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José Rosiñol

Atrasar el reloj a 2014

«Mientras el separatismo se rearma, moderniza y gradúa su discurso, el constitucionalismo sigue una lógica miope que reduce su base social»

Opinión
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Atrasar el reloj a 2014

Una imagen de la manifestación celebrada el domingo en Barcelona en defensa del castellano. | Europa Press

Albert Einstein decía que «si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo» y, por supuesto, no le faltaba razón: mismas estrategias, indefectiblemente, obtienen los mismos resultados. Algo tan básico y tan de Perogrullo, para eso llamado «constitucionalismo» en Cataluña, parece convertirse en una especie de aporía existencial que no deja ver más allá de su propio marco o de sus convicciones. Es loable la constancia y la capacidad de perseverancia, pero si siempre acabamos en el mismo sitio o, como muchos percibirán, no nos movemos, creo que el problema es del empecinado y no de la realidad. 

Recuerdo que la primera manifestación convocada por Societat Civil Catalana y secundada por algunas otras asociaciones la hicimos el 11 de septiembre de 2014 en Tarragona. La lógica subyacente era la de aprovechar el tirón mediático, visibilizar a una Cataluña invisibilizada y llevar la reivindicación más allá de la capital catalana. Aquella experiencia reunió menos de diez mil personas. En aquél entonces y desde los inicios, teníamos claro que esta asociación debería ser mucho más que una asociación al uso, deberíamos convertirnos en una herramienta de influencia social y política con una lógica estratégica, no reactiva, de marcado carácter transversal y más allá del cortísimo plazo que mediatiza la política.

El camino que se recorrió siempre estuvo marcado por dos tendencias, la que podríamos denominar «esencialista», esto es, la que creía que por tener razón (legal, moral, etc.) y por reivindicarla constantemente en forma de bucle, era más que suficiente para lograr los objetivos marcados; la otra, que podríamos llamar «pragmática» abogaba por comprender los escenarios reales en los que nos movíamos, entender los distintos sustratos culturales y narrativas de la sociedad catalana y actuar en base a ello. Esta segunda visión también se basaba en la falta de resultados después de decenios de frustraciones varias, todo muy loable, incluso heroico, pero absolutamente ineficaz: no salíamos del bucle de los convencidos.

Hablar solo para los convencidos tiene un resultado muy similar al que obtienes cuando quieres saber el número de creyentes de tu pueblo y te da por preguntar solo a los que salen de una misa…esfuerzo loable, pero baldío. Claro está que rodearte solo de los que consideras tuyos o muy tuyos es algo terapéutico, es algo natural, pero si quieres cambiar la sociedad, esto de estar apiñados y dedicarte a señalar con el dedo a los que no se sienten tan cómodos con esas lógicas grupales, solo consigues el efecto contrario al que buscas. Esto es así porque hay sesgos cognitivos muy profundos que condicionan el comportamiento del ser humano desde los inicios de los tiempos del hombre.

Hay otras cuestiones que son relevantes en este tipo de cosas, empezaré por una muy sencilla y de la que ya alertaba David Mejía en su artículo titulado Una advertencia sobre la manifestación del 18-S, básicamente, no se puede exigir heroicidad a nadie y menos cuando se involucra a los hijos (propios). Otra de las cuestiones es que, si basas tus acciones en premisas falsas o de lógica difusa, probablemente estarás actuando sobre una realidad que no existe, y en esto es básico entender que hay que actuar sobre lo que es, no lo que debería ser, básicamente porque lo segundo, por mucho que te duela, no existe. Y, finalmente, las sociedades tienen una estructura muy similar a la campana de Gauss y la clave está en la parte cóncava, no en los extremos. Saber los marcos mentales de esa parte cóncava, que en política podríamos denominar «centralidad» y en términos sociales «transversalidad», es el único camino al éxito. Pero el éxito tiene unos tiempos y esos tiempos, cuando te enfrentas a un programa de ingeniería social, nunca son cortos.

Y aquí nos encontramos con la manifestación del 18 de septiembre, con todas las asociaciones agrupadas sólidamente tras el sesgo de confirmación. Todos en la esquina del cuadrilátero mientras la parte central de la lona queda expedita de ofertas que impacten en el grueso de la población catalana. Reuniendo a lo sumo a los mismos que SCC reunió en Tarragona en 2014 (eso siendo muy optimistas). Seguro que, con una sensación de éxito brutal, pero que, en verdad, solo refleja el complejo de convencer a convencidos y jugar el juego a unas pocas fuerzas políticas que dinamitan cualquier atisbo de transversalidad. Pero hay más errores estratégicos, no solo de planteamiento.

Medirse con un separatismo, después del 11 de septiembre, en horas bajas es una muy mala idea, ahora hemos vuelto al esquema muchos-pocos. Encabezar la manifestación con un lema como «Español lengua vehicular» crea un marco antitético español versus catalán, esquema con el que se siente cómoda una pequeña parte del constitucionalismo, pero una ínfima parte de la sociedad, y esto es así, nos guste o no. Por mucho que nos moleste, por mucho que nos indigne, tenemos o tendríamos que jugar y actuar en la narrativa existente, esto es, en la creada por el pujolismo y los cachorros pos-pujolistas. No hacerlo así nos lleva lo de siempre y alimenta la lógica polarizadora que nos arrincona a ser percibidos como radicales por una parte sustancial de la sociedad catalana, nos guste o no. Arriesgarnos a dilapidar el caudal de reputación y prestigio ganado -después de muchos años de trabajo- en las grandes manifestaciones de 2017, 2018 y 2019, es una muy mala idea, nos guste o no. 

«La cuestión no es la vehicularidad de una lengua u otra sino de falta de respeto a la ley, a la libertad y a la convivencia»

Para no eludir el tema, para afrontar una cuestión tan grave como la conculcación de los derechos de los padres que únicamente quieren que sus hijos tengan suficientes competencias lingüísticas en español cuando acaben sus estudios. Como premisa, a pesar de lo injusto de la cuestión, el tema es un síntoma de la enfermedad sociopolítica que sufre la sociedad catalana, no la enfermedad. Por otro lado, la cuestión no es la vehicularidad de una lengua u otra, estamos ante un problema de falta de respeto a la ley, a los derechos, a la libertad y a la convivencia. Cualquiera de estos cuatro conceptos son lo suficientemente claros, impactantes y reconocibles como para romper el marco de acción-reacción que tan bien le va al separatismo, es una narrativa que huye de la falsa dicotomía catalán-español de la que bebe el victimismo nacionalista. Es un planteamiento de gran eficacia que también logra atención e influencia en instancias internacionales.

Para finalizar, mientras jugamos a atrasar el reloj de la movilización constitucionalista al 2014, Oriol Junqueras, en una conferencia ofrecida en Madrid (a la que asistí) está hilvanando un relato demoledor que supera los escenarios anteriores y centra su actividad en el ámbito internacional. Un relato trufado de victimismo, superioridad moral y democrática, visión internacional y desafío que recoge lo que aprendieron tras su fracaso en los hechos del otoño de 2017. Mientras el separatismo se rearma, moderniza y gradúa su discurso, el constitucionalismo sigue empeñado en seguir la lógica esencialista y miope que reduce su base social y le aleja de resolver el verdadero nudo gordiano del que parten todas las injusticias de un nacionalismo totalitario como el catalán: lograr una mayoría social que desaloje del poder al nacionalismo y eso está en la parte cóncava de la campana de Gauss, no en los extremos de esta.

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