacio-tiempo de socialización, porque aumentan la exposición social del individuo que, por nuestra forma de ser, tiende a seguir al grupo y a maximizar las posturas para evitar ser señalado. Porque entre otros sesgos, amplifica y profundiza en el llamado sesgo de confirmación. Es como estar en una especie de caja de resonancia panóptica en la que solo escuchamos lo que queremos escuchar y en la que la individualidad está constantemente expuesta a la vigilancia y a la presión grupal, todo es externalidad. Cierto es que este tipo de herramienta que, entre otras cosas, cubre la imperiosa necesidad de acabar con el tedio y el aburrimiento de las personas, también crea una especie de división tribal de la sociedad.

Siendo esto así, ¿qué efecto práctico tendría en las sociedades modernas? ¿en qué grandes tendencias, corrientes o agrupaciones sociopolíticas se concretarán estas dinámicas sociales? Analizaré brevemente el caso de la política de nuestro país. Parto de la premisa de un efecto agrupación de tendencias que es la adición en forma de narrativa simplificada de multitud de microrrelatos, todo ello mediatizado por un sustrato cultural nacional y un acervo difuso. En un país complejo como el nuestro, uno de cuyos rasgos diferenciadores es la diversidad cultural pero no étnica, con un sustrato fuertemente marcado por tiempos muy cortos (el fin del franquismo y toda la panoplia de reinterpretación histórica desplegado en multitud de obras literarias, cinematográficas, etc) y con un marcado complejo de inferioridad, hemos tendido a la creación de tres grandes bloques narrativos (de límites difusos) que me gusta llamar las Tres Españas.

La primera de ellas la podríamos denominar la nihilista-revanchista, estamos, básicamente ante una concepción amoral de la política y del sentido de servicio público. Entiende que lo líquido de la modernidad es una herramienta para lo propio y una oportunidad para lograr el poder por el poder. Se adapta a la narrativa imperante con tal de lograr sus objetivos políticos, crea relatos extemporáneos para que la desinformación tape y distorsione cualquier atisbo de respuesta racional. Recurre constantemente a la emocionalidad como eje de movilización. Entiende que, tras la caída de los metarrelatos escatológicos solo queda la lógica del poder, el recurso al discurso fácil y al pan y circo. Si bien el hilo discusivo puede ser cambiante, se observa una ojeriza antropológica a todo lo que recuerde al pasado y a la necesidad de crear una sensación de revancha contra nadie sabe muy bien qué.

«La ‘populista-melancólica’ comparte la sed de revancha contra una realidad que ya no existe»

La segunda sería la populista-melancólica. Comparte de forma desaforada la sed de revancha contra una realidad que ya no existe, pretende forzar un cambio social y cultural que parece seguir lo acaecido a durante la primera mitad del siglo XX y sus extensiones comunistas durante todo ese siglo. Tienen una concepción de «destruir para construir» basada en la polarización, la creación de una alteridad y la cosificación del contrario. Su discurso emana esa superioridad moral del que se cree saber todo de antemano. Trabajan con una lógica de presión social tratando de imponer una cosmovisión basada en el dominio del lenguaje. Aquí nos encontramos a dos tipologías distintas, los que creen que todo pasado fue mejor y los que creen que todo el pasado ha de ser borrado del mapa, tienen en común creer que la realidad está equivocada y se necesita un cambio copernicano basado en sus propios valores morales (si los hubiere).

La tercera y última es la más numerosa, es la España desconcertada, aquellos que sufren los vaivenes del devenir histórico, social y económico pero que solo queremos una sociedad lo más armónica posible, dónde no exista el recurso a la división y polarización como herramienta política, dónde la libertad individual no esté cercenada por la imposición de una visión organicista de la sociedad, dónde la prosperidad se anteponga a la ideología, dónde el debate esté regido por la pluralidad, dónde no sea posible la persecución y el ahogo de la disensión por parte de los adalides de la censura social y socializada, dónde el ciudadano sea el centro de la política…¿ingenuidad? Puede ser, pero sin esta visión de una sociedad libre, abierta y plural, lo único que queda es la imposición y la persecución.

Para finalizar, solo un pequeño recordatorio para la clase política, sobre todo para aquellos que aún creen en la democracia, pero están sometidos a los embates de las olas polarizadoras. La estructura social sigue la campana de Gauss, en los extremos están las dos primeras clasificaciones, en la parte cóncava de la campana está la tercera clasificación que es la gran mayoría que solo busca estabilidad, realismo y prosperidad. Si ganan los extremos puede ser por dos motivos principales que se retroalimentan: si la moderación se deja arrastrar por la radicalización, la parte cóncava de la campana social se queda huérfana de opciones y se desmoviliza. Si la narrativa polarizadora logra imponer su ruido, la parte cóncava sigue el mismo camino de la desmovilización. Y, como saben, cuando los moderados se desmovilizan dejan el camino expedito a la radicalidad y al extremismo.

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