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Velarde Daoiz

'Buscando a Nemo'

«En la última década científicos de primera fila pasaron al ostracismo en cuanto se opusieron a determinadas visiones catastrofistas del cambio climático»

Opinión
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‘Buscando a Nemo’

Pancarta en una manifestación contra el cambio climático. | Reuters

La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo que destruye lentamente la capacidad de pensar y la memoria y, con el tiempo, la habilidad para llevar a cabo incluso las tareas más sencillas, como tragar alimentos. Tras su diagnóstico, los pacientes suelen fallecer antes de 10 años. Se estima que alrededor de 50 millones de personas lo padecen actualmente en el mundo (en muchos casos sin diagnosticar), y que hasta 150 millones de personas podrían estar afectadas por esta terrible enfermedad antes de 2050.

El mundo recibió con esperanza el estudio de Sylvain Lesné y otros autores, publicado en Nature en 2006, que parecía haber identificado que la acumulación extracelular del amiloide A-beta era la causante de la pérdida de memoria en ratones. Lesné, licenciado en Bioquímica con Máster en Neurociencia por la Universidad de Normandía y que realizó posteriormente su doctorado, fue contratado por la Universidad de Minnesota en 2002 como investigador, y tras la publicación de ese estudio fue incluso considerado por muchos un serio candidato a los premios Nobel. Desde 2009, dirige un laboratorio en la misma Universidad financiado por el Instituto Nacional de la Salud americano. Hasta 2012 había recibido más de 700.000 dólares para investigar el amiloide A-beta, y hasta la fecha al menos otros siete millones de dólares para investigar el propio Alzheimer. 

Muchos millones de dólares en investigación y desarrollos de medicamentos se han invertido apoyándose en sus investigaciones desde su publicación de 2006, considerándose la línea de investigación más prometedora hasta la fecha y siendo su estudio uno de los más citados. Lamentablemente, hasta hoy, no se ha producido pese a ello ningún avance significativo farmacológicamente hablando, por lo que la humanidad no puede hacer prácticamente nada para evitar la aparición de la enfermedad, retrasar su progresión o eliminarla una vez se ha hecho presente en los pacientes.

«La película fue un grandísimo éxito, ganando un Oscar así como cerca de 900 millones de dólares de recaudación»

En 2003, Disney lanzaba Buscando a Nemo, una deliciosa película de dibujos animados en la que un pequeño pez payaso, llamado Nemo y discapacitado en una de sus aletas, es capturado por unos buceadores y buscado incesantemente hasta su liberación por su padre con la colaboración de otro pez, llamado Dory, que curiosamente padece de problemas de memoria de cortísimo plazo. La película fue un grandioso éxito de crítica y público, obteniendo varias nominaciones a los Óscar y obteniendo el de mejor película de animación, así como cerca de 900 millones de dólares de recaudación, lo que le permitió desbancar al Rey León como la película de animación más taquillera de toda la historia. El pez payaso, además, se transformó en el imaginario colectivo como un adorable habitante de los arrecifes de coral, querido por niños y mayores.

En 2009, varios científicos australianos encabezados por una brillante investigadora llamada Danielle Dixon publicaron el primero de varios estudios de enorme impacto que demostraban, con diversos experimentos, que las larvas de los peces payaso, que en condiciones de pH oceánico iguales a las actuales seguían pistas olfativas que les llevaban a hábitats adecuados para su crecimiento, en aguas levemente más ácidas (iguales a las que se estima, de continuar las emisiones de CO2 actuales que dan lugar al cambio climático, habrá en los océanos dentro de unas pocas décadas) parecían perder el olfato y sentirse atraídas por ubicaciones donde se encontraban sus depredadores.

