THE OBJECTIVE
Anna Grau

Como una aguja en un pajar de odio

«Hamás y sus huestes cavan cada vez más profunda la zanja de un odio del que, si llegaran a dudar un segundo, ¿soportarían seguir, no ya viviendo, sino siendo?»

Opinión
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Como una aguja en un pajar de odio

Ilustración de Alejandra Svriz.

Este miércoles, 17 de enero de 2024, asistí a uno de los pases que la Embajada de Israel viene organizando para mostrar a audiencias restringidas imágenes en bruto del masivo ataque terrorista de Hamás contra población civil indefensa del 7 de octubre de 2023. Las imágenes proceden tanto de cámaras de los terroristas como de sus víctimas; de vídeos y audios emitidos por Hamás en sus medios de comunicación y redes sociales; también hay material recopilado por los soldados hebreos según llegan a los distintos escenarios de la matanza.

 Son pases muy a puerta cerrada. Hay que desprenderse del teléfono móvil para acceder a la sala. Antes de la emisión te advierten de la crudeza de unas imágenes sin editar, más allá de algunos pixelados para proteger la identidad de algunas víctimas, sobre todo cuando se trata de niños o de bebés. O de mujeres violadas, torturadas, mutiladas y asesinadas. Te advierten una y otra vez de que, por extremo que te parezca que es lo que ves, no te lo están enseñando todo.

 Son 43 minutos de ilimitado espanto. Ves decapitaciones a cuchillo o incluso con una azada en todo su sangrante detalle. Ves cuerpos calcinados y retorcidos como la memoria sólo alcanza a relacionar con los crematorios nazis. Cómo los jóvenes asistentes al festival de música intentan desesperadamente huir, les persiguen y acribillan (ese tiroteo minucioso de todos los urinarios públicos puestos para el festival, por si alguien vanamente confiaba en esconderse ahí…) hasta que uno de los terroristas se queja de que están desperdiciando munición que estaría mejor empleada contra soldados. Detalles como los terroristas que al entrar en un kibbutz, lo primero que hacen es disparar contra las ruedas de una ambulancia; lo segundo matar a un perro; lo tercero, arrojar una granada de mano al cobertizo donde un padre desesperado, en calzoncillos —el ataque le ha sacado de la cama—, trata de cubrir con su cuerpo casi desnudo el de sus hijos pequeños, sin vestir tampoco. Muere en el sitio con uno de ellos. Se salvan dos, de momento. Uno llora desesperado y pide a gritos morir él también mientras el verdugo de sus familiares abre la nevera de la casa y bebe a morro de una botella grande de Coca-Cola. Cuando llega la madre y se encuentra los cadáveres, hay que sacarla a rastras para ponerla a salvo.

Se oye una grabación de uno de los terroristas usando el teléfono de una víctima para llamar a sus padres: exultante les da la buena nueva de que han engendrado un héroe, que hoy se ha estrenado al fin asesinando a diez judíos él solo, con sus manos «desnudas». Alá es grande todo el rato. No paran de repetirlo. Los muertos son calificados también una y otra vez, obsesivamente, de «perros» y exhibidos como trofeos en camionetas que surcan muchedumbres no por civiles menos enajenadas, móviles en alto, ansiosas de capturar el horror. Se hacen en voz alta planes para colgar a este de un sitio, crucificar al otro. Etc.

No creo que hagan falta muchos más detalles para dar idea de lo espeluznante que aquello fue y es. ¿O sí? Debo confesar mi desaliento comunicativo y humano ante lo poco que ha durado, una vez más, la mala conciencia de los que habitualmente justifican o minimizan la violencia terrorista contra Israel. Y que piden respeto a la población palestina civil ignorando la premisa básica de que esa población constituye el gigantesco escudo humano, no siempre involuntario, de una de las organizaciones asesinas más salvajes que el mundo ha conocido y conoce. A veces es inevitable comparar el exhibicionismo del sufrimiento de los civiles palestinos en Gaza con el férreo pudor israelí a la hora de mostrar sus propios padecimientos. Esa es una de las desproporciones para mí más llamativas de este, ¿conflicto?

«Los jóvenes terroristas de Hamás parecen hechizados por un odio antiguo, primitivo»

Me preparé para ver estas imágenes, consciente de que podían afectarme mucho. Curiosamente me afectaron más por el lado que menos esperaba. Si no te has engañado nunca demasiado sobre lo que allí realmente ocurre, ciertos detalles te pueden sobrecoger más que sorprender. Para mí la novedad fue otra. Fue ponerles cara, expresión, gesto y actitud a los atacantes. 

 Poco sabemos, en realidad, de las personas que cometen estas atrocidades. En la memoria el Holocausto está asociado al uniforme de guerra alemán. Incluso la guerra del Yom Kippur, el precedente más aproximado de lo que ahora ocurre, fue obra de ejércitos feroces, pero regulares. Aquí ves jóvenes, muy jóvenes, terroristas más disfrazados que uniformados. Cumplen órdenes, sí. Pero sobre todo parecen hechizados por un odio antiguo, primitivo, reptiliano. Es como si les hubieran dado permiso para sacar lo peor de sí mismos, y aprovecharan a fondo la oportunidad.

