HODIO
«Hay un cinismo indecente en invocar la higiene pública después de años de manipulación, en fingir combate contra la polarización cuando se vive de ella»

Ilustración de Alejandra Svriz
Hace una semana que Sánchez presentó HODIO, Huella del Odio y la Polarización, su nueva herramienta para vigilar las redes.
En abstracto, suena impecable: identificar la violencia verbal, rastrear su difusión, limitar su rentabilidad algorítmica.
En concreto, la cosa cambia. Porque lo que se vende como higiene democrática puede acabar siendo control ideológico y político.
Y es que el problema no es la fórmula: es, sobre todo, quién la maneja. Con este Gobierno sobran motivos para desconfiar.
Por partes.
«El sanchismo ha llamado ‘bulo’ a todo lo que le incomodaba, ‘pseudomedio’ a quien le criticaba, ‘fachosfera’ a lo que no controlaba»
Desde el punto de vista ético, el mecanismo moral es profundamente turbio. Primero se adultera el lenguaje, se fabrica el barro, se pone en marcha el juego. Luego, se finge escándalo porque «todo está manchado»… para culpar al que protesta. Ese es el truco. Brutal.
Recordemos que el sanchismo ha llamado «bulo» a todo lo que le incomodaba, «pseudomedio» a quien le criticaba, «fachosfera» a lo que no controlaba y «ultra» a quien le llevaba la contraria. Ahora pretende acusar de envenenar el clima público a cualquiera que detecte la maniobra.
Hay un cinismo indecente en invocar la higiene pública después de años de manipulación, en denunciar la tergiversación mientras se tergiversa, en fingir combate contra la polarización cuando se vive de ella. Hace falta tener cara para ofrecerse como dique contra el fango cuando eres el que mejor chapotea en él.
Porque, conviene decirlo: ningún algoritmo ha degradado tanto la conversación pública española como este poder, que ha hecho de la mentira táctica una forma de gobierno. No hay plataforma más tóxica para la democracia que un Ejecutivo que llama concordia a la propaganda y odio a la crítica.
«Se trata de decidir qué palabras pueden usarse y cuándo la discrepancia deja de ser una opinión para convertirse en patología»
Pero si la cuestión moral es grave, el problema técnico es más tremendo todavía porque dispara al corazón de la democracia. La clave es que no se trata ya de ganar la discusión o el relato: se trata de decidir qué palabras pueden usarse, quién tiene derecho a pronunciarlas y cuándo la discrepancia deja de ser una opinión para convertirse en patología. Cuando el adversario no se equivoca, intoxica; el periodista no pregunta, erosiona; y el ciudadano no desconfía, odia, se ha cruzado una línea roja. Un Gobierno que no intenta persuadir al discrepante sino clasificarlo plantea un problema muy serio. Porque la democracia no consiste solo en votar cada cuatro años: consiste también en dejar circular el disenso sin que nadie administre la categoría de odio como la de herejía.
Hace dos días murió Jürgen Habermas. Mientras preparaba esta columna, pensaba que la coincidencia tiene algo de epitafio.
Habermas planteaba que el lenguaje es un puente para construir una esfera pública común. Sánchez lo usa como un muro.
Habermas defendía una ética del discurso fundada en el debate libre entre iguales, sin coerción, sin miedo: una ley solo es justa si todos los afectados la han admitido tras discutirla libremente, sin que nadie les presione.
«En 2017, Maduro presentó su Ley contra el Odio con un lenguaje inquietantemente parecido»
El HODIO de Sánchez nace exactamente al revés: la presión antes del debate, la sospecha antes de la palabra, el obstáculo antes de la conversación. Es el antídoto de la acción comunicativa.
Finalmente, desde el punto de vista político, la propuesta es una aberración. El colmo del trilerismo es que se invoque Europa para hacer lo contrario de lo que Europa dice. La DSA no se diseñó para que cada Gobierno improvise su pequeño ministerio de la vigilancia. España aparece en el club europeo al que la vigilancia le parece una tentación razonable, como demostró alineándose con Hungría en el ChatControl, pero ya hay precedentes como la Loi Avia francesa (que pretendía retirar contenidos en tiempo récord) que han sido tumbados por lesionar la libertad de expresión.
La genealogía profunda de HODIO no está en Estrasburgo. Está en Caracas. En 2017, Maduro presentó su Ley contra el Odio con un lenguaje inquietantemente parecido. El tiempo ha mostrado que ha sido un mecanismo de vigilancia y coacción.
Una democracia sin libertad de expresión, sin espacio cívico al margen del poder, no es democracia. Es otra cosa. HODIO dice nacer para rastrear el odio ajeno, pero servirá sobre todo para blindar el cinismo propio. Al tiempo.