The Objective
César Antonio Molina

La incivilización sanchista

«El presidente del Gobierno nos ha llevado al declive al poner en peligro los principios y la confianza en nuestra propia cultura y civilización»

Opinión
La incivilización sanchista

Ilustración de Alejandra Svriz.

De Sánchez ni siquiera quedará el olvido. Las arenas provocadas por las ruinas del país que nos dejará borrarán su propio rastro. Si una de las características de las grandes civilizaciones es su carácter pasajero, hay que preguntarse qué sobrevivirá de la incivilización sanchista. Aupado por los enemigos del país, se ha hecho cómplice de los mismos. Y para concederles sin descanso sus demandas demenciales y latrocínicas, se ha convertido en un personaje autoritario, cínico y populista de extrema izquierda. Aunque ya poca ideología le queda.

Su cuasidictadura «ilegítima» trata de extinguir nuestra democracia imponiendo la fe en sí mismo frente a la disparidad de opiniones ya jamás consultadas. Su progresismo adobado por casos de corrupción en los que él mismo directa o indirectamente está implicado se basa en la destrucción de quienes no piensan como él. La verdad es solo única y nadie puede contradecirle. Sánchez se ahoga y nos arrastra con él. El que ha reescrito el pasado y el presente, quiere quedarse en el futuro más inmediato, sin descartar otro de más larga ambición.

Desde que ha llegado al poder, casi nada funciona y lo que lo hace está en peligro. Nos quedamos sin luz, sin trenes, sin pantanos, casi sin Constitución y sin monarquía parlamentaria, sin Parlamento y Senado e incluso esta marea negra ha alcanzado a lo más alto del Ministerio del Interior, así como a la creciente y cínica desigualdad entre las comunidades autónomas. Sánchez podría haber aprendido de nuestra historia, pero no ha sido así. Él ha preferido ocupar un papel importante en las páginas negras de la misma. Pero en este declive inevitable nos encontramos todos. Y, sin embargo, aunque parezca inconcebible, todavía queda mucha gente que fanáticamente lo sostiene. Ningún gobernante está libre de errores, pero otra cosa es que los cometa conscientemente y nos implique a todos.

La historia patria es una larga lista de grandes acontecimientos, pero también de horrores y perversiones cometidas por sus gobernantes. Sánchez ha luchado denodadamente por integrarse en esta lista. Frente a la cooperación, frente al diálogo, frente al respeto a nuestras instituciones y a las extranjeras, se ha enfrentado a todas ellas. Hoy España, después del prestigio que consiguió durante las cuatro décadas pasadas, ha vuelto a la crónica negra de la UE, de la OTAN y de la ONU. Muchos países europeos se sienten amenazados por la Rusia de Putin; aunque también se sienten traicionados por la actitud displicente (él diría que pacifista) del presidente con respecto a las ayudas militares.

Este personaje que en mala hora nos ha tocado —y del que ya se están descubriendo todas las triquiñuelas antidemocráticas que hizo para ser el secretario general de un partido al que ha destruido también— es un antisistema que utiliza a su favor todos los instrumentos del sistema. Es un antiparlamentario al que le dan lo mismo las votaciones, pues él gobierna a través de los decretos leyes. Y su diplomacia es burda, confusa y lamentable. De ser un país del primer mundo, hemos pasado a figurar de manera destacada entre los del tercer mundo.

«Durante estos años decepcionantes se ha querido imponer unas reglas sobre qué creer, pensar y decir, cómo vivir y comportarse»

A la edad de oro que durante tanto tiempo vivimos, asociada a una cultura del optimismo, de la exploración, de la imaginación y la innovación (los años de la Transición y la democracia), el sanchismo ha impuesto otra oscurantista basada en mentiras y engaños. Incluso los muertos han sido levantados de sus tumbas para ser vilipendiados. Y los asesinos múltiples siguen saliendo en libertad sin haber cumplido sus penas y, por supuesto, sin manifestar arrepentimiento alguno. Además, pueden pavonearse con total descaro e impunidad delante de los familiares de las víctimas. Durante estos años decepcionantes se ha querido igualmente imponer unas reglas, instalando una serie de ortodoxias respecto a qué creer, pensar y decir; además de cómo vivir y comportarse. Una intromisión en la libertad individual jamás antes intentada. Por otro lado, y esto es lo más sangrante, nada menos que querían llevarlo a cabo unos corruptos sexualmente deleznables, pura y repugnante escoria. ¡Qué más cinismo se podría esperar!

Antes, los anticiclones nos protegían; ahora vivimos en medio de las borrascas que nos inundan tras veranos incendiarios. Nuestra economía, muy posiblemente trampeada a la manera de Tezanos, fluye, pero ¿hasta cuándo? El dinero, según dicen ellos propagandísticamente, abunda, ¿pero a dónde va a parar? Pantanos, puentes, vías de tren, sanidad, educación, autopistas, bosques, todo se desmorona peligrosamente. La muerte de cientos de personas (en Valencia y en el AVE, de forma clamorosa), según dice el presidente en el Parlamento, «son un bulo lanzado por el PP para contribuir al desgaste del Gobierno». Si lo fuera, que lo demuestre. Nada más fácil. Que rebatan las investigaciones de los técnicos y especialistas, de los periodistas, de los jueces y de la propia policía. Pero no todo son acusaciones e intimidaciones sin demostrar nada. Si algunos de ellos han mentido, ¡demándelos!, para eso están los tribunales. Pero no pasa nada de eso, tan solo insultos tras insultos.

