De Extremadura sí puede venir algo bueno
«Los sanchistas no quieren combatir a Vox. Están encantados con que crezca. Constituye el instrumento más preciado a la hora de mantenerse en el poder»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Muchas son las lecciones que nos están llegando de Extremadura. En la noche del mismo día 21 de diciembre, según se iban conociendo los datos de los comicios, resultaba sumamente esclarecedor escuchar a la mayoría de los comentaristas de TVE y de la Sexta, queriendo convencernos de que había un perdedor claro que era el PP y su candidata Guardiola, porque, según decían, no solo no había conseguido su objetivo, sino que había perdido votos, por supuesto sin matizar que la participación se había reducido sustancialmente.
Basta contemplar las cifras para conocer quién ha sido el ganador y quién el perdedor. Guardiola obtuvo el 43,1% de los votos, superando el 38,8% conseguido en las elecciones anteriores (gana casi cinco puntos); mientras que el PSOE ha bajado del 39,9% de las elecciones pasadas al 25,8% de estas, es decir, pierde 14 puntos, lo que se traduce en 10 escaños menos. El PP consiguió un diputado más, casi mayoría absoluta. El hecho de no haber alcanzado los 33 escaños deseados no puede llevarnos a considerar al PP como perdedor cuando tiene más escaños (29) que toda la autodenominada izquierda —por designarla de alguna forma— (25) y más votos (43,1%) que el PSOE y Vox juntos (42,8%). Ganador y perdedor creo que están muy claros.
Es cierto que Vox ha crecido significativamente, lo que representa para ese partido un triunfo incontestable, pero conviene relativizar el tema. Su incremento no puede ocultar que es la tercera fuerza, con un 17% de los votos. Y al igual que ocurre con el crecimiento de Podemos-IU no debe hacernos olvidar que es el cuarto partido, con el 10,2% de los votos.
Todos los sanchistas (comentaristas incluidos), en tono de reproche a Guardiola, han preguntado qué sentido ha tenido haber disuelto las cortes regionales, si el único resultado conseguido es haber incrementado el poder de Vox. Cualquiera podía contestarles que, si bien la convocatoria de elecciones era una prerrogativa del Gobierno regional, tanto PSOE como Vox podrían haber evitado su celebración votando afirmativamente los presupuestos. Por otra parte, en buena lógica democrática, a Guardiola, dado que no conseguía aprobar las cuentas públicas, no le quedaba otro remedio que disolver las cortes, tanto más cuanto que el PP, y en general todo demócrata, venía criticando la permanencia de Sánchez en el Gobierno sin haber aprobado un solo presupuesto en toda la legislatura.
Estas elecciones han tenido además otra razón de ser, mostrar en qué ha convertido el sanchismo al Partido Socialista. Por supuesto que llevar como candidato a un imputado, a punto de ser juzgado de malversación y poco después de ser acusado de fraude de ley por el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, no podía ayudar a los resultados electorales. Pero nos engañaríamos radicalmente si pensásemos que todo comienza y termina ahí. Nos equivocaríamos también si echásemos toda la culpa de la debacle electoral a los múltiples casos de corrupción o a los últimos escándalos de acoso sexual. El problema es más profundo.
«Muchos votantes del PSOE se sienten humillados al constatar que su Gobierno se arrastra ante un prófugo de la justicia»
Extremadura, junto con Andalucía ha sido tradicionalmente un feudo socialista, pero, precisamente por ello, los extremeños no pueden por menos que sentirse profundamente defraudados y resentidos al comprobar que a lo largo de estos siete años toda la política sanchista se ha orientado a primar y beneficiar a Cataluña y al País Vasco, al tiempo que observaban que su comunidad era postergada en todas las materias. Muchos extremeños, al igual que otros muchos votantes del PSOE de otras partes de España, se sienten profundamente humillados al constatar que su gobierno se arrastra ante un prófugo de la justicia y se arrodilla ante unos golpistas que han pretendido y pretenden romper el Estado. Del mismo modo, habrán sentido una enorme rabia al ser conscientes de que el PSOE está dispuesto a blanquear todo lo que sea necesario a los herederos y defensores de los terroristas.
No puede por menos que chocar, y al mismo tiempo indignar que Sánchez en sus distintas apariciones tras las elecciones extremeñas no haya hecho ninguna alusión a la debacle, y que se comportara como si no pasase absolutamente nada, o el tema no fuese en absoluto con él. Incluso adelantó su comparecencia de fin de año para no tener que dar cuenta de la derrota.
Digan lo que digan sus monaguillos, el desastre alcanza de lleno a Sánchez. En primer lugar, porque el procesamiento que se cernía sobre el candidato obedecía al hecho de haber favorecido de manera ilegal al hermano de Sánchez. Es más, existe la sospecha bien fundada de que si a pesar de la imputación se ha mantenido la candidatura de Gallardo ha sido para conseguir que siguiera aforado y que esta misma condición alcanzase a David Azagra. Pero es que si, como ya hemos dicho, trascendemos la personalidad del candidato y penetramos en las verdaderas razones del fracaso, este recae en su totalidad sobre el presidente del Gobierno, tanto por la totalidad de los casos de corrupción como por el mayor de todos ellos: el de comprar el Gobierno central y el autonómico de Cataluña con el dinero de todos los españoles.
