La perversa inocencia europea
«El desarme cultural, energético y estratégico de Europa no fue obra de un bando: fue un fracaso sistémico de unas élites que prefirieron el consenso a la verdad»

Ilustración generada mediante IA.
«Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben»
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso.
En enero, Mark Carney subió al escenario de Davos y pronunció un discurso que debería haberse dado hace 20 años. El primer ministro canadiense no anunció nada que los realistas no supieran ya, pero lo hizo con una claridad que en la política occidental se había convertido en una especie de tabú: el orden internacional basado en reglas ha muerto. «No se trata de una transición», dijo, «sino de una ruptura». Y añadió algo que en Europa debería haber provocado un terremoto político: la nostalgia no es una estrategia. Durante décadas, países como Canadá —y, añado yo, como los europeos— pusieron el cartel en el escaparate, fingiendo que las normas funcionaban igual para todos, mientras las grandes potencias las violaban cada vez que les convenía.
Apenas dos meses después, Ursula von der Leyen ha venido a confirmar la tesis de Carney con una doble confesión que, juntas, dibujan el retrato más preciso de la decadencia europea. Primera confesión: «Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá». Segunda: Europa «cometió un error estratégico al alejarse de la energía nuclear». Dos admisiones que, separadas, son graves; juntas, son devastadoras, porque revelan que la clase dirigente europea sabía —o debería haber sabido— que estaba desarmando al continente mientras predicaba un evangelio de reglas que solo ella se creía.
La cuestión es cómo llegamos hasta aquí. Y la respuesta no está en la mala suerte ni en la complejidad del mundo. Está en lo que podríamos llamar una inocencia perversa: la aceptación acrítica, cuando no entusiasta, de un conjunto de narrativas que, bajo la apariencia del progreso moral, operaban como caballos de Troya destinados a desarmar a Europa en todos los frentes. En lo social, la multiculturalidad como dogma —no como realidad a gestionar— fragmentó las cohesiones nacionales que son el sustrato de cualquier proyecto político viable. En lo económico, un ecologismo maximalista que no distinguía entre transición y suicidio industrial destruyó tejido productivo, encareció la energía y nos hizo dependientes de quienes no compartían nuestros escrúpulos. En lo tecnológico, una regulación asfixiante castró nuestra capacidad de innovar mientras China y Estados Unidos nos adelantaban sin complejos. Y en lo militar, aunque para eso no necesitamos ayuda de nadie: llevamos décadas subcontratando nuestra seguridad a Washington y llamándolo «alianza».
Conviene ser justos en el diagnóstico, porque lo fácil sería convertir esto en una diatriba contra la izquierda. Es cierto que una izquierda huérfana de referente ideológico tras la caída del Muro abrazó la cultura woke como sucedáneo identitario, y que desde sus púlpitos políticos, mediáticos y académicos la fomentó con un fervor que solo se explica por el vacío que necesitaba llenar. Pero no es menos cierto que la derecha política aceptó el marco sin rechistar. Por cobardía, por cálculo electoral, por miedo a ser señalada como reaccionaria, la derecha europea se limitó a gestionar las consecuencias de unas narrativas cuyas premisas nunca se atrevió a cuestionar. Nadie miró más allá, o muy pocos, y a quienes lo hicieron se les canceló con eficacia. El resultado es que el desarme cultural, energético y estratégico de Europa no fue obra de un bando: fue un fracaso sistémico de unas élites que, cada una por sus razones, prefirieron la comodidad del consenso blando a la incomodidad de la verdad.
El ejemplo nuclear es paradigmático. Alemania cerró sus reactores en 2023 obedeciendo a una decisión que Angela Merkel —democristiana, no lo olvidemos, del mismo partido europeo que Von der Leyen— tomó bajo presión emocional tras Fukushima, no tras un análisis estratégico. España mantiene un calendario de cierre escalonado mientras su ministra de Transición Ecológica habla de «apuesta ganadora» por las renovables, como si la seguridad energética de un continente en guerra pudiera fiarse de la intermitencia del viento. Mientras tanto, Francia —que nunca abandonó la nuclear— es hoy el único país europeo con algo parecido a soberanía energética. La ironía es brutal: Von der Leyen anuncia 200 millones de euros para reactores modulares pequeños en el mismo momento en que admite que el mundo de las reglas se ha acabado. 200 millones. Un presupuesto que no cubre ni la mitad de un estadio de fútbol, para reparar un error estratégico de décadas.
