THE OBJECTIVE
Andreu Jaume

Cultura y barbarie

«Para Pla, la cultura significa sobre todo memoria, el recuerdo de todo lo acaecido, para hacer, en cada momento, «tabla rasa de lo existente»»

Opinión
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Cultura y barbarie

Josep Pla. | Europa Press

En el excelente Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla (Athenaica), el ensayo en el que Xavier Pericay ha recogido la quest que él y otros cuatro escritores hicieron hace más de quince años sobre la amante judía que tuvo Pla durante su época berlinesa, hay una importante reflexión sobre un asunto siempre problemático y difícil de abordar. Arcadi Espada –uno de los autores de la investigación– llama la atención en un momento sobre un libro que está leyendo, En busca de la memoria, de Eric Richard Kandel, judío austríaco y Premio Nobel de Medicina. Tanto él como su familia, al parecer, se habían salvado por poco del exterminio. Espada llamó la atención a su grupo de amigos sobre este párrafo:

«Una conclusión perturbadora para mi sensibilidad es que el nivel cultural de una sociedad no es un indicador fiable de su respeto por la vida humana. La cultura no es capaz de compensar las tendencias de la gente ni de modificar su manera de pensar. El deseo de destruir a los que no pertenecen al grupo propio puede ser una respuesta innata y, por lo tanto, puede suscitarse en cualquier grupo que tenga cierta cohesión».

La observación da de lleno en uno de los puntos ciegos de la civilización. George Steiner se pasó la vida preguntándose cómo era posible que los nazis se pusieran a escuchar a Schubert o leer a Hölderlin después de ordenar cada día la matanza de judíos, como si la música o la poesía fueran una especie de profilaxis contra el horror. «Las humanidades no humanizan», decía Steiner desolado. Dejando de lado el equívoco que hay en esa afirmación, puesto que desde Grecia sabemos que lo humano es también tó deinón –lo asombroso, algo desmesurado que produce espanto– la cuestión nos sitúa ante el principal malestar de la Ilustración.

«George Steiner se pasó la vida preguntándose cómo era posible que los nazis se pusieran a escuchar a Schubert o leer a Hölderlin después de ordenar cada día la matanza de judíos»

En La Barbarie intérieure. Essai sur l’immonde moderne, un ensayo publicado a finales del siglo pasado, el filósofo francés Jean-François Mattéi indagó con valentía en ese problema, denunciando cómo el cultivo de la interioridad propio de Occidente había terminado por crear una subjetividad acorazada que nos había dejado sin exterior. De ahí que la cultura, en lugar de ser una vía de acceso al otro, fuera a menudo una forma de protección y hostilidad contra lo extraño. Para Mattéi, de origen argelino, eso explicaría el eclipse imaginativo que condujo al totalitarismo nazi y comunista, una barbarie conseguida mediante la domesticación de lo inmundo, que etimológicamente quiere decir lo sucio y caótico. La razón, desprendida de toda trascendencia, se habría dedicado a hacer de la destrucción –política, educativa, artística– su propio contenido, dejando que el desierto invadiera la ciudad. 

Da la casualidad de que hace poco se ha publicado también La inflación alemana (Destino), antología de las espléndidas crónicas que Josep Pla escribió desde Berlín entre 1923 y 1924, justo en la época en que el periodista conoció a Aly Herscovitz, la joven judía que acabaría en Auschwitz. Pla examina ahí, con una lucidez admirable, los grandes problemas que ya estaban minando la República de Weimar, desde la tremenda inflación hasta el auge de los totalitarismos. Y por supuesto no se le escapa el virulento antisemitismo que se percibe en todas partes. En ‘¿Quién tiene la culpa?’, uno de los mejores artículos, el corresponsal expone sin ambages el asunto: «Resucitar o fomentar la cuestión judía en Alemania es de una ingenuidad sin cuento. Más del cincuenta por ciento de la vitalidad alemana está mantenida por judíos y querer dimitir eso es querer suicidarse». Pla termina su crónica comentando la arbitrariedad del antisemitismo y recuerda que incluso Gabriel Alomar, en Mallorca, le había confiado que él no permitiría nunca que una hija suya se casase con un judío; se entiende con un xueta, el apelativo popular y peyorativo con que en la isla se conoce a los descendientes de conversos. 

