THE OBJECTIVE
Luis Antonio de Villena

Sagarra, catalán y moderado

«Sagarra, elegante, libre, inconforme y moderado, trató siempre de salvar esa moderación. Su altura no existe hoy en Cataluña»

Opinión
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Sagarra, catalán y moderado

Josep María de Segarra. | TO

Es tan mediocre, tan falto de altura nuestro presente, estos bajísimos tiempos, que uno puede preguntarse con licitud: ¿Hay algún Josep Maria de Sagarra, en Cataluña -porque fue un gran escritor catalán y español- en estos momentos? Miro a Junqueras, a Puigdemont, a Illa y a tantos otros, sin olvidar al amigo Iceta, y remiro a Segarra, a Carles Riba, al señor Tarradellas, incluso, y me digo ¿qué pasó, tembló la tierra, cambió la zancada de los grandes mamíferos? ¿Quién nos metió en esa ordinaria zapatiesta, más allá del Adorador de Sí Mismo, pues incluso la fealdad y poquedad le superan?

Es sano recordar a Josep Maria de Sagarra, yo lo he hecho al leer La ruta azul. Viaje a los Mares del Sur en la reedición de Península y traducción de Eduardo Jordá. Sagarra, refinado bon vivant nació y murió en Barcelona en 1894 y 1961, respectivamente. En medio, mucha literatura (es uno de los grandes escritores de Cataluña) y mucha vida, y muchos conflictos políticos. ¿Alguna misteriosa vez no es conflictiva la política? Es el caso que al poco de iniciarse la horripilante Guerra Civil, Sagarra y su aún compañera Mercè Devesa, huyen a París. Él, bien conocido escritor, periodista y simpatizante del catalanismo moderado de Cambó, al que acaso moderaban además sus muchos millones, es perseguido y mal visto por los dos principales bandos en liza: para los republicanos que pronto serían casi de pleno sovietizantes, era un señorito sin paliativos, de centro-derecha, reo por ello; para los falangistas y franquistas duros, es un separatista, aunque su catalanismo tranquilo se contentara con la autonomía, reo de nuevo.

«Segarra es perseguido y mal visto por los dos principales bandos en liza: para los republicanos, era un señorito sin paliativos de centro-derecha, reo por ello; para los falangistas y franquistas duros, es un separatista»

Amenazado por los dos lados (qué situación tan nefastamente española y entran todas las Españas) Sagarra tomó el camino del parece que siempre acogedor París. Las tragedias que le llegaban de su país lo abatían, y entonces Cambó le insta a hacer un gran viaje, a tomar mucha lejanía, y ya se vería al volver. Sagarra (no muy viajero) se casa con Mercè y Cambó les hace un regalo de boda en metálico, que permite un viaje -en camarote de segunda- a la Polinesia, desde Marsella a Papeete, a través del canal de Panamá. A fines de diciembre del 36 embarcan y no retornarán, mismo camino, pero otro barco, sino en julio de 1937. Y de nuevo París. El libro que surgirá de ese viaje, donde Sagarra ve belleza y miserias, y empezado ya en el camarote, será La ruta blava (La ruta azul), una obra espléndida.

Al estallar la 2ª Guerra Mundial, y puesto que hablamos de un personaje muy Tercera España, y aunque por supuesto no le gustara el régimen de Franco, Josep Maria de Sagarra, con su mujer y un hijo (nacido después de la Polinesia, el periodista que será Juan de Sagarra) regresa en 1940 a Barcelona. Nada le ocurre, pero elige una labor magna y discreta: traducir La Divina Comedia al catalán y publicar en español una versión más breve de La ruta blava, El camino azul de 1942, que, aunque no sea prosa de Sagarra, se completa y revive (póstumo) en la edición que he leído. Poeta, novelista -especialmente con la excelente Vida privada de 1932- Sagarra se vuelca en la postguerra al periodismo y el teatro, y vuelve el éxito. Como ya hiciera antes de la guerra, recogiendo sus artículos (Cafè, copa i puro en 1929) vuelve a hacerlo, ora en catalán, L’aperitiu (1946) o bien en español, Cola de gallo en 1959.

Pero la gran obra de este Sagarra de plena madurez serán sus magníficas Memòries (1954), de lo mejor de la literatura catalana, que, en su versión española de 1957, Memorias, llevó prólogo de Camilo José Cela. Había vuelto a resaltar como autor dramático, en especial con La ferida lluminosa (1958), La herida luminosa, traducida al español por Pemán. Josep Maria de Sagarra, un gigante de las letras catalanas, y presidente del notable Institut d’Estudis Catalans, tachado de frívolo por irse a la Polinesia, pasará a ser un «facha» -se diría hoy mejor- al aceptar en 1960 la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, que se imponía en El Pardo. Verdad que Josep Pla había aplaudido -hay foto- la entrada en Barcelona de los tanques de Yagüe en 1939, y ello remarcó su evidente significación conservadora, pero Sagarra (mucho menos conservador que Pla) fue asaeteado por aceptar la alta condecoración cultural. Murió algo más de un año después. Sagarra, elegante, libre, inconforme y moderado, trató siempre de salvar esa moderación. Su altura no existe hoy en Cataluña, con tres obras mayores Vida privada, La ruta azul y Memorias. Un gigante que sentiría tristeza por la situación actual, que parece exigir extremismos de bajo cuño todos ellos.

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