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Daniel Capó

El Papa de la diáspora

«Para Benedicto XVI serán la fe, la caridad y la esperanza las que salvarán al cristianismo en su particular destierro»

Opinión
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El Papa de la diáspora

El Papa Benedicto XVI.

Es muy hermoso lo que contaba este domingo en Die Welt el novelista alemán Martin Mosebach con ocasión de la muerte del Papa Benedicto. Nos ofrece una clave importante para entender el hilo que unía a Joseph Ratzinger con la fe que profesaba. Escribe Mosebach: 

«El 16 de abril de 1783 murió en Roma el santo vagabundo y analfabeto Benoît-Joseph Labre, amado por el pueblo romano. Había vagado por toda Europa y rara vez dormía en una cama; el mismo día en que se celebra su memoria, en el año de 1927, nació Joseph Ratzinger en Marktl am Inn, quien recibió el nombre del santo del día según era la antigua costumbre.

Como Papa, se llamó a sí mismo Benedicto, con el otro nombre de su patrono. El más importante teólogo que haya ocupado el trono papal en siglos se puso conscientemente bajo la protección de un santo para el cual no contaba la teología, sino sólo la adoración».

Así, el doble nombre de Ratzinger –José, al nacer; Benedicto, en su pontificado– remite al santo de los desposeídos, de los fracasados, a un pobre de Dios que recuerda a los yuródivi rusos: aquellos extravagantes «locos por Cristo» que no querían someterse a las reglas del mundo a fin de desenmascarar los pecados de la humanidad. Joseph Ratzinger no se movía fuera de las leyes –era demasiado alemán para ello–, pero muy pronto entendió que, en una sociedad nítidamente poscristiana, la luz de la Iglesia se orienta de forma natural -escatológica, se diría- hacia los márgenes y que el futuro de la fe católica dependería de su habilidad en convertirse en contracultura: pequeñas minorías creativas que sean fermento de salvación. No es otra la experiencia bíblica, ni la cristiana. Fue este el hilo rojo que preservó la cultura clásica tras la caída de Roma –lo explica Kenneth Clark en el documental Civilización–, o que salvó los iconos orientales de la furia iconoclasta, o que hizo frente al poder –se creía que imparable– del arrianismo. El ejemplo también era el pueblo judío, capaz de atravesar siglos y milenios en una continua diáspora. Ratzinger veía en ella un signo de la voluntad de Dios. No en vano el Hijo se había desprovisto de todo privilegio, hasta el punto de nacer en un establo y morir en la cruz. «Lo asombroso –ha escrito Erasmo Leiva-Merikakis en su comentario al Evangelio de San Mateo– es que el Dios eterno haya elegido este camino de debilidad y ocultamiento para cumplir sus designios en el mundo». Al igual que Benito José Labre, el santo que le dio nombre, Ratzinger confió en el Crucificado y se refugió bajo la sombra de su fragilidad. Con su admirado Agustín de Tagaste, proclamó entonces el credo esencial de los cristianos, aquel que dice: «Yo me rechacé para elegirte a ti».

Un Papa para la diáspora; en efecto, eso quiso ser Benedicto XVI: un eslabón que preservara el depósito de la fe en el Sábado Santo de la Historia (el día del ocultamiento de Dios según la liturgia) y que llamara a la esperanza y a la gratitud, que es otra forma de nombrar el amor. Sus últimas palabras –recogidas en un testamento espiritual que se hizo público a las pocas horas de su muerte– fueron precisamente agradecer los dones de la vida y pedir por la fe de los creyentes.

Prisionera en un campo de exterminio, antes de morir la enfermera neerlandesa Etti Hillesum escribió que, en la noche del horror, los hombres tenían que coger la bandera de Dios y testimoniar su Bondad. El rabino Jonathan Sacks nos recuerda que el pueblo judío ha atravesado la historia gracias a la fe. Y, para Benedicto XVI, serán también la fe, la caridad y la esperanza las que salvarán al cristianismo en su particular destierro. Ese fue su magisterio: el del papa teólogo que se hizo silencio para, junto con su santo patrón, entregarse a la adoración. No de otro modo termina su testamento: «A todos los que me han sido confiados se dirigen mis oraciones de todo corazón, día a día».

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