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Josu de Miguel

Vida de perros

«El antropocentrismo cartesiano ha dado paso, desde hace décadas, a nuevas sensibilidades que buscan incorporar el mundo animal a la relación entre el Estado y la sociedad»

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Vida de perros

Un perro. | Europa Press

A comienzos de año, se acordarán, se hicieron públicas unas estadísticas muy curiosas: la tenencia de mascotas doblaba la presencia de niños en los hogares españoles. A falta de un registro fiable, se calculaba que el número de animales de compañía superaba los 15 millones. Mayormente, los perros (y gatos) han sustituido a los niños en nuestras vidas: son obedientes, fieles y no hay que darles un móvil o tablet para tener un rato de sosiego mientras se come o se echa la siesta. El sujeto hedonista de nuestra posmodernidad ha decidido dejar de procrear y contemplar el cercano apocalipsis climático junto a dóciles criaturas que seguramente no sentirán la ansiedad como consecuencia de la cancelación del futuro. 

Mientras llega el final, eso sí, hay que abordar los problemas de orden público que genera esta nueva cultura animal. Se nos ha explicado por activa y por pasiva los beneficios de tener un perro a nuestro lado: bien es cierto que él no te mandará a la residencia y gestionará tus bienes cuando llegue el momento de la verdad, pero ofrece una compañía impagable para los cinco millones de hogares donde solo vive una persona. En el victimato contemporáneo hasta los solitarios necesitan atención pública. Sea como fuere, todos somos conscientes de las externalidades que producen ciertos animales de compañía: en particular, los perros se han convertido en un factor de suciedad y ruido en nuestros pueblos y ciudades. El Ayuntamiento de Vigo acaba de decretar que los dueños de perros desinfecten con un líquido especial cada vez que estos hagan sus deposiciones y orinen.

«La ausencia de lluvias ha transformado el suelo de las calles en una superficie amarillenta que recuerda a otras latitudes menos higiénicas»

Si ustedes son buenos observadores habrán comprobado que desde hace años las esquinas de edificios, portales y comercios se van resquebrajando al ritmo que los perros levantan la pata para mear. La ausencia de lluvias ha transformado el suelo de las calles en una superficie amarillenta que recuerda a otras latitudes menos higiénicas. Y les deseo la suerte de haber dado con un piso en el que los simpáticos vecinos no se vayan a trabajar y dejen al perro ladrando hasta que vuelven a la tarde: en tal caso, les aconsejo no un abogado o psiquiatra, sino un buen agente inmobiliario que coloque el marrón a los siguientes moradores. Porque ya saben, en España el silencio también es cosa de ricos.

Así las cosas, el Gobierno aprobó el proyecto de ley de protección, derechos y bienestar animal en el Consejo de Ministros del 1 de agosto. A falta de ver el texto que ha entrado en el Congreso, el anteproyecto ya mostraba por dónde iban a ir los tiros: una norma de carácter reglamentista que, aunque seguramente invade competencias autonómicas, sigue las pautas marcadas por la Unión Europea y el derecho comparado a la hora de establecer un marco institucional y de políticas públicas enfocado a regular de forma intensa la tenencia privada de mascotas. Y esa regulación – burocratización, me parece, busca desincentivar una proliferación que causa desequilibrios no solo sociales, sino también en el propio bienestar animal. 

Tendremos que acostumbrarnos a la generalización de un derecho y unas políticas cada vez más volcadas en la compleja dialéctica entre los seres humanos y la naturaleza. El antropocentrismo cartesiano ha dado paso, desde hace décadas, a nuevas sensibilidades que buscan incorporar el mundo animal a la relación entre el Estado y la sociedad. Nótese que la ley citada tiene, como ya sabrán, un ángulo muerto que evita su aplicación al mundo de la tauromaquia y la producción alimentaria. Sin embargo, y aunque hable de los inexistentes «derechos» de los animales, tiene la virtud de situar el problema en las obligaciones de los humanos con respecto a nuestros perros y gatos: es decir, la deseable praxis de una libertad ejercida con responsabilidad no solo hacia nuestros conciudadanos, sino también hacia los que ahora se definen como seres sintientes.

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