Alomar fue algo así como el epítome del intelectual mallorquín de izquierdas, republicano, ateo y anticlerical, catalanista y referente moral durante el franquismo y aun en la Transición. Y resulta que ante el problema de racismo más brutal que sufrió durante siglos la sociedad insular, el poeta y ensayista se comportó como una de las beatas a las que tanto detestaba y que por cierto se santiguaban al verle pasar por la calle, a lo que él contestaba dándoles la bendición. En su caso y en ese ejemplo concreto, la cultura no había servido más que para fortalecer los vínculos de clase y de religión, cegándole ante un ostensible y trágico caso de xenofobia

Varios historiadores han recordado que Hitler agradeció el aislamiento que Alemania sufrió durante la guerra porque así pudo llevar a cabo sus ideas de exterminio sin tener que compartirlas, con mayor libertad, lo mismo que Stalin. El general Alfred Jodl, cuando se discutía la conveniencia de que los soldados alemanes fueran conscientes o no de lo que ocurría en los campos de concentración, se mostró partidario de ello, alegando que las tropas lucharían con mayor convicción si sabían que habían roto los puentes con el resto del mundo, sabiéndose partícipes de un crimen monstruoso. En esa tesitura, la cultura, ya sea en forma de sonata o de perfecto hexámetro, no tenía nada que hacer y se había convertido en un simple adorno del delirio. Ahí radica, en buena parte, la catástrofe moral que siempre supone cualquier forma de nacionalismo. 

En el libro de Pericay, después de la cita de Kandel, se trae a colación otra de Josep Pla que de algún modo viene a complementar y consolar las conclusiones de la primera. El texto se titula ‘Por qué soy conservador’, data de diciembre de 1942 –justo el año en que Aly Herscovitz fue asesinada en Auschwitz– y se incluye en Humor honesto y vago. Contra lo que pudiera parecer, no se trata de una simple declaración ideológica, sino de uno de sus textos más hondos. Pla empieza hablando de la caducidad de todas las cosas, de la destrucción y la ruina que provoca sin cesar la Naturaleza. Ni siquiera de lo más bello, dice, va a quedar recuerdo. ¿Cómo va a querer nadie dejar de ser conservador?

«Lo que llamamos, hablando con la máxima generalidad, la civilización, pretende ser un esfuerzo para retrasar en lo posible la destrucción ineluctable de las cosas, para construir en lo posible otras que hagan más soportable la existencia. Frente a una naturaleza que lleva en el sentido de su propio ser la devastación de todo lo que no se ajusta a sus instintos ciegos, la empresa de la civilización es una alta, magnífica, heroica empresa. ¡Cuán débil, sin embargo, es su fuerza! Es un pequeño Artificio, montado a base de la astucia y de la prudencia frente al Megazo, frente a la Bestia cósmica imponente. El hombre, en tanto en cuanto forma parte de la naturaleza, es un agente espontáneo, inconsciente de sus impulsos destructores. Pero el hombre posee además una chispa de voluntad angélica y es este imperativo lo que puede corregir, y a veces desplazar, aquellos impulsos».

Pla propone entonces entender la cultura como una lucha constante contra el poder destructor de la Naturaleza. Y para él la cultura significa sobre todo memoria, el recuerdo de todo lo acaecido, para hacer, en cada momento, «tabla rasa de lo existente». Y ahí Pla coincide plenamente con Mattéi. La cultura sirve sobre todo para devolver al hombre a su justo lugar, al eterno reino de la hybris y la némesis. Como Kafka frente al poder, el periodista pide empequeñecerse ante la soberbia de un mundo sin sentido del pasado:

«Porque la memoria –la cultura– tiene esto, si otra cosa no, de bueno. La memoria ridiculiza. Por ella sabemos que la vida humana empezó un poco antes de las once y media de esta mañana. Que desde el punto de vista moral ha sucedido en el mundo todo lo que entre hombres y mujeres puede suceder; que por lo que respecta a las cosas que puedan justificar la existencia en esta tierra, el pasado, el remoto pasado, sobre todo, nos ofrece realizaciones que no han sido superadas, que jamás serán superadas por la vida venidera. Y esto, naturalmente, nos da una idea de los límites del hombre, infunde en nuestra vida el sentimiento del ridículo –que es el sentido de los límites–. Y este sentido es salubre porque nos hace ver las cosas y los hombres con un ligero tinte de pesimismo, nos da de nuestras respectivas personas una impresión –exacta– de irrisoriedad y pequeñez».

Solo así, en definitiva, puede la cultura sublevarse contra la barbarie que lleva en su matriz.

Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla
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