The Objective
Fernando R. Lafuente

El final de las páginas

«Un mundo se apaga. Sin páginas, sin remite hacia ellas, quedan textos unos debajo de otros que pueden sucederse hasta el límite del mero juego alfabético»

Opinión
El final de las páginas

Ilustración generada mediante IA.

Un mundo se apaga. Una forma de entender, interpretar, vivir la realidad. Siempre fue así. Máxime en los cambios de siglo (y no se recomienda olvidar que éste cambio de siglo que hemos vivido ha gozado de un añadido único: cambio de milenio). Un mundo que languidece y otro que no termina de llegar. Inquieta y conmueve. La invención de la imprenta, hacia la mitad del siglo XV, cambió radicalmente la manera de leer, de comunicarse.

La aparición del libro, con sus portadas, disposición tipográfica, número de páginas, provocó, entre sus muy felices hallazgos, la irrupción de la novela moderna. Y se multiplicó el acceso al conocimiento y al placer de leer, en solitario. Una tecnología (siempre el avance de la tecnología aparece como algo semejante a la magia) que transforma, desmenuza y abre nuevos horizontes. La imprenta permitía establecer un diálogo profundo entre el autor y el lector. Un diálogo que se prolongaba entre los propios libros. Una tradición y, claro está, un canon.

Esa forma de leer marcó a la civilización hasta anteayer. La difusión, la divulgación (divulgar no es vulgarizar), el viaje de los libros a través de geografías, siglos y gentes, la formación de bibliotecas, el momento clave en el que aparecen las colecciones de bolsillo, con la idea, surgida en las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos de: «millones de libros para millones de lectores», los periódicos, la edad de oro de las revistas, de manera especial las revistas culturales (literarias, artísticas, musicales, cinematográficas) en los primeros años del siglo XX como compañeras de viaje de los grandes cambios que las vanguardias históricas (1909-1922) significan, toda la iconografía que caracteriza la impresión, diseños y demás se vertebran en torno a un formato esencial: las páginas. Un momento estelar en la historia del conocimiento («El conocimiento siempre vale más que las opiniones mejor fundamentadas», Robert Lidell) y de la creación (la ficción, los sueños, los delirios, las fantasías, los miedos, los sentimientos, las melancolías, los terrores).

La imprenta había traído una forma de leer, una forma de escritura, un nuevo formato que se iría perfeccionando y ensanchando, pareciera que sin límites. Todo se resolvía en las páginas: los textos, las citas, las referencias, las búsquedas, los hallazgos. Los cambios producidos en estas dos primeras décadas del siglo XXI han creado una manera inédita de acercarse al conocimiento, en ese gran contenedor que son las redes. Los métodos de producción y empleo, los canales de distribución, los mercados que cambian a una velocidad de vértigo y, por supuesto, los modelos de creación.

Y la pregunta ya es reiterada, lógica y común: «¿Si se lee de forma diferente, se pensará de forma diferente?». Por ejemplo, la lectura lineal, la vieja lectura entre páginas. Para Maurizio Ferrara, la cuestión es obvia: «El pensamiento (como el deseo, la esperanza y la voluntad) no baja del cielo, ni merodea por la cabeza. Es más bien el resultado de unas prácticas, costumbres, exteriorizaciones que constituyen retrospectivamente nuestra dimensión externa (…) El texto no es exterior al pensamiento». O para decirlo con Derrida: «Nada de lo social existe fuera del texto».

«Del continente del libro, o del periódico, o de la revista pasamos al archipiélago. Islas que difícilmente se comunican entre sí»

Por ello, la forma de leer ese texto, su composición y puesta en escena marcan el saber absoluto. Paolo Fabri: «La tecnología digital pone la edición al alcance de todos». Se derrumban las páginas y, con ello, las jerarquías del propio texto. El fin de las páginas. Del continente del libro, o del periódico, o de la revista pasamos al archipiélago. Islas que difícilmente se comunican entre sí. Fragmentos sumados, como máximo, en secciones, lo que subraya el archipiélago. Sin páginas, sin remite hacia ellas, quedan textos unos debajo de otros que pueden sucederse hasta el límite del mero juego alfabético.

Leer en la pantalla es leer una imagen, y así el acto de leer se transforma. Pareciera como si en la pantalla las letras se convirtieran en objetos móviles a contemplar; surge una dimensión plástica. Y entra en juego ese hecho fascinante que Francis Yates (1899-1981) tituló en un libro no menos fascinante El arte de la memoria (1966, primera edición en español, Taurus, 1974). Leer seguido, ¿te acuerdas? No es un vértigo, es la natural acomodación a nuevos formatos, que en parte vienen dictados, además de otras consideraciones, por una cuestión comercial.

Un mundo se apaga, como para Stefan Zweig se apagaba su mundo de ayer. Un mundo que se aleja, lenta e inexorablemente, como lenta pero implacable se asienta otro que se configuraría, como siempre, hacia la primera mitad del siglo, pero que, con la velocidad de crucero que han tomado las nuevas tecnologías, pueden romper, tal es su formidable capacidad de innovación, incluso estas reglas históricas. De las páginas a la pantalla. Un nuevo horizonte que veremos, los que lo vean, en que se consolida. Atención.

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