The Objective
Pablo de Lora

De Habermas y los silencios performativos

«En España han sido tantas las ocasiones en las que cupo desempolvar su teoría de la legitimidad democrática que uno se pregunta dónde estaba tanto habermasiano»

Opinión
De Habermas y los silencios performativos

Jürgen Habermas. | Ilustración generada mediante IA.

¿Qué fundamenta en última instancia que instauremos un sistema de toma de decisiones basado en el ideal democrático y, al tiempo, atribuyamos a todos y cada uno de los individuos un conjunto de derechos básicos que operan como límites al poder político?

En El tiempo de los derechos (1991), Norberto Bobbio argumentó que afanarse en ese empeño de fundamentación es infructuoso y que mejor haríamos en emplear nuestro esfuerzo directamente en defender los derechos humanos (y por ende la democracia). En varias obras de su vasta producción —Conciencia moral y acción comunicativa de 1985 y Facticidad y validez de 1998, entre otras muchas— Jürgen Habermas sostuvo esencialmente que todo aquel que nos cuestione con ese «¿por qué?», está, por el mero hecho de así interpelarnos, presuponiendo un conjunto de reglas o presupuestos de tal diálogo, y, por tanto, confirmando performativamente la necesidad de contar con dichas reglas. Para empezar, para que él pueda cuestionar(nos), y que, al hacerlo, también sea susceptible de verse convencido por nuestros argumentos —o nosotros por los suyos—.

En el espejo de esas reglas comunicativas o condiciones idealizadas de un diálogo racional se habrían de mirar nuestros sistemas políticos, en particular nuestras democracias representativas; las decisiones del legislador serán así tanto más legítimas cuanto mayor sea su carácter deliberativo de acuerdo con ese ideal regulativo habermasiano. En las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado, fueron legión quienes, en el ámbito de la teoría y la filosofía política, celebraron la teoría habermasiana como el más depurado logro para justificar como éticamente racional el diseño institucional propio de la democracia liberal y al tiempo, como el escalpelo con el que eventualmente expurgar las patologías de nuestras realidades políticas.

Les confieso que, a raíz del fallecimiento de Habermas hace ahora justo una semana, me ha invadido, como a Manuel Arias Maldonado (La gloriosa derrota del viejo alemán), una cierta perplejidad al leer muchos obituarios; una desazón derivada del hecho, tanto de la intensidad en los elogios a su legado filosófico-político, cuanto de la insistencia en lo urgente que resulta que ese patrimonio intelectual y moral habermasiano se tenga bien presente ante «el futuro que se nos avecina» o el «presente que ya nos asola».

Y es que, a lo largo de los últimos años, Habermas parecía haber pasado a mejor vida; sus ideas arrojadas al basurero de la historia o disecadas para su exposición en los programas universitarios junto con otras muchas reliquias. En España, habían sido tantas y tan propicias las ocasiones en las que cupo desempolvar la teoría de la legitimidad habermasiana que uno pensaba que el silencio de tantos académicos no era sino la constatación performativa de que el adiós al último de los críticos de la Escuela de Frankfurt ya se había dado en la teoría y en la praxis.

«Vamos a una legislatura en la que se habrá gobernado con los presupuestos de la anterior, es decir, por quienes no nos representan»

El repaso no es exhaustivo, pero sí suficientemente ilustrativo: el procés en Cataluña; la investidura del presidente del Gobierno; el número escandalosamente abusivo de los decretos-ley y su contenido; los constantes ninguneos y sorteos del Consejo de Estado y de otros órganos constitucionales llamados a informar los proyectos de ley importantes, y, ya por último, la enésima constatación de que el Gobierno va a incumplir su obligación constitucional de presentar una Ley de Presupuestos y que nos encaminamos a una legislatura en la que se habrá gobernado con los presupuestos aprobados por la legislatura anterior, es decir, por quienes no nos representan. Hay que leerlo dos veces y pellizcarse. Si los revolucionarios del Boston Tea Party levantaran la cabeza…

Yo comprendo que, frente al remate a portería dentro del área y sin guardameta que constituye la censura a Trump y el trumpismo (y bien está hacerlo a la luz de lo atroz de sus políticas y modos) o la alerta frente a la amenaza de la «ultraderecha global» en sus variadas formas, lo que sigue será tenido por la fruslería propia del tiquismiquis pueblerino que no ve más allá del solar patrio. Se me antoja que es más bien el esfuerzo, por pura honestidad intelectual, de ver más allá de la viga en el ojo ajeno, es decir, reparar en la viga instalada en el propio.

Y es que cuando en España se ha pretendido privar a la mayoría de los ciudadanos de su derecho constitucional a decidir sobre su soberanía territorial; cuando la investidura del presidente del Gobierno ha sido el fruto de un pacto innoble celebrado en el extranjero con un «mediador» y de manera comunicativamente opaca entre un prófugo de la justicia y un ahora imputado por gravísimos delitos de corrupción; cuando el Parlamento ha quedado convertido en una mera cámara de eco polarizador, limitado a convalidar decretos ley ómnibus resultado de un chalaneo propio del mercado de cromos de la Plaza de Campillo Nuevo; cuando nada menos que toda una Ley de Amnistía, que fue inconstitucional hasta el día antes en que se necesitó que dejara de serlo, se redacta en flagrante negociación con los delincuentes beneficiados y al dictado de sus intereses y sin que haya podido darse atisbo de una deliberación parlamentaria digna de tal nombre; cuando, al fin, cabe prescindir del momento legislativo señero del ideal democrático —la discusión de cuánto, cómo, por qué y en qué se van a gastar los recursos de todos—, uno no puede evitar preguntarse dónde paraba, fondeaba o hibernaba tanto habermasiano resucitado y vestido para la ocasión, que ahora sí, pero antes no, está tan dispuesto a alzar su voz por la democracia y la ética pública y a batallar teclado en mano ante la amenaza del apocalipsis.

A ver si es que, a fin de cuentas, lo que importa es que las vigas que bloquean la traslación del constructivismo ético habermasiano a la política democrática tengan el marchamo del «progresismo» o las instalen «los nuestros».

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