The Objective
Nacho Martín Blanco

Sánchez tropieza consigo mismo

«Aumentar el gasto militar no tiene por qué implicar la reducción del gasto social. Invertir en Defensa es invertir en I+D+i y favorecer un sector estratégico»

Opinión
Sánchez tropieza consigo mismo

Ilustración generada mediante IA.

Más allá de la inconsistencia flagrante de enarbolar a bombo y platillo el «No a la guerra» y al día siguiente mandar a Chipre nuestra mejor fragata, la reacción de Pedro Sánchez tras la intervención de EEUU en Irán resulta tanto más cuestionable cuanto que llueve sobre mojado, después de negarse el presidente del Gobierno de España a incrementar el gasto en Defensa hasta el 5% del PIB.

Ese aumento —firmado en la última cumbre de la OTAN por todos los Estados miembros, incluida España— fue considerado por los gobernantes de los principales países de la alianza una medida razonable tras la invasión rusa de Ucrania. La amenaza rusa a la estabilidad de Europa justifica por sí sola el aumento del gasto militar promovido por Trump y asumido por las principales potencias europeas, pero no es el único argumento que respalda la procedencia de tal incremento. Por muy redituable que pueda resultar el discurso antibelicista para un gobernante demagogo y populista, invertir en Defensa es invertir en I+D+i y favorecer un sector estratégico de alto valor añadido para nuestro país.

Por otra parte, es falso que aumentar el gasto en Defensa suponga necesariamente —como dice Sánchez— reducir el gasto en ámbitos fundamentales del Estado del bienestar como la sanidad, la educación o los servicios sociales. El caso de Suecia resulta ilustrativo, pues probablemente se trata de la quintaesencia del Estado del bienestar, pero ello no es óbice para que su inversión per cápita en Defensa sea el doble que la de España. Deshagamos de una vez este entuerto: aumentar el gasto militar no tiene por qué implicar la reducción del gasto social. No se trata de enervar servicios esenciales, sino de racionalizar el gasto público reduciendo partidas superfluas, eliminando duplicidades y priorizando lo verdaderamente importante.

El caso es que Sánchez —en su obsesión electoralista por convertirse en la némesis de Trump— exhibió con fanfarria su negativa a colaborar con nuestros socios europeos y EEUU en un objetivo de todo punto razonable, lo cual debilita ahora sobremanera su posición con relación a la escalada en Oriente Medio.

Lo que no es de recibo es que España se beneficie de la seguridad que da contar con la protección de EEUU en un entorno internacional conflictivo, pero después se niegue a cooperar cuando EEUU reclama aumentar el gasto militar ante la acuciante amenaza de Rusia sobre la UE, y especialmente sobre socios vulnerables como Estonia. Y lo que es, directamente, intolerable es que España no solo se beneficie de la salvaguardia de EEUU, sino que encima, cuando EEUU —que en la práctica garantiza nuestra seguridad— reclama nuestra cooperación, el presidente del único gobierno de la OTAN que se negó a incrementar el gasto en Defensa le niegue el pan y la sal a su protector. Es el colmo de la deslealtad.

«Sánchez ha vuelto a despreciar la democracia parlamentaria, como ya hizo con el vuelco en relación al Sáhara»

Si Sánchez hubiera asumido en su momento una demanda tan razonable como la del 5% en Defensa, ahora su posición con relación a la intervención en Irán sería acaso defendible con arreglo a una interpretación pro domo sua del derecho internacional y la guerra justa. Interpretación, por cierto, que Sánchez debería haber llevado a debate a las Cortes, donde está representada —que no residenciada— la soberanía nacional, que reside en el pueblo español.

Pero Sánchez ha vuelto a despreciar la democracia parlamentaria, como, por cierto, ya hizo cuando hace apenas tres años decidió dar un vuelco a la tradicional posición de España con relación al Sáhara Occidental y abandonar al pueblo saharaui a su suerte frente a la ilegal ocupación marroquí. Entonces, el derecho internacional le importaba un ardite a quien ahora se autoerige en su paladín frente a Donald Trump.

«El antibelicismo de Sánchez es, como todo lo que hace, pura filfa, propaganda de consumo interno»

Su ulterior defensa del derecho internacional resulta tan inconsistente como toda su trayectoria: desde su negación de Podemos, Bildu y compañía como socios de gobierno para después gobernar con todos ellos, hasta su sobrevenida exaltación de la bandera de España después de pisotearla para solazar a sus socios parlamentarios, unidos precisamente por el odio a España y sus símbolos nacionales.

El antibelicismo de Sánchez es, como todo lo que hace, pura filfa, autobombo, propaganda de consumo interno en una búsqueda desesperada de un golpe de efecto que le permita convocar elecciones con alguna posibilidad de no descalabrarse. Si no, siempre le quedará el Peugeot…, aunque ya no tenga quien le acompañe.

Nacho Martín Blanco es diputado del PP en el Congreso

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