«Sánchez —el que fue preferido de Von der Leyen— sigue atrapado en narrativas de desinformación y decadencia»
Pero lo verdaderamente inquietante no es el error. Es que muchos de quienes lo cometieron sabían exactamente lo que hacían. Von der Leyen y los próceres de la Unión jugaron a un juego de narrativas blandas en el que cualquier voz que alertara sobre la realidad geopolítica era cancelada como populista, como reaccionaria, como enemiga del progreso. La pregunta que nadie formula —y que alguien debería investigar con rigor— es quiénes jugaron a ese juego siendo plenamente conscientes de que estaba diseñado para convertir a Europa en un parque temático: un espacio de consumo y buenas intenciones, vaciado de poder real, incapaz de defenderse, perfecto para ser colonizado económicamente por unos y debilitado estratégicamente por otros.
Y esto no es nada nuevo. Qui prodest. Cuando nos preguntamos quién se beneficia de la decadencia europea, la tentación es mirar al otro lado del Atlántico, hacia la ictericia y el desdén con que Trump trata al viejo continente. Pero sería un error detenerse ahí. Hay que mirar hacia quienes solo ven en Europa un mercado cautivo y hacia aquellos para quienes la debilitación europea es el camino necesario hacia sueños imperiales propios. La Unión Soviética ya perfeccionó este tipo de operaciones de calado cultural: «Nuclear no, gracias» era el eslogan que recorría las capitales occidentales mientras Moscú construía centrales a destajo al otro lado del Telón de Acero. Los movimientos pacifistas de los ochenta exigían el desarme unilateral de la OTAN, jamás del Pacto de Varsovia. Y los primeros ecologismos de masas florecían en Occidente mientras los humos de las siderurgias comunistas no dejaban ver el cielo de Katowice o de Magnitogorsk.
Hoy, en España, los posos de aquella ingeniería cultural siguen campando a sus anchas. Sánchez —el que fue preferido de Von der Leyen antes de que ella misma descubriera que el mundo real existía— sigue atrapado en narrativas de desinformación y decadencia. Su juego corto contra Trump es el ejemplo perfecto: gestos grandilocuentes para consumo interno que generan consecuencias largas en un tablero que no perdona la frivolidad. Mientras Carney habla de construir fortaleza interior y alianzas pragmáticas, mientras Von der Leyen al menos tiene la honestidad de reconocer que el viejo mundo se acabó, el presidente del Gobierno de España sigue jugando a la política como si el siglo XXI fuera un problema de comunicación que se resuelve con un buen tuit.
Carney dijo en Davos algo que debería grabarse en la puerta de todas las cancillerías europeas: «Si no estás en la mesa, estás en el menú». Europa lleva demasiado tiempo fuera de la mesa, convencida de que las buenas maneras la protegerían de los apetitos ajenos. El onírico mundo de las reglas —seamos honestos de una vez— solo existió gracias a los grupos de portaaviones de Estados Unidos y a las divisiones blindadas soviéticas. Las únicas reglas eran las de los intereses de las dos grandes superpotencias, y nosotros tuvimos la suerte de estar en el lado correcto del equilibrio. Esa suerte se acabó. No porque Trump sea un bárbaro o porque Putin sea un tirano, sino porque el equilibrio que nos protegía ya no existe y no hemos construido nada que lo sustituya.
O reaccionamos o llegará un momento en que la Historia nos atropellará. Europa y sus políticos deben hacerse mayores. Y hacerse mayores empieza por dejar de fingir —como pedía Carney citando a Havel— y por investigar sin complacencia quiénes han sido partícipes, activos o negligentes, de estas corrientes culturales destinadas a desarmar al continente. No se trata de buscar conspiraciones, sino de hacer lo que cualquier estratega serio haría: un análisis forense de cómo llegamos a esta vulnerabilidad y quién la alimentó. Porque mientras nosotros debatíamos sobre pronombres y pajitas de plástico, otros construían gasoductos, reactores y ejércitos. Y ahora que el mundo que inventamos resulta que nunca existió, nos descubrimos desnudos, sin energía, sin defensa y sin relato. Espero que no sea demasiado tarde. Exactamente donde alguien quería que estuviéramos.