Quitarse el velo sobre Irán
«Solo si Occidente acepta que el resto del mundo tiene las mismas aspiraciones de vivir en libertad podrá por fin cerrar un ominoso ciclo de complicidad»

Ilustración generada por IA.
En 2004 volé a Varsovia para entrevistar a Ryszard Kapuściński para la revista Letras Libres. Me citó directamente en su casa, que me sorprendió por su modestia. La conversación se trasladó a su estudio situado en el ático. Allí, una tosca mesa de manera casi colapsaba bajo legajos polvorientos, cúmulos de papeles, carpetas, notas manuscritas, sobres y decenas de libros sobrepuestos en frágil equilibrio. En el techo, como si fuera un tendedero, colgaba una serie de alambres con fotos, textos, recortes de prensa y notas manuscritas sujetas por pinzas de ropa. Kapuściński me explicó su método de trabajo: de la mesa, o caos primigenio, ascendía al alambre solo aquello que, una vez revisado, sabía que iba a utilizar con toda certeza, aunque solo fuera para una cita o una nota a pie de página. Cada alambre representaba el tema de un reportaje o el capítulo de un libro. Era su manera de clasificar y jerarquizar.
Curiosamente, esa es la lógica con que articuló su célebre libro El Sha o la desmesura del poder. Del caos acumulado en su habitación de hotel en Teherán, seleccionó unas pocas fotos, notas y periódicos como la estructura narrativa con la que contaría el ascenso y caída de la dinastía Pahlavi y la triunfante revolución iraní del ayatolá Jomeini. La visita al refugio del nómada polaco no era, ciertamente, para hablar de ese libro en particular, sino del conjunto de su obra; pero tiene sentido recordarla ahora, cuando ha estallado la guerra abierta en Oriente Próximo ante el ataque de Israel y Estados Unidos a Irán y la respuesta errática de Teherán, que intenta extender el conflicto a toda la región, con la paradoja de haber unido por primera vez como aliados a Israel y a las monarquías petroleras del golfo Pérsico. La guerra se anuncia brutal, pero también constituye una oportunidad única de reconfigurar la dinámica política de Oriente Próximo y de liberar al pueblo de Irán de sus fanáticos captores.
Durante la entrevista, Kapuściński me dijo algo que es útil traer hoy a colación: «Occidente a veces ama las revoluciones que odian lo que Occidente es». Lo decía en referencia a la revolución islámica de 1979, pero se aplica a muchos temas y actores. Esa era también una de las obsesiones de Félix Romeo, la doble moral de los intelectuales que celebran en el tercer mundo revoluciones, guerrillas y gobiernos que no aceptarían en sus propios países, sobre la que escribió muchas y lúcidas columnas antes de que la muerte nos lo arrebatara prematuramente. La izquierda europea y latinoamericana defiende causas criminales bajo la bandera del antiimperialismo, y ningún caso es más sangrante que la defensa de Irán, un régimen que representa los valores opuestos a aquello que dice defender: un régimen teocrático para una izquierda que proclama laica; misógino hasta el delirio para una izquierda feminista; homofóbico para una izquierda defensora de las minorías sexuales.
Todas estas contradicciones quedaron de manifiesto en la reacción de la izquierda al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, con más de 1.200 civiles vilmente asesinados y decenas secuestrados, minimizando la pulsión genocida de Hamás, inscrita en su ideología, y sostenida por Irán. A la ceguera moral habría que sumar el antisemitismo. Eso sí, más allá de las intenciones de sus perpetradores, este ataque acabó siendo uno de los mayores errores geoestratégicos de la historia reciente, provocando la ruina de sus ejecutores y ahora por fin de sus patrocinadores.
Foucault visitó Teherán entre 1978 y 1979 y en los reportajes que publicó tras su visita alabó lo que describía como la «espiritualidad política» de la revolución. Admiró la protesta popular, la devoción colectiva y la aparente fuerza insurgente, pero ignoró que la revolución, mucho más amplia y plural en origen de lo que él quería ver, fue expropiada por los ayatolás, que traicionaron a todas las otras fuerzas sociales y políticas que se habían conjurado contra el sah. Lo que comenzó como un movimiento heterogéneo y democrático fue rápidamente convertido en un régimen teocrático autoritario que aplastó cualquier disidencia, eliminó minorías y consolidó un poder absoluto.
La historia reciente de Irán confirma que la agresión interna contra la disidencia y la agresión externa contra Occidente son dos caras de la misma moneda. La última represión de las multitudinarias protestas que sacudieron el país, alentadas irresponsablemente por Trump —que entonces no apareció para apoyarlos—, dejó más de 30.000 muertos. Antes, la muerte a golpes de jóvenes detenidas por llevar mal puesto el velo había desatado otra ola de protestas igualmente reprimidas con ferocidad. En el plano internacional, el atentado contra la AMIA en Buenos Aires, la fetua contra Salman Rushdie, el ataque a Alejo Vidal-Quadras en Madrid y el apoyo de Irán a Moscú en su invasión de Ucrania muestran el largo brazo internacional de los ayatolás y sus alianzas estratégicas.
La izquierda que todavía defiende al régimen y minimiza sus crímenes lo hace con una ofuscación ideológica que recuerda la fe religiosa, como pensaba Kolakowski. Un velo cubre no sus cabellos, sino sus ideas. Esto sin mencionar el sustrato antisemita de muchos de sus gestos y palabras.
Si en el plano intelectual, académico y político estas ideas se explican por los mecanismos del fanatismo, en el aparato cultural no son las ideas equivocadas las que imperan, sino la dictadura de los sentimientos, la ignorancia que se disfraza de buen corazón. También, el miedo a la pérdida de público o subvención y el fácil seguidismo de los bienquedas. Uno de mis placeres culpables es seguir la gala de los Goya, que año tras año se supera en infamia antisemita y en la indiferencia ante la violencia real en Oriente Próximo. Este año, su silencio sobre las tropelías de Irán, sobre los crímenes de sus aliados y sobre la represión en Teherán es ya profundamente inmoral. A esa indiferencia se suman delirios públicos como los de Luis Tosar, que exalta la «resistencia heroica» de Gaza sin reconocer la opresión interna ni la violencia indiscriminada contra Israel, o los elogios extraviados de Susan Sarandon sobre Pedro Sánchez, cuya fascinación romántica recuerda los tópicos sobre España de Próspero Mérimée.
Estados Unidos, por su parte, ha demostrado ser excelente para ganar guerras, sobre todo desde el aire, como lo mostró en Irak y Afganistán, pero un pésimo y errático administrador de la victoria. Derrocar a los ayatolás no basta; la verdadera responsabilidad consiste en ayudar al bravo pueblo de Irán a fundar una democracia sólida, con instituciones independientes, elecciones libres y respeto a los derechos humanos. No se trata de encumbrar a un títere al servicio de Trump, y que Estados Unidos se adueñe de sus inmensas reservas de petróleo como ya hizo en Venezuela, sino de regresarle la voz, la palabra y el poder real al pueblo iraní. Esa posibilidad no existía con los ayatolás, pero tampoco existía con el sah y su supuesto Gobierno prooccidental, que no era más que una mascarada para el latrocinio de una familia.
La fascinación de Occidente por sus enemigos es incomprensible. Solo si Occidente acepta que el resto del mundo tiene las mismas aspiraciones de vivir en libertad y aplica un filtro ético a su mirada condescendiente, podrá por fin cerrar un ominoso ciclo de complicidad y desastre que nació en las universidades, se extendió a los medios y hoy llega a la farándula y el espectáculo.