Como ellos no están muertos ni pixelados, les ves con toda nitidez, y llama mucho la atención el contraste entre la juventud de sus rostros y sus cuerpos, sanos, eufóricos, con las acciones que están cometiendo. Por momentos dirías que a alguno le sobrevuela la sombra de un misterioso abatimiento. ¿Fatiga? ¿Asco? ¿Un rescoldo de temor de ese dios tan grande que creen tener para ellos solos, y al que dan profusas gracias cada vez que la cosecha roja de judíos es abundante? No es que yo sea perversa o morbosa, saben; es que lo dicen así mismo.

Yo no sé a estas alturas qué salida tiene el infierno de Gaza. Amigos que quiero, respeto y admiro me mandan foto tras foto de la destrucción, por ejemplo, del Instituto Hispano-Palestino de Educación Superior. En abril de 2023 era un edificio blanco y lleno de promesas. Ahora, apenas un montón de escombros. Como los túneles bajo los hospitales y los centros de la ONU donde Hamás agazapa sus Estrellas de la Muerte. Y mientras escribo estas líneas, sigue creciendo, inconmensurable, inabarcable, el odio.

«¿Se lo pensaron dos veces los aliados en la Segunda Guerra Mundial antes de bombardear Dresde, Tokio, Hiroshima?»

Yo no sé cómo se sale de ahí. Cuando los que bien conocen mi apasionada defensa del derecho de Israel a existir y a defenderse tratan de poner en jaque mi compasión, cuando me recuerdan lo que ya sé, lo que ya todos sabemos, que no todos los habitantes de la franja son terroristas ni asesinos, yo más que respuestas, sólo les puedo devolver preguntas. ¿Y qué harías tú si fueras el primer ministro o la primera ministra de Israel? ¿Cómo defenderías a tu pueblo, el único en toda la tierra al que se le exigen virtudes que no se esperan de nadie más? ¿Se lo pensaron dos veces los aliados en la Segunda Guerra Mundial antes de bombardear Dresde, Tokio, Hiroshima? ¿Mantuvieron abiertas las líneas telefónicas para la población civil sabiendo que eso significaría dar al enemigo una capacidad infinita de reorganizarse y rearmarse?

Yo si fuera israelí no me iría. Pelearía. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta qué? No lo sé. A los autoproclamados antisionistas, ¿se les ocurre un sionismo, un destino de recambio? ¿Qué hacemos con esta gente inmolada en todas las miserias de la Historia? De la Europa del Holocausto huyeron los que pudieron. Los que no…ay.

Por primera vez me he preguntado hoy, viendo las imágenes, brutales y en bruto, del 7 de Octubre: ¿y a dónde pueden huir los causantes de todo este horror? ¿A dónde vas cuando el infierno eres tú? Países enteros que dicen apoyarles no les quieren dentro de su perímetro nacional. Ni moral. Hamás y sus huestes cavan y cavan cada vez más profunda la zanja de un odio bíblico del que, si llegaran a dudar un solo segundo, ¿soportarían seguir, no ya viviendo, sino siendo? ¿Cómo se retorna de una inhumanidad tan extrema si no es decapitando de raíz todo atisbo de conciencia?

Ha querido la casualidad que todo esto que les estoy contando haya coincidido en el tiempo con la publicación de un libro íntimamente extraordinario, escrito por Xavier Pericay, prologado por Arcadi Espada, y fruto de 15 años de investigación de un equipo de varias personas alrededor de una sombra, de un fantasma, del perfume de una memoria: Aly Herscovitz, Cenizas en la vida europea de Josep Pla (Athenaica Ediciones).

«El libro de Pericay es una exploración de los límites y las imperfecciones de la memoria»

Aly Herscovitz, joven judía alemana de ancestros rumanos, fue amante de Josep Pla en el Berlín previo a Hitler y a la guerra. Pla le dedica un sucinto pero sugerente relato en sus Notes disperses, y bastantes años después admitió haber intuido primero, sabido después, que Aly había muerto quemada. Ciertamente. Víctima de la tristemente famosa redada del Velódromo de Invierno en París, pereció en Auschwitz.

El libro es la historia de una terca investigación por varios archivos, corresponsales y países. Hay que decir que averiguar, lo que se dice averiguar, averiguan muy poco. La señorita Aly Herscovitz se les escurre como la sombra de una aguja en un pajar de odio. En el libro hay mucha más digresión que investigación. No es un reportaje. Es más bien la frustración de un reportaje. Es una exploración de los límites y las imperfecciones de la memoria, cuando la memoria nace viciada de origen. Cuando lo que se sabe no se quiere saber, o no se quiere decir, o no se osa ni pensar. Cuando el relato a duras penas se sostiene porque no se resiste. Cuando el mismísimo Pla deviene sospechoso de hacerse trampas al solitario.

El libro del gran Pericay es un espejo donde da miedo mirarse, y de ahí, quizás, ese empeño en mal recordar, que es casi peor que olvidar.

Todo ello es lo que nos ha llevado hasta aquí, y al parecer nos sigue llevando. Que si se podía o no se podía escribir poesía después de Auschwitz, se solía, nos gustaba discutir.

Como si tuviéramos Auschwitz detrás, en vez de delante.

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