No deja de resultar curioso que el señor Illa saque ahora a colación que el PSC constituye un partido distinto del PSOE y que por lo tanto a ellos no les afecta la corrupción. En primer lugar, los casos de corrupción se relacionan con el Gobierno antes que con el Partido Socialista y el PSC participa en el Gobierno en igual o mayor medida que el PSOE. Además, Illa y el PSC han caído en el mayor acto de corrupción, esto es, pactar con ERC un sistema especial de financiación para Cataluña. El precio que han pagado para adquirir el Gobierno de la Generalitat es la ruptura del sistema fiscal español y, por lo tanto, el equilibrio económico entre las regiones, condenando a una mayor depauperación a las regiones más desatendidas con la finalidad de engordar a las prósperas.
«Sánchez y Abascal se parecen bastante. Los dos propenden al caudillismo»
Los zascandiles que ahora rodean a Sánchez han mantenido un relato irritante y poco creíble. Culpabilizan al PP y a Guardiola de la subida de Vox por haber convocado las elecciones. Estas de ningún modo han sido la causa del avance del partido de Abascal, solo el medio que descubre una realidad previa y cuyo origen se encuentra en la prédica del sanchismo y su intento de estigmatizar a esa formación política. Vox y el sanchismo se retroalimentan. El presidente del Gobierno se autojustifica metiendo miedo con Vox; y Vox disculpa la dureza de sus posiciones en el sectarismo del autócrata. En realidad, Sánchez y Abascal se parecen bastante. Los dos propenden al caudillismo.
La nueva portavoz del Gobierno pide a Guardiola que no introduzca en las instituciones a aquellos, en referencia a Vox, que quieren destruirla; y lo dice la que es portavoz de un Ejecutivo que ha puesto al Estado a los pies de los golpistas y está dando el poder a los que mantienen como objetivo la ruptura de España. Y lo dice quien ha sido una íntima colaboradora de Cerdán y pertenece a los estamentos de poder de una agrupación que ha colaborado diligentemente en el blanqueamiento de Bildu y que entregado el Ayuntamiento de Pamplona a los herederos y defensores de los terroristas etarras.
Los sanchistas, en realidad, no quieren combatir a Vox. Están encantados con su existencia e incluso con que crezca. Constituye el instrumento más preciado a la hora de mantenerse en el poder. Si de verdad lo considerasen el culmen de todos los males y no quisieran que entrase en el gobierno o en las instituciones, al menos en Extremadura, lo tendrían muy fácil, solo deberían abstenerse en la investidura de Guardiola, tal como ha sugerido Rodríguez Ibarra.
Nunca he defendido la tesis de que tiene que gobernar la fuerza más votada. Nuestro sistema es parlamentario, con lo que pienso que el Ejecutivo lo debe formar el que consiga el mayor apoyo parlamentario, siempre que no sea, tal como ha hecho Sánchez, pactando con golpistas o filoetarras y pagando un precio inasumible, no solo desde el punto de vista democrático, sino también desde la propia ideología socialista.
«Lejos de debilitar a Vox, Sánchez pretende que adquiera fuerza, de manera que la sociedad lo perciba como una amenaza»
En esta ocasión, la tesitura en Extremadura es otra muy distinta. Si el PSOE pensase en serio que lo peor que le puede ocurrir a España, y más concretamente a Extremadura, es que Vox entrase en el gobierno o que pudiese forzar a que se implantasen sus ideas y medidas, lo lógico y lo que incluso estaría obligado a hacer sería abstenerse sin esperar a realizar ningún pacto con el PP, e impedir que Vox pueda chantajearle a lo largo de la legislatura. Es lo que hizo el PP en el País Vasco permitiendo que Patxi López fuera lendakari, con el objetivo de impedir que gobernasen los independentistas.
Pero es evidente que los intereses de Sánchez van por otros derroteros. Lejos de controlar o debilitar a Vox, pretende que adquiera fuerza, de manera que la sociedad lo perciba como una terrible amenaza, para presentarse a continuación como el único baluarte posible. Bien es verdad que Vox colabora a crear este espejismo comportándose muchas veces de manera cerril y dogmática.
A pesar de estar en las antípodas ideológicas, siempre he defendido el derecho de Vox a existir. Es más, he mantenido siempre que esta formación política no era comparable con los partidos golpistas o con Bildu. Podemos estar radicalmente en contra de sus opiniones o de las medidas que defienden, pero hay que reconocer que nunca han intentado cambiar la Carta Magna por procedimientos anticonstitucionales o penales, ni han defendido métodos violentos ni a fuerzas terroristas. Ahora bien, tienen pleno derecho a intentar ser mayoría, pero no a actuar e imponer su programa como si lo fueran.
«Lo peor de Vox es su comportamiento altanero y chulesco»
Con motivo de la situación política creada en Extremadura —que quizás no va a ser muy distinta de las que pueden generarse en otras comunidades, e incluso más tarde en las elecciones generales— se equivocarían radicalmente si olvidasen que, por mucho que hayan crecido respecto a unas elecciones pasadas, representan a una proporción pequeña de la población y que asumir posiciones maximalistas puede conducir a la ingobernabilidad, a que Sánchez permanezca en el poder e incluso a que Vox acabe desapareciendo.
Lo peor de Vox es su comportamiento altanero y chulesco. Han afirmado que votarían a favor de Guardiola si aceptaba sus 200 medidas. No parece un planteamiento demasiado realista de quien cuenta con el 17% del voto. Nos dicen que respetemos a sus votantes. Estoy totalmente de acuerdo. Pero habrá que completarlo afirmando que respeten ellos al 83% restante del electorado, que hoy por hoy no está de acuerdo con sus ideas.
Lo malo de los extremismos, sean del signo que sean, no es que defiendan sus ideas y trabajen para que sean mayoritarias, sino que quieran imponerlas como si lo fueran. Normalmente consiguen los efectos contrarios a los que persiguen y hacen las delicias del otro extremo. Aunque Vox no se lo crea, Sánchez está encantado con ellos.