The Objective
Antonio Agredano

El odio

«No me siento interpelado por nuestro Gobierno cuando habla de este tema. Por qué llamar a ese ridículo observatorio Hodio, pudiéndolo llamar Unidos Odiamos»

Opinión
El odio

Ilustración de Alejandra Svriz.

Odiar es agotador. Le seca a uno por dentro. Demasiado esfuerzo en tan poca cosa. Diferente es la venganza, esa virtud dorada. A veces, cuando a las 06.45 suena mi despertador, y estiro el brazo y tanteo el móvil para apagarlo, pienso en quienes no soporto, en que ojalá la vida me dé una semana o un año más para intentar borrarlos de mi vida o verlos caer o arrastrarse o venir a mí buscando clemencia y poder bajar el pulgar mirando al público. A mí me ayuda a salir de la cama, la verdad. Da un nuevo brío a las mañanas pensar en quien te quiere mal o quien hace lo posible para pisarte y cómo sacar fuerzas para resistir en pie. Pero eso no es odiar.

Odiar es escandaloso y yermo. Odiar es algo pastoso y caliente y se te acelera el corazón y se nubla la mirada y confundes los árboles con enemigos. Odiar es un laberinto en el que corremos solos. Eternos pasillos sin minotauro, solo nuestra respiración agitada. Pero la venganza, ¡ay!, es una gimnasia fresca, burbujeante, cítrica, que requiere lucidez y paciencia, y hasta afecto por el rival. Porque lo observas, lo escuchas —con el único fin de destruirlo, tarde o temprano, en este circo romano que es la vida—, lo arrullas, incluso; porque hay que cuidar a los antagonistas, como a personajes de nuestra propia novela

Odiar es de horteras y de gente con prisa. No me siento interpelado por nuestro Gobierno cuando habla de este tema. Ensayan su monólogo frente al espejo. Hablan de sí mismos inevitablemente, como novelistas contemporáneos, en una suerte de autoficción algo paródica. Por qué llamar a ese ridículo observatorio Hodio, pudiéndolo llamar Unidos Odiamos o algo mejor. «La sonrisa de un país», ¿se acuerdan? 

Yo sé que muchos de ustedes ni odian ni buscan venganza. Y qué decir de la gente autoproclamada progresista o ese amigo que, en cada conversación, ya sea de fútbol, hortalizas o cine, se apresura a decir «yo es que soy de izquierdas», como quien juega al póker con dos ases asignados por el crupier antes de repartir las cartas al resto de jugadores. 

Yo sé que muchos de ustedes son seres de luz. Y que este Gobierno nuestro nos guía de la mano por el verde prado de la democracia. Señalando a las ovejas negras del rebaño. Y hablan del odio como algo ajeno, como un lejano, un oscuro exotismo de dos calles más allá. Como si el odio fuera patrimonio de los fascistas o de los poco leídos. Como si el odio no fuera lo que es, la pereza llevada a la perversión. Un sustituto de la escucha y de la duda. Un traje hecho a la medida de quien todo lo teme y en nada cree. El odio está en todas las casas, como los muñecos Funko. En todas las plantas, en todas las castas, engordado como un pato con el pienso de nuestras frustraciones, nuestra ambición y nuestra ignorancia.

«Odiar es castigar a los distintos. Qué pequeñitos parecen quienes lo airean»

Leía ayer un edificante post del periodista Pedro Vallín. He escrito y borrado no menos de 20 contestaciones en X dirigidas a Pedro Vallín. Pero doy gracias a Dios que siempre conté hasta diez antes de publicarlos. Tuvo a bien el hombre compartir esto: «Deseé que no ocurriera, pero al final el velatorio periodístico por Raúl del Pozo ha sido una machistada nostálgica bastante apestosa. No era su mayor fan, pero su trayectoria merecía más que un elogio de su camaradería hemingwayana de cazador de elefantes y levantador de faldas».

Tengo algún conocido en ese grupo de hombres que llevaron sobre sus hombros el ataúd de su amigo. Y sé lo que han llorado y lo que han velado el lento adiós de ese escritor que se nos fue. Leí el tuit y quise entender qué quería decir. ¿Tal vez una ley de cuota de género de portadores de féretros? ¿Paridad en la amistad y en el dolor? ¿A qué se referirá con machistada nostálgica bastante apestosa? ¿Es llorar a tus muertos varones un privilegio del patriarcado? ¿Qué huele peor? ¿Su tuit o esos seis hombres que sobre su espalda llevan el peso de una ausencia que ya no tendrá consuelo?

¿Es odio su post? ¿Será perseguido por Hodio un comentario tan inoportuno, tan desagradable, tan gratuito contra la memoria de alguien que se fue y la dignidad de quienes le recuerdan? Yo creo que él odia a mucha gente, pero yo no odio a Vallín. Porque odiar sería darle demasiada importancia. Y creo que cada cual lleva en su frente, como una corona astillada, el filo de sus propias palabras y el legado que dejará cuando, inevitablemente y como todos, se vaya.

Vallín y personas como él, sectarios, provocadores, cínicos y extemporáneos, hay muchos. Como se creen ungidos por la verdad y la razón, arrasan a su paso sin pensar en nada más que ellos. Odiar es castigar a los distintos. Qué melancólico mecanismo es el odio. Qué pequeñitos parecen quienes lo airean. Y esas palabras que, como flechas vencidas por el viento, volverán al lugar de donde partieron. 

Yo aspiro a un mundo mejor. Por mis hijos, mayormente. Con menos odio y más amor. Con más silencio que estupideces. Con buen vino y buenos amigos. Y que, poco a poco, como la niebla, se vayan disipando los idiotas con sus idioteces, los odiadores con sus odios y los listos con sus listezas.

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