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Eduardo Laporte

Turismo energético: ¿un filón para España? 

«Los hoteles de la costa hablan de un 20% de aumento de reservas para invierno, temporada baja en la que esos euros se tornan un maná nada desdeñable»

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Turismo energético: ¿un filón para España? 

Playa de Magaluf | John-Patrick Morarescu (Europa Press)

Los encantos de España para los de más arriba los Pirineos suman uno más. Al sol, la playa, la paella, las cañas bien tiradas y las tapas con cada bebida, se suma ahora una forma de viajar novedosa y llena de ventajas en tanto que se gana dinero (o se deja de perder) practicándolo. Así como a las influencers les pagan por hacer lo que más les gusta hacer, es decir, ponerse monas con todo un surtido de cosméticos de alta gama por la patilla, los jubilados del norte de Europa pueden pasar el invierno, o parte de él, en un simpático hotelito del levante español ahorrándose las abultadas facturas de la luz y gas que la crisis ucraniorrusa ha generado. 

Los hoteles de la costa española hablan ya de un 20% de aumento en las reservas para este invierno, temporada baja en la que esos euros se tornan un maná nada desdeñable. Además, el cambio climático empieza a equiparar las temperaturas del litoral peninsular con las Canarias del buen tiempo sempiterno, por lo que los alicantes, benidormes y peñíscolas se frotan las manos antes un invierno más amable lo que se podría esperar. ¡Por fin una buena noticia! 

Y esto se explica, según me cuenta mi amigo Stefan de Vries, uno de tantos neerlandeses afectados por la clavada energética de su país, por la desorbitada situación del mercado energético que se vive allá. En un mercado totalmente liberalizado, unas 50 compañías se reparten el pastel energético, con una competencia tal que acababa generando tarifas más que asequibles. Como los 90 euros al mes, de media, que un amsterdamnés (perdón por el neologismo, aquí hay una laguna léxica) pagaba hasta ahora por el gas y la electricidad… Y cuya factura ha subido, atención, a los 485 euros mensuales. 

«En un país con pleno empleo y sueldos generosos, la falta de oferta inmobiliaria hace, sin embargo, que los centros de las ciudades tengan unos alquileres prohibitivos»

En un país con pleno empleo y sueldos generosos, la falta de oferta inmobiliaria hace, sin embargo, que los centros de las ciudades tengan unos alquileres prohibitivos, lo que, sumado a estas nuevas tarifas, estaría generando este éxodo turístico hacia el sur. Ya lo decía el rumano Cioran, siempre arrepentido de su elección por París: «España es el paraíso». Y, sin caer en chovinismos tontorrones, lo cierto es que para muchos de esos (ámster) damnificados por la calefacción lo será. 

Claro que, me ilustra mi colega De Vries, a partir de noviembre el Gobierno neerlandés ofrecerá una ayuda universal de 190 euros, ya seas rico o pobre, con lo que la factura se les quedará en unos 300 euros al mes, y a partir de enero se establecerá un techo de gasto de 240 euros. Panoja, en cualquier caso, hasta para los habitantes de ese país ganado al mar, la otrora conocida como Holanda, tanto como para plantearse esa mudanza temporal a las costas españolas si Putin mantiene sus bravatas. 

«Tampoco reparará mucho en esos dramas ajenos aquel gerente de hotel murciano que vea aumentados sus ingresos»

Nos encontramos pues, con un escenario como de novela de Michel Houellebecq, como de estado de bienestar inquietante, entre la celebración y la angustia existencial. Parejas de holandeses en el otoño de sus vidas poniéndose finos a gambas con Diamante semi dulce, nómadas digitales que alquilaron su apartamento de Rotterdam a estudiantes responsables disfrutando del empedrado coqueto de Altea, médicos en excedencia disfrutando del invierno de sus vidas tras los pasos de Dalí en Cadaqués mientras el mundo ruge. 

Porque arriba, muy al norte y lo lejos, casi tanto como para no oír las bombas, la guerra sigue. Como quedan lejanos aquellos versos de Ángel González, los de Pequeña evocación: 

«La guerra ha comenzado, 

lejos —nos dicen— y pequeña

—no hay de qué preocuparse—, cubriendo

de cadáveres mínimos distantes territorios,

de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños…».

Tampoco reparará mucho en esos dramas ajenos aquel gerente de hotel murciano que vea aumentados sus ingresos por una carambola geopolítica que, en estos tiempos difíciles, aceptará de buena gana, casi como un regalo merecido. Hasta que las tornas cambien. Y, de nuevo, el poeta Ángel González: «Cuando es invierno en el mar del Norte, es verano en Valparaíso». Y viceversa.

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