Hoy estamos viviendo en un estado de miedo. Por ejemplo, el tren siempre ha sido un objeto cuasifamiliar, uno de esos lugares donde nos hemos sentido resguardados, un recuerdo de nuestra ancestralidad nómada. En una última encuesta, el 80% de los españoles confiesa ahora que les da miedo viajar en este medio de transporte después de todas las catástrofes que hemos conocido. Tampoco la gente está ya segura en sus casas: inundaciones, fuegos, derrumbes. Hay miedo en los jóvenes (trabajo, vivienda), a los que estamos perdiendo sin remedio porque se van fuera a encontrar una vida mejor.

Hay miedo a ese enfrentamiento irracional contra la OTAN en la situación prebélica en la que nos encontramos, y además, por ser la primera vez en la historia que se tienen a los EEUU en contra por los caprichos de su tirano. Hay miedo a todo lo que se desconoce de nuestra frontera sur. Miedo a la utilización política de la inmigración y llevarla a cabo con medidas radicales sin sentido de la realidad. Sin ir más lejos: si la seguridad social ya tiene problemas gravísimos, ¿qué pasará con el aumento repentino de más de un millón de personas? Y con todos los demás servicios sociales. El empobrecimiento general de todo un país nos llevará de nuevo a los menos desarrollados del espectro europeo.

«Está el miedo a la inseguridad jurídica después de interpretar las normas como mejor le convenga a este Gobierno»

Y, por supuesto, está también el miedo a la inseguridad jurídica después de interpretar las normas como mejor le convenga a este Gobierno. El caso de la amnistía es paradigmático. Miedo igualmente a la inteligencia artificial para la que todavía no se ha legislado. ¿Qué va a pasar cuando se aplique y destruya cientos de trabajos? Miedo a un nuevo apagón. No hay que olvidar el sentimiento de orfandad que provocó. Y, en estas últimas semanas, hasta miedo a un altísimo cargo de la policía acusado de violación y nombrado directamente para tan relevante puesto por este gobierno. Miedo a que las mujeres de nuevo sean tratadas como mercancía al servicio del patriarcado de turno al defender esta extrema izquierda que nos gobierna la legitimidad en el uso de esa atrocidad llamada burka. No hay más que oír las complacientes, y muy convencidas, palabras de Patxi López: «Llevar el burka forma parte de la expresión de la libertad religiosa».

Mientras tanto, con toda la gravedad de los asuntos citados, a esa gran intelectual llamada María Jesús Montero solo se le ocurre proponer —para disculparse por el dinero otorgado a Cataluña, contraviniendo totalmente la igualdad entre comunidades— «una ley de lenguas andaluzas, para expresarse sin complejos». O sea, el sevillano podrá hablar en español, con su propio acento, sin temor de que se le acuse de sevillano.

Cuando nos sentimos amenazados por guerras, pandemias, recesiones o conflictos civiles internos, a menudo se produce una respuesta de lucha o huida instintiva que nos lleva a ir a la caza de chivos expiatorios. También a refugiarnos detrás de muros físicos o intelectuales, por más que las amenazas complejas puedan conjurarse mejor mediante el diálogo que con el conflicto. Sánchez no es nuestro chivo expiatorio, nosotros sí lo somos de él. De ahí el muro que levantó para dividirnos y los continuos ataques contra la inteligencia y la racionalidad. Sánchez nos ha llevado al declive al poner en peligro los principios y la confianza en nuestra propia cultura y civilización. Su revisión de la historia sin historiadores, su wokismo sin conocimiento alguno, amenaza nuestra estabilidad como pueblo milenario.

Todos los accidentes naturales y humanos provienen en buena medida de esta desestabilización moral, ética y mental. El miedo provoca accidentes, y los accidentes son muy dados al miedo paralizante que crea la inseguridad personal y colectiva. La superstición nos invade: si cae Sánchez, todas las ayudas sociales desaparecerán, repiten una y otra vez sus feligreses. ¿Pero es que el sistema público de sanidad, educación, jubilación y demás protecciones sociales las inventó Sánchez? Muchos de sus más abducidos acólitos creen que sí y no hay manera de convencerlos.

El PP debería utilizar más tiempo y energía para explicar la realidad de todo esto, mínimamente expuesto, y aclarar que sus Gobiernos no solo mantuvieron estas ayudas, sino que contribuyeron a su ampliación y sostenimiento. Todo el mundo teme por lo suyo, es lógico, y por eso la irracionalidad, hábilmente inducida, se impone tantas veces. ¿Qué más da la falta de democracia, si a mí me ha ido bien con el autócrata?, se dirán muchos. La democracia debería haberse explicado en los colegios como la Constitución y no se hizo ni se hace aún. Y así vamos.

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