THE OBJECTIVE
Fernando Fernández

Mirar tanto el retrovisor complica el futuro

«El Gobierno da la impresión de vivir en la agonía de la inmediatez y se apresta a repetir el error de la crisis anterior. Corramos alegremente hasta las elecciones»

Opinión
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Mirar tanto el retrovisor complica el futuro

Decía mi profesor de autoescuela que para conducir era fundamental dominar el retrovisor. No sucede lo mismo con la política económica. Han empezado a publicarse resultados empresariales del tercer trimestre y muchos se empeñan en seguir analizándolos con el retrovisor, olvidando una máxima elemental, rentabilidades pasadas no explican rentabilidades futuras. Se destaca que los seis principales bancos españoles cerraron los nueve meses del año con un beneficio un 32,7% superior al que obtuvieron en el mismo período del ejercicio anterior, sin extraordinarios. La banca incluso ha mejorado un 5% la previsión del consenso del mercado. ¿Qué más pruebas se necesitan para castigarlos con un impuesto a esos beneficios extraordinarios arrancados al sudor de sus depositantes e hipotecados? Curiosamente, muy pocos se han puesto a pensar qué va pasar con los beneficios bancarios a partir de ahora, instalados como estamos en políticas justicieras de memoria histórica.

Analizar los datos no se presta bien a juicios sumarísimos tan a gusto de la opinión pública española. Los resultados bancarios reflejan básicamente la mejora del margen de intereses con la subida de los tipos de interés y la caída de las provisiones por la mejora del ratio de morosidad. El margen sube porque aumenta la diferencia entre lo que cobran los bancos por los créditos y lo que pagan por los depósitos. Aumento que es temporal y se debe a que los créditos se reprecian más rápidamente que los depósitos. Normalmente en la economía española los créditos están indexados al tipo de interés del BCE, las hipotecas y préstamos corporativos al euríbor como las pensiones al IPC, mientras que los depósitos tienen un coste fijo para los bancos. Eliminar esa indexación disminuiría sin duda la tasa de fallidos, pero encarecería el crédito y dificultaría el acceso al mismo de pymes y familias de menos recursos. Nada es gratis, aunque nos lo vendan como tal.

Una parte muy importante de los depósitos, los llamados a la vista, no pagan nunca nada, y la otra, depósitos a plazo, en la que la banca paga por tener el dinero retenido, lleva años no pagando o incluido costándole al cliente porque el banco central pagaba a los bancos por darles dinero. En esas condiciones, ¿por qué iban las entidades financieras a pagar a sus clientes de pasivo? Ahora que se ha acabado la barra libre del BCE y que hasta las letras del Tesoro vuelven a pagar interés, los depósitos a plazo irán subiendo. Cosas de la competencia. Pruebe, compare y si encuentra algo mejor, cámbiese de banco.

«Los bancos valen menos como bancos que vendidos por piezas»

Las provisiones bancarias son básicamente proporcionales al volumen de crédito y a la calidad esperada del mismo. Tras unos años de fuerte recuperación económica y gracias a que las garantías estatales tras el covid han protegido a empresas y familias endeudadas, los modelos al uso, bendecidos por el regulador bancario, permiten ahora liberar ampliamente provisiones y eso han hecho los bancos. Para cerrar el círculo, los bancos llevan años quejándose de que su cotización bursátil no refleja el valor fundamental, ni siquiera cubre el valor en libros de sus activos contables. Es decir, los bancos valen menos como bancos que vendidos por piezas. Sus gestores, con el beneplácito de los analistas, han concluido que ese castigo excesivo del mercado bien puede reducirse aprovechando la benéfica coyuntura para aumentar los beneficios contables y la parte que se distribuye a los accionistas, el dividendo.