La consecuencia evidente es que la acidificación de los océanos dificultaría la supervivencia del pez payaso y, potencialmente, de muchos otros peces en el futuro. Posteriormente, otros estudios llevados a cabo por el mismo grupo de investigadores, líderes en su campo, descubrieron que el sentido del oído de los propios peces payaso quedaba afectado por la acidificación (se quedaban sordos) y no solo no serían capaces de escapar de los depredadores naturales, sino que les costaría encontrar pareja para aparearse, etc. Todos estos estudios, como los de Lesné, se publicaron en revistas líderes en su sector (Nature, Pnas, Journal Ecology Letters, Science), precedidos del proceso de revisión por pares para garantizar la calidad de los mismos. 

Danielle Dixon ha recibido millones de dólares en becas de investigación, es una de las investigadoras líderes en biología marina y arrecifes de coral, e incluso ha explicado en la Casa Blanca las conclusiones de sus experimentos, alertando de los riesgos del cambio climático y particularmente de la acidificación de los océanos para la vida marina.

«La investigación demostró que durante el proceso de desarrollo de la medicina parecían haberse falsificado decenas de imágenes»

En 2021, un neurocientífico y médico de la Universidad de Vanderbilt llamado Matthew Schrag recibió la llamada de un colega que le pedía que hablase con un abogado que estaba investigando una de las múltiples medicinas en desarrollo para tratar la enfermedad de Alzheimer reparando una proteína que evitaba que se acumulasen depósitos del temido amiloide A-beta, supuestamente causante de la enfermedad. Los clientes del abogado, también neurocientíficos, tenían intereses bursátiles en demostrar que la investigación de esa droga había sido fraudulenta (ganaban si la acción de la farmacéutica que desarrollaba la medicina caía). Pues bien, la investigación de Shrag no solo demostró que durante el proceso de desarrollo de la medicina parecían haberse falsificado (sí, falsificado) decenas de imágenes, sino que el propio trabajo original de Lesné parecía haber incurrido en los mismos problemas.

Un trabajo de investigación de la revista Science parece corroborar los hallazgos de Shrag. Según una de las investigadoras que realizaron los estudios previos, los autores de los informes originales «parecen haber compuesto las imágenes uniendo fragmentos de fotos de experimentos distintos… los resultados de los experimentos podrían no haber dado los resultados deseados y los datos podrían haber sido alterados para… que encajaran mejor en la hipótesis original».

Aunque el paper de Lesné de 2006 aún no ha sido retirado, está siendo investigado por Nature, y es probable que acabe siendo despublicado. Por desgracia las cantidades ingentes, tanto económicas como de recursos humanos, invertidas en investigar uno de los grandes retos médicos de la humanidad en la dirección equivocada no podrán ser desinvertidas.

El pasado 9 de agosto, la revista Science retiró un paper de Danielle Dixon en 2014, en el que avisaba de que una vez que los arrecifes de coral se deterioraban sería prácticamente imposible su recuperación. Pero es que la universidad en la que trabaja Danielle Dixon ha solicitado que se despubliquen numerosos estudios, tras el informe devastador de los investigadores, en el que se acusa a Dixon de fabricar y falsificar datos. «El Comité fue repetidamente impresionado por un modelo repetido de chapuzas, ausencia de archivo de datos, pegado y copiado de unas hojas de cálculo a otras, errores gruesos y desviaciones de los protocolos éticos de tratamiento de animales en investigaciones».

Por lo que parece, y según otros investigadores que han repetido o intentado repetir los experimentos de Dixon y sus colegas sobre los efectos de la acidificación debida al CO2 en los océanos en los peces payaso, y que no han detectado ningún cambio en cuanto a sus habilidades olfativas, auditivas o de orientación, las nuevas generaciones de Nemos no parecen correr ningún peligro por un océano con un pH algo más bajo durante las próximas décadas.

«Los científicos son seres humanos, sujetos a los mismos incentivos, a los legítimos…y a los perversos»

Los científicos son seres humanos. Con las mismas virtudes y defectos que todos los seres humanos. Con las mismas aspiraciones que todos los seres humanos. Por ejemplo, éxito profesional, económico, prestigio, fama, acceso a los círculos de poder, etc. No son seres de luz. Como la inmensa mayoría de los seres humanos, la mayoría son honrados. Pero están sujetos a los mismos incentivos. A los legítimos… y a los perversos.

