THE OBJECTIVE
Javier Benegas

Este centroderecha no nos sirve

«El centroderecha ha sido bastante más que un cómplice en el sometimiento de la sociedad española a la voluntad de un Estado controlado por los partidos»

Opinión
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Este centroderecha no nos sirve

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. | Europa Press

Todavía andan preguntándose en el Partido Popular cómo fue posible que las proyecciones de las encuestas preelectorales estuvieran tan desviadas, y ya han vuelto a las andadas. Han traído un trozo de iceberg de 15 toneladas hasta Málaga para que la gente vea cómo se derrite y se conciencie sobre la emergencia climática. No se me ocurre ejemplo más mostrenco de malversación de dinero público y tomadura de pelo que gastarte una fortuna en traer hielo de Groenlandia para colocarlo en una calle de Málaga en pleno mes de agosto.   

El PP sigue siendo un compendio de disparates, una lluvia persistente de gilipolleces políticas, no todas tan escandalosas pero sí a menudo más graves. Sin embargo, de cara al público, en Génova han llegado a una conclusión que les exculpa: el centroderecha no alcanza para gobernar porque está dividido en dos marcas. Sobra una. Esta conclusión, como digo, es una conclusión oficial; es decir, una consigna. 

El PP lleva bastante tiempo convencido, como Manuel Fraga, de que el centro es suyo y dando por hecho que haga lo que haga la derecha también le pertenece. En conclusión, no sólo el centro es suyo, sino que su propiedad abarca todo el centroderecha. Una apropiación que no necesita argumentos porque es una verdad pavloviana reflejo de la omnipresencia del PP al otro lado de la izquierda. 

Apropiarse del centro es relativamente sencillo. Basta con balancearse suavemente hacia la izquierda o exagerar el balanceo a conveniencia, según soplen las encuestas, las polémicas del momento o las memeces políticamente correctas, que se traducen en toneladas de hielo traídas desde Groenlandia para que se derritan en las calles de Málaga. Pero que nadie se confunda. El centro del PP no es un intangible. Se asienta en una sólida premisa, la de que más allá del Estado la política no existe. De hecho, se podría reemplazar centrismo por estatismo y el PP funcionaría exactamente igual porque su idea del centro es el Estado como absoluto. 

«Demasiados españoles confunden la moderación con el arbitrismo del Estado»

Convertir el centro en estatismo es relativamente fácil. Desgraciadamente, el estatismo es una dolencia muy extendida. Demasiados españoles confunden la moderación con el arbitrismo del Estado. Sin embargo, adjudicarse el espacio de la derecha en exclusiva es ya otro cantar. Ahí ya no valen las verdades pavlovianas. Hay que decir, pero sobre todo hacer cosas propias de esa derecha que existe con absoluta normalidad en multitud de países democráticos. Esa derecha, en definitiva, para la que la propiedad, la familia y la nación son sagrados y cuya principal seña de identidad, y he aquí el gran problema del PP, es la sana desconfianza hacia el Estado

Teniendo en cuenta que la derecha es mucho más exigente a la hora de castigar la impostura y que el PP es el impostor por excelencia, en Génova pueden darse con el canto de los resultados electorales en los dientes. Pero, sobre todo, en vez de cargar contra Vox, tendrían que darle las gracias, porque en lugar de presentarse como un partido conservador clásico que pudiera ponerles en serios apuros, ha jugado también a su manera a colindar con la izquierda para capturar el «voto obrero», antepuesto las batallas culturales a otros gravísimos problemas y renunciado a la principal seña de identidad de la derecha: la sana desconfianza hacia el Estado.

Cada uno a su manera, PP y Vox han expuesto a la luz la convicción fundamental que guía al centroderecha patrio, la de que todo debe pasar por el Estado, nada discurrir fuera de él. Y ahí si hay un campeón imbatible, es el Partido Socialista. Por eso Sánchez no se desmorona, porque PP y Vox han aceptado, de una forma u otra, jugar su juego. 

¿Cómo vas a derogar el sanchismo, alma de cántaro, si compartes la convicción fundamental que lo anima? ¿O cómo vas a ganar guerra cultural alguna si no solo no apuntas a la madre de todas las culturas de la izquierda, la devoción por el Estado, sino que la asumes como propia?

Con todo, lo peor es que los discursos de PP y Vox se niegan sistemáticamente a señalar el problema de todos los problemas: la calamitosa situación de una sociedad que, desde 2008, no ha hecho sino empobrecerse. En Génova y en Bambú no ven como emergencia nacional que, en España, se considere clase media alta a las personas con rentas a partir de 18.700 euros anuales. O que una renta de 12.600 euros anuales se corresponda con la clase media (según datos del INE). En países que hace tiempo deberíamos haber alcanzado, estas rentas son una broma, aun compensando las diferencias en el coste de la vida. 

«Los partidos fueron drenando sus energías y convirtiendo el Estado en un absoluto»

Poco antes de las elecciones, una periodista preguntó sobre la depuración liberal de Vox a uno de sus dirigentes. Éste respondió que ser liberal era una mera etiqueta. Y que, como etiqueta, se correspondía con los libros que se habían leído. Así que bastaría con leerlos todos para sobreponerse a cualquier etiquetado. 

Para el interpelado, tener una determinada postura frente al mundo consistía en algo parecido a la fecundación in vitro, una inseminación literaria que discurriría en un sentido u otro según fuera el donante Hayek, Marx o José Antonio. Sólo alguien que ve en el Estado la panacea podría concluir que la postura frente al mundo se reduce a un conjunto de lecturas o teorías. 

Hace dos décadas, en España, había muchísimas personas esencialmente liberales que no habían leído a sus teóricos. Esas personas eran liberales sin saberlo. Si se les hubiera preguntado en qué consistía exactamente el libre mercado, les habría resultado difícil responder, por no decir imposible. Sin embargo, cada mañana se levantaban convencidos de que, si trabajaban con ahínco y tomaban buenas decisiones, prosperarían y tendrían un futuro. Por eso eran esencialmente liberales, aunque la teoría les importara una higa. Desgraciadamente, poco a poco los partidos fueron drenando sus energías y convirtiendo el Estado en un absoluto. Y esa mayoría acabó deviniendo en estatista por la fuerza de los hechos. 

Es una conclusión muy dolorosa, pero lo cierto es que el centroderecha ha sido bastante más que un cómplice en el sometimiento de la sociedad española a la voluntad de un Estado controlado por los partidos, y del terrible empobrecimiento consiguiente. Si esto no fuera cierto, durante la pasada campaña el centroderecha habría atendido las verdaderas preocupaciones de los españoles y elaborado consignas mucho más estimulantes que derogar el sanchismo o hacer guerras culturales. Seguramente, habría sido imposible que alcanzara una mayoría suficiente en las pasadas elecciones generales, porque el nacionalismo es un factor muy distorsionante, pero si hubiera emprendido ese camino y perseverara, tarde o temprano lo habrían conseguido. 

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