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Jorge Freire

Ballenas y merluzos

«¿Es pusilánime quien no opina y, por tanto, no repite las sandeces que día tras día espurrean nuestros líderes de opinión? »

Opinión
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Ballenas y merluzos

Redes sociales. | Unsplash

En el vientre de la ballena (Página indómita), es el ajuste de cuentas de George Orwell con la literatura europea del primer tercio de siglo (el Ulises, por ejemplo, es descrito como una tentativa de exponer las estupideces del interior de la mente a cargo de un pedante talentoso). Pero la fama del ensayo responde a su meditación sobre escritura y política. Celebérrima es la acusación dirigida al apolítico Henry Miller: «Cuando se publicó Trópico de Cáncer, los italianos marchaban sobre Abisinia y los campos de concentración de Hitler ya estaban llenos».  

En tiempos de paz la cosa cambia. Peor que el idiotes -el particular, el pasota que solo se ocupa de sus asuntos- es el concernido, por emplear la expresión de Jorge San Miguel, que no duda en embestir cualquier capote que le tienda la televisión. Como bien sabía George Bowling, protagonista de la mejor novela de Orwell (Subir a respirar), cuando la atmósfera se vuelve agobiante solo queda irse a pescar. En tiempo de sobrepolitización, los actos puramente apolíticos son bocanadas de oxígeno.

Bastante tiene quien habita el vientre de la ballena. Piénsese en Jonás o en Pinocho en su versión de Disney (no así en el cuento de Collodi, donde se lo traga un tiburón descrito como l’Attila dei pescatori), hasta que al tercer día el animal los vomitase en tierra firme. Acaso esté en la naturaleza del tibio el ser vomitado -ya dice el Apocalipsis que Dios vomita a los tibios de su boca-, mas ¿qué tibieza hay en encogerse de hombros cuando uno no sabe qué decir?

«Hoy se estila arponear a quien, como dicen los acusadores desde sus pinazas, prefiere no mojarse»

Hoy se estila arponear a quien, como dicen los acusadores desde sus pinazas, prefiere no mojarse. ¿Es pusilánime quien no opina y, por tanto, no repite las sandeces que día tras día espurrean nuestros líderes de opinión? La epojé, esto es, la suspensión del juicio, el estado de conciencia que ni afirma ni niega, es la aspiración trascendental para una vida plena en innumerables tradiciones.

Animal racional es aquel que puede meditar y callar en consecuencia. Según Aristóteles también y sobre todo es animal político, pero en ningún caso animal opinador. Los merluzos y los besugos vagan en bancos, timoratos y arropados, hasta que terminan refrigerados en la cámara del buque. Y ahí, naturalmente, todas las opiniones valen lo mismo.  

A despecho de su militancia, Orwell reconocía el peligro de politizar la obra de arte, exponiéndola al tedio de lo previsible, y convenía en que mantenerse ajeno a las ideas sirve en ocasiones para asegurar la libertad artística. El consejo nos llega tarde, pues toda pieza de entretenimiento se vende hoy como un artefacto rabiosamente político y lo político, en el ínterin, se reduce a objeto de consumo: antifascismo es, en suma, escuchar a Los chikos del maíz con los puñitos cerrados.

Ian McEwan ha reconstruido en El espacio de la imaginación (Anagrama) un episodio que Orwell despacha en un breve párrafo: la visita que hizo a Miller en la casa que éste tenía en el barrio parisino de Montparnasse. Era diciembre del 36 y el autor de El camino a Wigan Pier se dirigía a una España en guerra para sumarse a las fuerzas del bando republicano. Miller no entendía qué se le había perdido en el frente de Teruel. Si Orwell era un socialista preocupado por la realidad política de su tiempo, Miller era un hedonista encantado de escandalizar a sus coetáneos. Sea como fuere, se acercó al armario y le regaló una chaqueta de pana. Aunque no tuviese protección antibalas, probablemente lo resguardase del frío.

Intuyo que los mâitres a penser del concernimiento se habrían conducido de otra manera. Sin duda se habrían condolido en redes de la suerte infausta de la pobre España, como los famosos que firmaban manifiestos por las mujeres de Afganistán, cautivas bajo la hégida de los talibanes. El gesto de Henry Miller, ofreciendo una chaqueta a Orwell sin terminar de entender su decisión, es quizá un gesto de desasimiento, pero muestra una humanidad mayor. 

He pensado en estas cosas al leer Estación Ucrania. El país que fue (Libros del K.O.), el nuevo ensayo de Borja Lasheras. Ahí se habla, entre otras muchas cosas, de los cool kids de Kiev. Son jóvenes hedonistas que se reúnen en clubes subterráneos en la margen derecha del Dniéper -locales clandestinos muy parecidos a los speakeasy que proliferaron en Estados Unidos durante la Ley Seca-, y allí recitan poesía, tocan blues y pasan el rato. A escasos metros caen las bombas y mueren sus compatriotas. Nuestros concernidos virtuales los mandarían a primera línea del frente sin dudarlo, mientras ellos viven instalados en su refugio uterino. Lo malo de salir del vientre de la ballena es que puedes acabar devorado por los merluzos.

Se ha puesto de moda acusar y señalar a todos aquellos que, ora por su equidistancia, ora por su indiferencia, deciden no entrar al trapo que cada día tienden los dichosos medios y las omnipresentes redes. Sabido es que aunque uno no se encele ante anzuelos ni relingas, existe la pesca de arrastre. Los pescadores inventaron el algoritmo antes que los cacareados gurúes de Palo Alto. ¿Hemos de acudir prestos y en perfecto estado de revista al canto de sirena de una cosa llamada red? Quien tenga complejo de sardina o de abadejo que encabece la expedición. Yo prefiero quedarme en tierra firme.

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