¿Qué habría sido de la carrera de Lesné si no hubiera publicado nada en 2006, o hubiera publicado un paper intranscendente diciendo que no detectaba ninguna causa que pudiera identificarse como raíz del mal de Alzheimer? ¿Habría recibido miles de citaciones o entrevistas? ¿Habría recibido millones de dólares para sus trabajos? ¿Habría sido un investigador puntero?

¿Qué hubiera sido de Dixon y sus colegas si, desde 2009, hubieran sido honrados y hubieran publicado que la acidificación de los océanos no parecía influir para nada en el comportamiento del pez payaso y por tanto no ponían en peligro su existencia? ¿Sus papers habrían sido de los más citados en su área de investigación? ¿Habría la propia Dixon expuesto sus conclusiones en la Casa Blanca en 2015? ¿Sería miembro de la Sociedad Internacional de Ecología Química? ¿Habría recibido el Premio de la Fundación Nacional de Ciencias americana al desarrollo de una Carrera Temprana, y millones de dólares para continuar sus investigaciones?

Ni los científicos son santos, ni su trabajo debe estar alejado de las críticas ni de la investigación de otros colegas. El proceso de revisión por pares es muy positivo pero no garantiza, como hemos visto, la integridad ni validez de todos los estudios científicos. Máxime cuando a menudo se lleva a cabo por amigos y colegas de los propios autores. 

Tomando como ejemplo un área de la ciencia de la máxima importancia en la actualidad, el estudio del cambio climático y sus impactos actuales y futuros, llevamos más de una década en la que, en mi opinión, se está produciendo una preocupante deriva. Científicos de primera fila, algunos de los cuales fueron autores de algunos capítulos de los primeros informes del IPCC por ser estrellas en su campo de conocimiento, pasaron al ostracismo en cuanto empezaron a oponerse a determinadas visiones catastrofistas del tema o a puntualizar que deberían comunicarse mucho más claramente las incertidumbres que acompañan a las proyecciones futuras. Otros han recibido bullying en sus propias instituciones universitarias hasta abandonarlas. Se han abierto páginas web dedicadas exclusivamente a «exponer como negacionistas» a algunos científicos y a revelar «sus lazos con la industria de las energías fósiles», sean estos reales o no, o significativos o no económicamente. Existan o no esos lazos, lo importante de un trabajo científico no es quién lo paga ni las intenciones del autor, sino si los resultados y métodos son o no reales y válidos. Acabamos de ver más arriba cómo, gracias al afán del enriquecimiento personal que les produciría demostrar el fraude de una compañía farmacéutica, dos neurocientíficos han contribuido a destapar el escándalo de la investigación de Lesné sobre el Alzheimer.

Personalmente creo que sería muy útil no solo dejar de demonizar a los escasos científicos que tienen el valor de contradecir a la literatura mainstream, sino incluso darles un espacio especial dentro de los trabajos del IPCC, en vez de cerrarles los ámbitos de debate e ignorarles fingiendo un consenso que no es tan grande como algunos pretenden hacer creer. Incluirles en los informes del IPCC reduciría el incentivo de actuales y sobre todo de nuevos investigadores para adaptarse a la visión actual y, quizá, permitiría descubrimientos importantes en el área de la ciencia del clima (sobre la que existen, como poco, múltiples incertidumbres de tipo cuantitativo). Y si sus trabajos son falsificados o sesgados, como los comentados antes, el propio hecho de oponerse a la línea científica principal hará que estén bajo la atenta vigilancia del resto de la comunidad científica, impidiendo que sus potenciales mentiras equivoquen la dirección de la humanidad, como tristemente ha ocurrido con los dos ejemplos de este artículo.

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