Hasta aquí los hechos y su explicación mas sencilla posible. Ahora vienen las reacciones y los comentarios. La más conocida ha sido la de un Gobierno que se dice preocupado por la gente y que, tras rasgarse cínicamente las vestiduras, se ha apresurado a apropiarse de esos supuestos beneficios caídos del cielo inventándose un impuesto de dudoso encaje legal y nula incidencia recaudatoria, pero poderoso efecto electoral. Hablando de dinero, si es que importa, llega tarde porque le ha madrugado el BCE, que este pasado jueves ha modificado su normativa para cobrar desde mañana a los bancos por el dinero que antes les había prestado gratis. Les ahorro los detalles técnicos, pero la autoridad monetaria, aduciendo la necesidad de acabar con la inflación y reducir los excesos de liquidez, ha copiado al Gobierno Rajoy cuando puso límite a las exorbitantes primas de las energías renovables que habían originado el famoso déficit energético, y ha cambiado ex post las normas. Como entonces España, el BCE se arriesga ahora a que las entidades financieras le lleven a los tribunales por incumplimiento de contrato. Pero confía en que no haya valor y que solo alguna pequeña entidad alemana se atreva a tentar la suerte del regulador. No olvidemos que cualquier banco central tiene a su disposición múltiples instrumentos con los que hacer la vida miserable a las entidades díscolas. Es lo que los libros de texto llaman «la persuasión moral» y en el idioma de la calle, «pasar por ventanilla». Además, consciente del daño causado, el BCE ha dado a los bancos una salida honrosa, creando unas ventanas de oportunidad extraordinarias para que los bancos puedan devolver al BCE el dinero antes de que empiece a costarles demasiado caro.

«Esos beneficios extraordinarios no nacen de la guerra de Ucrania ni de la subida de los tipos de interés, sino de decisiones del BCE»

El morbo político del tema es que el argumento del banco central es un ataque frontal a la filosofía del decreto gubernamental español. Primero, porque esos supuestos beneficios extraordinarios no nacen de la guerra de Ucrania ni de la subida de los tipos de interés, sino de decisiones administrativas del propio BCE tomadas para ayudar a los gobiernos en su lucha contra la posible recesión inducida por las políticas anti-covid, o contra la amenaza de deflación hoy afortunadamente olvidada. Nacen de la política extraordinaria de tipos negativos que adoptó el BCE con gran aplauso de este Gobierno, y que le diferenció de otros bancos centrales mas cautos, por ejemplo de la Reserva Federal americana que huyó conscientemente de esa posibilidad por sus efectos perversos en el mediano plazo. Y segundo, porque la autoridad monetaria insiste en que esos beneficios extraordinarios han de permanecer en el sistema financiero para asegurar su solvencia y estabilidad en el ciclo recesivo que ahora empieza. No es un dinero que pueda ni deba ponerse a disposición de la alegre política de gasto público, si se quiere evitar alimentar la inflación y facilitar una política monetaria menos rigurosa que no se vea obligada a compensar los excesos de la política fiscal.

Los beneficios en disputa son agua pasada, honores o despojos de un tiempo que ya pasó. La política económica no puede orientarse por el pasado, no debe concebirse mirando al retrovisor. Gobierno y banco central deberían estar más preocupados por los beneficios futuros que apropiarse de los ya generados. El BCE sí parece consciente de las amenazas futuras y por eso insiste en la cautela en las provisiones y la austeridad en los dividendos. Con poco éxito todo hay que decirlo, pues tras años de penurias y prohibiciones, es comprensible que los bancos quieran dar alguna alegría a sus accionistas. Pero alegrías las justas, si no quieren provocar la ira del regulador y el endurecimiento de las normas de provisión de morosidad y las métricas de capital. El Gobierno da la impresión de vivir en la agonía de la inmediatez y se apresta a repetir el error de la crisis anterior. Corramos alegremente hasta llegar a las próximas elecciones. Y si las cosas se tuercen, si el entorno internacional se complica, la recesión se agrava y la inflación se enquista, corramos aún más. Ni un paso atrás. Gastemos sin límite. Y recaudemos para repartir, tomando posesión ya no solo de los excedentes sino de los ahorros y de las bolsas de seguridad del sistema. ¿Cómo si no interpretar este ataque frontal al ahorro y al patrimonio? Ya habrá tiempo de crecer cuando ganemos. Y si perdemos, ya tenemos discurso, denunciaremos el salvaje austericidio que impondrá la derecha reaccionaria.

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